REPORTAJES

Un recorrido desde Wiwilí hasta Waspam, pasando por Raití, Yahbra Tangni y Wiwinak

La ruta del hambre en el Alto Río Coco

Un lavatrastes de una cocina en la comunidad indígena de Raití, Río Coco.

Población miskita se aferra a agricultura de subsistencia para sobrevivir, ante el impacto limitado del programa gubernamental del bono productivo. "Cuando no agarramos nada, toca aguantar hambre", dicen

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Un reportaje de:
Wilfredo Miranda Aburto

Fotografía de:
Carlos Herrera

Publicado:
17/02/2015

El intenso crepitar del fogón despabila a las niñas de Nery William Gamboa. Se arremolinan ante su hermana mayor, Joselyn, quien cocina el desayuno con esmero: se lava las manos cada vez que con la cuchara mueve el arroz ya cocido. Son aproximadamente cuatro libras de grano, cantidad suficiente para hacer más de un tiempo de comida. Pero no para esta familia misquita de la comunidad de Yahbra Tangni, en la ribera del Río Coco. Son numerosos y el arroz es lo único que poblará los descoloridos platos plásticos que yacen apilados sobre un tablón.

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Nery es joven, no pasa los 25 años, y tiene a su cargo a las tres pequeñas que, impacientes, vigilan la labor de Joselyn en el fogón. “Lo que consumimos como familia campesina es arroz, frijoles y bastimento (guineo o plátano)”, dice la madre en miskito, mientras apoya su rostro de niña en el marco de la puerta.

Más allá, los vecinos de Nery atizan otros fogones que exhalan un ligero humo gris. La escena se repite en las casitas de tambo dispersas en esta agreste comunidad, enclavada en la Región Autónoma del Caribe Norte de Nicaragua (RAAN); también cocinan arroz, alimento central de los indígenas que habitan esta zona mejor conocida como Alto Coco.

Se trata, pues, de un menú diario que consiste en arroz en la mañana, arroz a mediodía y arroz en la cena. Yuca, malanga, guineo y quequisque acompañan el plato usualmente; frijoles y carne aparecen en los platos esporádicamente.

La pobreza endémica y una dieta deficiente basada en carbohidratos convierten a este lugar en uno de los más vulnerables del país. Según un mapa elaborado por el Instituto de Nutrición de Centroamérica y Panamá (INCAP), basados en datos del Ministerio de Salud y el de Educación, el porcentaje de desnutrición crónica promedio es del 35% entre los niños menores de cinco años. Y en comunidades todavía más aislada la cifra sube hasta el 54%.

Nery está confiada que por el momento, entre enero y junio, el arroz no hará falta. Los problemas aparecerán en julio. El grano mermará y vendrá el tiempo duro… una serie de obstáculos mantienen al hambre rondando en el Alto Coco, dispuesta en cualquier momento a retorcer el estómago de los indígenas.

El porcentaje de desnutrición crónica promedio es del 35% entre los niños menores de cinco años en las comunidades indígenas de El Alto Coco.

Confidencial realizó una gira a las comunidades indígenas afectadas históricamente por el hambre. Fueron 500 kilómetros sobre el Río Coco durante cinco días, partiendo de Wiwilí en Jinotega, pasando por las comunidades de Raití, Yabra Thagni, Wiwinak,  hasta llegar a Waspam.

Raití, la promesa de Hambre Cero

A la remota comunidad de Raití, a la par del caudal del Río Coco, llegó el comandante Daniel Ortega en 2007 con una promesa: “Juntos erradiquemos el hambre, la pobreza y el desempleo”. El mandatario sandinista presentaba de esa manera uno de los programas sociales insignias de su administración: “Hambre Cero”.

Los líderes comunales azuzaron la gira del presidente a la zona con el argumento de buscar solución a las hambrunas que azotan este territorio. Ortega aceptó. En la foto se le ve en Raití acompañado de su esposa, la primera dama Rosario Murillo, con el índice apuntando hacia la gente que lo escuchaba. La lógica del programa combinaba ayuda alimentaria con capacitación técnica para que las familias produjeran sus propios alimentos.

