REPORTAJES

Accidente en El Comal evidencia el colapso de regulación de la minería artesanal

La tragedia de los 'güiriseros'

Un minero tras trabajar en una mina de oro de Bonanza.

El auge del oro desata un crecimiento de la minería artesanal en Bonanza: la gente llega de todo el país buscando trabajo. Los mineros aterrados en El Comal no estaban censados, eran 'mozos' contratados por intermediarios, dueños de los 'puntos'. A pesar de los desaparecidos y la prohibición, los mineros pugnan por regresar a trabajar al cerro agujereado

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Un reportaje de:
Wilfredo Miranda Aburto

Fotografía de:
Carlos Herrera/Confidencial

Publicado:
09/09/2014

— ¡Se nos viene el cerro encima! ¡Se está aterrando!

Fue lo único que los hombres alcanzaron a gritar al escuchar el estruendo que provino del techo del túnel. Un sonido tan potente, que los mineros que lograron sobrevivir contarían después que fue como el retumbo del rayo más fuerte que jamás hubiesen escuchado… o como que al mundo se le hubiese fracturado uno de sus huesos ubicados en la mina El Comal, en Bonanza, municipio de la Región Autónoma del Atlántico Norte de Nicaragua.

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“Una bomba, eso fue”, narró Francisco González: “burumbumbum”, cuya onda expansiva arrojó cuerpos “a seis varas de distancia”. Los hombres fueron tragados por una corriente de piedras y lodo. Las luces de sus cascos se fundieron y quedaron en penumbra. Solo persistía el estruendo y chapaleos desesperados por aferrarse a algo. Un alud había soterrado a 29 mineros artesanales el pasado 28 de agosto, a eso de las 10:30 de la mañana.

De los obreros del oro que estaban dentro de El Comal, sólo 22 se salvaron. El resto quedó sepultado. Ninguno de ellos esperaba un derrumbe de tal magnitud, pese a que la Comisión Municipal de Minería Artesanal de Bonanza les había advertido sobre el peligro de explotar esta mina y las zonas aledañas, abandonadas desde hace décadas.

“Claro que nos dijeron que no se podía trabajar, pero como los patrones se pusieron renuentes creímos que no había tanto peligro”, se justificó Marvin Urbina, una de las víctimas y originario de Chontales.

El auge y el colapso

En medio del vertiginoso auge del oro en Bonanza, el accidente de El Comal pone de relieve el colapso del mecanismo que intenta regular la minería artesanal, integrado por  la Comisión Municipal, el Ministerio de Energía y Minas (MEM), la alcaldía, la transnacional minera HEMCO y colectivos mineros.

Los altos precios del oro a nivel internacional han traído de regreso a Bonanza la fiebre del oro. Centenares de hombres jóvenes, primordialmente, que llegan de todo el país seducidos por la facilidad de empleos bien remunerados.

En la década de los noventa, Bonanza tenía una población de ocho mil personas y ahora se calculan unas 40 mil, afirmó Marcela Castillo, vicepresidenta de relaciones empresariales de HEMCO, la minera más importante del lugar.

“Es un crecimiento del 500% en apenas 20 años. Eso es muchísimo para Bonanza y está haciendo que se vuelva inmanejable la situación”, agregó la funcionaria, puesto que la mayor parte de esta gente llega en calidad de “güirisero”, como popularmente se les conoce a los mineros artesanales.

1, 500 colectivos mineros están censados en Bonanza; cada uno lo conforman 3 o 5 hombres

Un censo realizado por la Comisión Municipal registra 1 mil 500 colectivos mineros integrados por tres o cinco hombres, es decir aproximadamente 6 mil mineros artesanales que han regularizado su trabajo. Sin embargo, este empadronamiento de “güiriseros” no abarca otra legión de hombres que perforan las montañas de Bonanza bajo un esquema distinto al de los locales.

“Sabemos que hay mucha actividad no normada y no regulada, hay mucha actividad fuera de la que estamos tratando de controlar, hay muchos intereses económicos detrás de esto”, expresó Castillo. En esta gama no censada que describe la funcionaria de HEMCO, se hallaban los 29 mineros artesanales que protagonizaron la tragedia de El Comal, que mantuvo al pie de un cerro a todo un país en vilo por medio de la transmisión televisada de las labores de rescate que duraron cinco días.