Tras la gira presidencial se emitió el decreto 09-2008 que declaró la zona como “régimen especial” del Alto Coco, dividiendo el territorio en tres: Miskitu Indian Tasbaika Kum, Kipla Sait Tasbaika y Mayanga Sauni Bu. Alrededor de 60 comunidades indígenas están esparcidas en esta región de 2 mil 375 kilómetros cuadrados, cuya población de 23 mil 378 personas practica agricultura de subsistencia. La falta de pericia trabajando la tierra, la poca disponibilidad de semillas, la incapacidad de almacenamiento, la falta de un mercado dado su aislamiento geográfico, entre otros factores, han degenerado en hambrunas que afectan principalmente a niños y ancianos, explica Dalmasio Pérez, recién graduado como médico en Venezuela, y que ahora busca empleo en Raití.

Desde su instauración, “Hambre Cero” pretendía reforzar la seguridad alimentaria del Alto Coco. El gobierno comenzó a repartir el Bono Productivo Alimentario a través del programa social; generalmente, el beneficio consiste en una vaca preñada, cinco gallinas y un gallo, cuatro plantas frutales, cinco cepas de plátano, dos sobres con semillas de hortalizas, 150 libras de comida para aves, una pala, un machete y tres láminas de zinc.

“Hambre Cero” empezó siendo administrado por el Ministerio Agropecuario y Forestal (MAGFOR). En 2013 la tarea fue encargada al nuevo Ministerio de Economía Familiar, Comunitaria, Cooperativa y Asociativa (MEFCCA), creado en mayo de 2012 por la bancada sandinista en la Asamblea Nacional. Los datos ofrecidos por esta cartera exponen que desde 2007 han entregado 1,642 Bonos Productivos en el Alto Coco.

Zelmira Osorno Piquetle, habitante de Raití, reconoce la llegada de “Hambre Cero” a los territorios, pero califica como reducido el impacto. “El beneficio no es a toda la comunidad, hace una selección y a esas personas son las que benefician”, cuenta.

Roberto Lacayo Spelman, coordinador indígena de Yahbra Tangni, afirma antes de presidir una reunión comunal que el Bono Productivo es muy bueno “porque ayuda al pueblo”. “Pero aquí las necesidades son bastantes: hay mucha gente. Ayudan a unas 20 familias, pero aquí en la comunidad hay como 150 familias más”, calcula el hombre.

Desde 2007, el MEFCCA ha entregado 1,642 Bonos Productivos en el Alto Coco

Uriel Coleman Santos, líder de Raití y concejal del Partido Liberal Independiente, afirma que donde “Hambre Cero” fue inaugurado se han entregado 80 Bonos Productivos. Las familias en Raití son aproximadamente 375, de acuerdo a Uriel. Es una de las comunidades más grandes. “Son más de tres mil y pico de personas... No le beneficia a todos y son varias personas que necesitan”, dice.

Río abajo, tras tres días en bote, está Wiwinak. Esta comunidad luce un poco más desarrollada que las otras. Hay pulperías, estrechos andenes de concreto que circundan el terreno, una antena satelital que proveía de internet al colegio y un oxidado panel solar que fueron financiados por la Unión Europea. La pobreza, sin embargo, se refleja en las pailas de los miskitos. En la casa de Osvaldo Moore, de 73 años, se cocina arroz este mediodía de enero. Moore es un anciano espigado pero fibroso. Viste una vieja chaqueta del Instituto Nicaragüense de Energía (INE). Piensa antes de responder a nuestras preguntas. “Hace dos años entregaron animales de Hambre Cero. A nosotros no nos dieron, solo a personas puntuales. No sé por qué”, suelta Moore, acompañado de un gesto que indica darle poca importancia al asunto. Parco el hombre, sube el volumen a un pequeño radio que reproduce canciones miskitas que contagian cierta alegría.

Desde el porche de la casa de tambo, Humberto Martínez escruta Wiwinak concentradamente. Ve las vacas pastando (la mayoría con el fierro de “Hambre Cero), la cruz de la iglesia que apunta hacia el norte, los perros flacos merodeando, a los indígenas guareciéndose de la brisa que cae. Martínez domina el español con bastante fluidez, aunque hay palabras que le traban la lengua. Él fue miembro del gobierno territorial (antes del decreto 09-2008, los gobiernos territoriales tenían figura de asociaciones). “Una vez le dieron a una familia un cerdo, gallinita y un pedazo de lámina. Eso era todo, era de manera revolvente, pero por falta de supervisión la gente no volvía a producir más”, relata.