Roger Darce, un tipo de carácter decidido, fue el primero de los 20 mineros soterrados en ser rescatado y uno de los que cuenta la experiencia sin titubear, con el mismo vigor que dirigió a sus compañeros bajo tierra cuando ellos lloraban desconsolados y temblaban de frío. Cuando pensaban que todo estaba perdido, los alentó a cavar y a cavar hasta que abrieron un pequeño hoyo por el que percibieron ruido, no de piedras derrumbándose sino de gente…

El origen y la deriva

Hace muchos años, en 1880, buscadores de hule encontraron oro en los riachuelos de Bonanza. Como su nombre lo indica, la prosperidad de esta tierra fue de inmediato detectada por mineros, quienes fundaron el pueblecillo mestizo San Pedro de Pis Pis y comenzaron a trabajar el conjunto de vetas bautizadas como La Constanza.

Así surgió la historia minera de Bonanza, una de las puntas del “Triángulo Minero de Nicaragua” complementado por Siuna y Rosita. A principios del siglo diecinueve, grandes empresas se afincaron en estos yacimientos hasta 1979, cuando triunfó la Revolución Sandinista y la explotación pasó a manos de INMINE.

La guerra que asolaba en los ochenta al país afectó la producción industrial y sólo resistió la minería artesanal. Ante ese hecho, se organizó MINARBON, la primera cooperativa de mineros artesanales. Pero en los noventa, con la caída del régimen sandinista, el Estado de Nicaragua puso a la orden del mercado las concesiones. Bonanza fue adquirida por HEMCO en 1995 y las relaciones con la industria artesanal se han desarrollado con altibajos.

Existen acercamientos entre la industria y los pequeños mineros, pero configurar una relación que satisfaga a ambas partes es algo que en la actualidad no termina de cuajar, y se dificulta más ante la frenética expansión artesanal.

Las leyes de Nicaragua tampoco facilitan un esquema para ordenar esta relación. La ‘Ley Especial sobre Exploración y Explotación de Minas’ –número 387, cuyas reformas fueron publicadas el 12 de septiembre de 2012 en La Gaceta– establecen un marco legal para las transnacionales que ostentan concesiones en el territorio nacional, pero no para la minería artesanal.

La ley 387 establece solamente a rasgos generales cómo los obreros de las vetas pueden explotar un territorio, ya sea en un área concesionada a nivel industrial o en sitios donde históricamente se ha dado esta práctica.

Datos de la Cámara Minera de Nicaragua (CAMINIC) señalan que la producción artesanal de oro representó un 27% de la producción total en 2013. De las 309 mil 959.94 onzas de metal precioso exportadas, 78 mil 908 onzas la aportaron los “güiriseros” desde sus hoyos.

La producción artesanal de oro representó un 27% de la producción total en 2013

El artículo 42 demanda a los grandes concesionarios (en el caso de Nicaragua existen dos empresas internacionales que dominan esta industria, Hemco y B2Gold) que permitan la minería artesanal exclusivamente en el área donde se realicen actividades de exploración, “mientras se aprueba una ley especial que regule la minería artesanal y pequeña minería”.

Los mineros artesanales podrán explotar no más del 1% del territorio concesionado sin que esto implique una relación patronal. La normativa no obliga al concesionario brindar medidas de seguridad, protección y herramientas a los mineros para trabajar en los yacimientos.

Ante este vacío, en 2008 aparece en Bonanza el ‘Plan de Ordenamiento y Desarrollo de la Minería Artesanal’ (PODMA) y se conforma la Comisión Municipal que funge como ente rector en la jurisdicción.

Según el Ministerio de Energía y Minas, el ‘Modelo Bonanza’ –como es conocido también el PODMA– es uno de los más avanzados en Nicaragua y que mejores resultados ha dado. A cargo de la Comisión Municipal, el programa se encarga del censo a los mineros artesanales, otorga espacios de operación y garantiza la seguridad en los puntos de trabajo, capacita a los obreros y otorga carnés de afiliación que contienen las coordenadas del espacio que explotan.