Olvido del MEFCCA en Waspam

El componente de capacitación técnica de “Hambre Cero” se ha cumplido de forma intermitente en las comunidades. David Pinoc Alemán, encargado del MEFCCA en Waspam, reconoce esa realidad. Antes contaban con 33 técnicos para los tres territorios de El Alto Coco pero, en 2014 el personal fue recortado hasta 14. Estos despidos coincidieron cuando el MEFCCA central despidió a 200 técnicos a nivel nacional y hubo recortes al presupuesto. De hecho, esta nueva cartera impulsada por la primera dama Rosario Murillo ha vivido en permanente crisis desde su nacimiento. Dos ministros han sido descabezados y denuncias por falta de pago de liquidaciones a los trabajadores están contenidas en una carta de reclamo enviada al comandante Ortega que está en poder de Confidencial.

“Desde antes que entráramos al nuevo ministerio tuvimos problemas en dar asistencia técnica porque no contábamos con viáticos para llegar a las comunidades”, narra Pinoc. “Salíamos a hacer visitar con nuestros salarios básicos, así que no íbamos todos los meses. Por eso ha bajado la producción pero no todo se ha perdido”, consuela el encargado del Ministerio en este municipio neurálgico para los indígenas.

El día que este equipo periodístico visitó el MEFCCA en Waspam, Pinoc dijo que se estaban mudando y por eso solo unos escritorios estaban dispuestos en la casa de dos pisos. Amablemente, Pinoc mostró los afiches que utilizan para dar capacitaciones, colgados junto a otros que muestran al comandante Ortega y Murillo proclamando que en Nicaragua están “[email protected] y en victorias”. “Yo soy cien por ciento sandinista”, acota Pinoc. “No soy YATAMA”, agrega, en referencia al partido indígena que se alió con el sandinismo hasta que el diputado Brooklyn Rivera rompiera la relación al denunciar fraude electoral en los comicios costeños.

Pinoc Alemán acusa a YATAMA de propagar durante las elecciones que el Bono Productivo era un regalo. “Le dijeron a la gente por las emisoras que podían hacer lo que quisieran con ello y eso impactó bastante en la comunidad”, afirma.

Según el encargado del MEFCAA, los 14 técnicos que quedan en la zona trabajan por servicios profesionales, aunque les han prometido incorporarlos a la planilla próximamente. Ellos programan visitas técnicas a las comunidades cada 15 días, pero el Ministerio no cuenta siquiera con un bote (o “bató” en miskito) propio para emprender el largo camino río arriba. Poseen únicamente un motor que colocan en los “bató” que otras instituciones, como el MINSA, les prestan.

La falta de capacitación técnica es un hecho que afecta en las comunidades. Geraldina Alvarado fue beneficiada con un Bono Productivo en Yahbra Tangni. Su marido se encargaba de cuidar a los animales, sin embargo, falleció. Ella quedó viuda y sin capacidad de dar mantenimiento a los animales. El cerdo murió de hambre a falta de comida y la vaca se pegó en un lodazal, igualmente hasta la muerte.

“Siembro arroz, frijoles, maíz, yuca, banano pero no es lo suficiente porque no tengo capacidad. Por esa razón siembro poca área y no logro pasar todo el año con suficiente alimento”, confía la mujer.

A la encargada de la casa materna en Raití le surge una sonrisa socarrona cuando le preguntamos que hizo con la vaca del Bono Productivo. “Me la comí”, responde Marcia Serapio Zacarías llanamente; después ríe. No todo son malos ejemplos. En Yahbra Tangni Hulberth Lacayo logró reproducir a sus cerdos. Su familia se mantiene de la venta de esta carne que es salada para trasladarla a Waspam.

“Aparte de la crianza de cerdo y especies menores cultivo de todo: arroz, frijoles, maíz. Tanto los cultivos de raíces y tubérculos y musáceas, bananos. De manera diversificada”, sostiene el joven.

Marco Serapio Martínez fue ex gobernador del territorio de Kipla (KST) y fue parte activa de los hombres que convencieron al comandante Ortega de viajar hasta Alto Coco en 2007. Siete años después de aquella visita, Serapio dice que “Hambre Cero” no funcionó.

“Nosotros escuchamos y primero entró con beneficios de vacas y chanchos. Una vez. Después se cayó. O sea no están apoyando nada”, asegura Serapio en Raití. Para este hombre de pómulos muy anchos los problemas siguen siendo los mismos en las comunidades indígenas.

Sembrar para comer

Las parcelas están alejadas de las comunidades. Los productores familiares deben caminar entre 20 y 40 minutos para llegar a ellas. No pueden tenerlas cercas porque los animales (vacas, cerdos y gallinas) acabarían con los cultivos. En la lógica indígena los corrales y gallineros no son parte de su forma de vida, pese a que las láminas de zinc que entrega “Hambre Cero” son para “la construcción de un gallinero seguro”.

La agricultura de los miskitos se basa en cosechas anuales. Tienen que sembrar todo lo que sea posible para luego acopiar granos y sobrevivir el resto del año. “Aquí en Río Coco la gente siembra arroz durante la cosecha, frijoles también una vez; pero en Nicaragua central los campesinos siembran cada mes”, detalla el dirigente indígena Martínez. “Cuando pasa ese tiempo, si produjo poco con ese poco tiene que comprar ropa, alimentos, medicina, hacer un viaje, mandar a su hijo a la escuela entonces no ajusta. Entonces por ahí viene la situación que toca hambruna”, añade.

La falta de capacitación agrícola influye en que las cosechas den abasto sólo para el autoconsumo. Lo que siembran generalmente es guineo, yuca, quequisque, maíz, frijoles y arroz. “No hay negocio, nada. Con todo lo que sacamos pasamos todo el año”, sostiene Uriel, el concejal del PLI.

Conseguir semillas y donde almacenarlas es otra dificultad en el territorio. Las familias acopian las semillas en sus casas en sacos a falta de bancos de semillas. De allí mismo guardan el grano para la próxima cosecha. En el caso de Nery, los sacos de granos que están apilados a un lado de la vivienda sirven como espacio de juegos para las niñas. El riesgo de almacenar semillas de esta forma radica en las plagas y el adecuado secado antes de guardarlas. La responsable de la casa materna de Raití sabe muy bien de ello: “A veces se pierde, se quema frijol, y arroz… pasa hambre y sale desnutrida la embarazada y el niño también. Una madre soltera aguanta hambre. “Unos niños llegan al puesto de salud son desnutridos”, dice en su escaso español.

El sistema de Naciones Unidas, en conjunto con la Secretaria de Desarrollo de la Costa Caribe (SDCC) y tres Gobiernos territoriales (GTI), implementa un programa de seguridad alimentaria con componentes de seguridad económica en la zona. Han construido14 bancos de semillas que cuentan con centros de acopio y almacenamiento, con un área total de 910 metros cuadrados y una capacidad de almacenamiento de 4 mil 770 quintales de granos, según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO). 

El ex gobernador de Kipla, Marco Serapio, reconoce los bancos de semillas pero está seguro de que no son la solución. “La gente dice no tengo semilla y cuando vamos al banco de semilla el comité dice lo mismo, porque la producción no salió bien o no fue suficiente. Hasta al mismo socio del banco no le dieron. Hay un montón de cosas”, dice.

Las familias miskitas son numerosas. El promedio de cada familia es de seis personas. La demanda de alimentos es grande. Cuando a veces tienen suerte y la cosecha se multiplica, venderla es imposible en estas remotas localidades. Los mercados más cercanos están, con suerte, a dos días río arriba si se dirigen a Wiwilí, en Jinotega; o a dos días río abajo hacia Waspam. El caudal del Río Coco es variante. Posee tramos anchos y mucha profundidad río abajo, pero río arriba la profundidad a veces llega a la pantorrilla. Hay que bajarse y arrastrar los “bató” –una especie de canoa que usan los indígenas para transportarse– pero en otras ocasiones hay que agarrarse de la pequeña embarcación y atravesar los violentos raudales. A medida que se avanza por sus aguas, la selva se despliega sin complejo en la ribera nicaragüense. Al norte, en tierra hondureña, las motosierras han arrebatado el follaje. Las fincas y la agricultura han ganado el paso, al igual que el narcotráfico que deambula en estos países que comparten una nación indígena. 

Tito Wellington Prado acaba de salir de su parcela en Yahbra Tangni. Carga una escopeta para su seguridad y por si en el camino se topa con algún animal silvestre que pueda llevar a la mesa. Tito es un hombre macizo, habla perfecto español y asegura que antes que el huracán Mitch destrozara su parcela vendía plátanos en Waspam. “Sacar producto de aquí a Wiwilí es difícil. Pero a Waspam si, llevamos en balsa todos nuestros productos, lo que cultivamos. Así cuando el rio está muy bajo a los 4 días llegamos, pero cuando esté subido llegamos a los 3 días”, sostiene.

Ahora que no puede sacar nada a los mercados, ya que un pasaje cuesta 500 córdobas por persona en los “bató” públicos, y no encuentra financiamiento para reinventarse, Tito anda desesperado por vender una vaca. Uno de sus hijos va para secundaria, pero necesita salir de Yahbra Tangni, donde hay secundaria pero no maestros.

La mayoría de los miskitos se dedica a buscar oro en  los caños de los ríos para obtener dinero y comprar otras necesidades del hogar. La “güirisería” es una regla en estos poblados con todo y sus riesgos. Como en Bonanza, varios mueren en las minas artesanales. A quienes la cosecha no les alcanza ni para consumo propio, utilizan el oro para cambiarlo por comida. El trueque es granos que llevan a las comunidades los ávidos por el preciado metal. “Pero no es suficiente cuando no sale oro porque se pierde un mes, tres semanas. Si se consigue un poco así vivimos”, relata el dirigente indígena de Yahbra Tangni.

El frijol es otra buena fuente de ingreso. A las familias les toca vender el grano para conseguir efectivo. “Aunque saquemos bastante producción hay otras necesidades en el hogar, y necesidades básicas como comprar algún vestuario. Por eso vendemos parte de la producción y eso limita que no tengamos alimento todo el año, en el caso de arroz y frijoles”, esgrime  Seferino Empra, jugador de béisbol.

En marzo de 2014 la FAO galardonó a Nicaragua porque en los últimos veinte años ha logrado reducir el número total de personas que sufren hambre a menos de la mitad

En marzo de 2014 la FAO galardonó a Nicaragua porque en los últimos veinte años ha logrado reducir el número total de personas que sufren hambre a menos de la mitad. Así, el país cumplió el primer Objetivo de Desarrollo del Milenio y la meta de la Cumbre Mundial de la Alimentación. La FAO declinó dar una entrevista a este medio de comunicación para este reportaje. Mientras, el ex miembro del gobierno territorial aprovechó para externar su descontento. “Según los gobernantes internacionalmente están atendiendo a toda Nicaragua, que le están dando su seguridad alimentaria, pero aquí nosotros carecemos muchos y no conocemos ese apoyo”, regañó Martínez.

Para este dirigente comunal, en la Costa Caribe la situación alimentaria es cuesta arriba, porque “la gente sobrevive de su propia lucha de los siembros, de sus animalitos, de su bolsa. Por falta de tecnología hacen siembra de manera tradicional, pues seguridad alimentaria no existe. ¡Solo Dios no está protegiendo!”.

Los meses duros

Nery William Gamboa sirve el arroz que Joselyn cocinó para desayunar. Ella sabe que por ahora está tranquila. Hay suficiente grano para evadir el hambre, pero no sabe qué pasará en julio. Entre los meses de julio a octubre la cosecha de los miskitos se acaba.

“La cosecha generalmente no es suficiente para todo el año. Hay escases de alimentos en julio, y lo que se hace es pedir créditos de las pulperías… con la guiriseria uno tiene que ir pagando”, explica Nery, confiada en que su esposa llegará esta mañana con algún grano dorado del río.

En Wiwinak, Seferino Empra, el jugador de béisbol, teme la llegada de julio. Su reserva de granos no es tan grande como la de Nery. “Cuando se nos acaba la comida bebemos batido de guineo o Felipito como le llamamos. Hacemos Wabule y eso bebemos una vez al día o a veces dos, tres, depende la necesidad”, dice el hombre.

"Cuando no agarramos nada, pues nada, toca aguantar hambre”

Los miskitos dicen que los niños se “afligen mucho” cuando no hay comida en los platos. Los padres tienen que buscar animales silvestres o pescar para saciar el hambre. “Pero cuando no agarramos nada, pues nada, toca aguantar hambre”, dice Empra con la mirada clavada en su hijo recién nacido, dormido en una hamaca. Mientras en Yahbra Tangni, Erenalda Elick baja de la montaña desesperada. Trae entre brazos a su hijo de dos años y medio, Ñiñer wellintong, quien se acurruca en la joven madre en busca de protección para sus escuálidas extremidades. Según Erenalda, el niño "tiene una enfermdad rara"; ella dice que podría ser un tumor, pero en realidad no lo sabe con precisión. Tras auscultarlo, la nutricionista que nos acompaña determina que Ñiñer presenta desnutrición aguda. "Para su edad es demasiado pequeño", concluye. "Yo no quiero que se muera", dice Erenalda entre sollozos. "Necesito llegar a Waspám", pide la madre. Y Ñiñer llora con el rostro hundido en el seno de su madre.

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