Bajo esta lógica, los mineros artesanales extraen “broza” –el material rocoso que contiene oro– y lo procesan en plantas especiales que HEMCO ha dispuesto para ellos. La cantidad de oro que cada carga contenga es pagado por la empresa de capital colombiano conforme al precio internacional del metal el día de la transacción.

HEMCO asegura que no compra “broza” que provenga de lugares que la Comisión Municipal ha declarado peligrosos para su explotación. Aunque mineros como Everth Antonio Vivas, sepultado en El Comal, dijo a Confidencial que la “broza” procesada por ellos iba a parar al plantel de HEMCO.

Sin embargo, la empresa alega que determinar el origen del material es cada día más difícil, porque “siempre existe el riesgo de trasponerla”. Lo que agrava más el asunto para la vicepresidenta de relaciones empresariales de HEMCO, es que los “güiriseros” ingresan furtivamente a minas clausuradas y vetadas para la explotación, por lo que contralarlos es casi imposible en una concesión tan grande como la de su compañía.

Castillo ilustra su tesis con El Comal, que mide 45.44 manzanas y donde operan 250 colectivos artesanales, pues los 29 mineros que resultaron perjudicados por el alud habían ingresado sin permiso a la mina cerrada en los años setenta, cuando la compañía Neptune Gold Mining Company la aprovechó industrialmente por última vez.

“Por eso no querían que HEMCO se diera cuenta del accidente, porque entraron sin permiso. Sabían que se podían tomar medidas al respecto y que se había advertido que era una zona de peligro”, comentó Castillo.

Un cerro agujereado

En todas las laderas del Cerro El Comal se pueden apreciar múltiples huecos que son las entradas de túneles o bocas de pozos donde los mineros artesanales laboran. Un informe técnico sobre la inestabilidad de ese terreno, elaborado a petición de la Comisión Municipal, concluye que “el riesgo para toda la zona de forma categórica es valorado como alto”.

“De forma preliminar, se concluye que existen 6 sitios críticos, los cuales deben ser atendidos con urgencia”, expone el documento que fue entregado por los realizadores el 27 de agosto, un día antes del derrumbe en El Comal.

Pese a las advertencias, los “güiriseros” natales como los no censados se rehusaron a salir de sus “puntos”, como tradicionalmente se les llama a sus minas. Quieren seguir hurgando las entrañas de El Comal, agujereado de arriba a abajo, de derecha a izquierda, como un enorme queso suizo, como un cerro con osteoporosis.

“Estos túneles se conectan donde fue el aterramiento”, dijeron mineros con tranquilidad, mientras los mostraban el equipo de Confidencial. Tras el desmoronamiento fatal, las autoridades obligaron a los “güiriseros” suspender todo trabajo en estas minas húmedas, arcillosas, heladas, recovecos sin fin que estos hombres conocen al tiro sin necesidad de GPS.

“Apenas pasó el accidente nos tienen parqueados con la producción, porque dicen que El Comal está peligroso… No es cierto, como güirisero viejo conozco las áreas peligrosas”, dijo Alfredo Rubio López. “Para eso tienen que ver que la posición donde estos muchachos murieron, lugares que HEMCO ya había prohibido, pero ahora no sé por qué la empresa dice que es toda el área”, agregó el obrero.

Pero desde la óptica del alcalde de Bonanza, Alexander Alvarado, la interrupción de la explotación es cuestión de precaución mientras terminan una revisión in situ del lugar con expertos del Instituto de Geología y Geofísica de Nicaragua (IGG/CIGEO).

“La gente piensa que lo que pasa a uno no le puede pasar a otro. Entonces estamos tomando la precaución, haciendo conciencia de que lo primero que tienen que garantizar son las condiciones de seguridad para evitar otro problema igual o mayor”, sostuvo el edil.

Reynaldo López Aguilar, otro minero artesanal originario de Bonanza, a quien en la comunidad apodan “el bufalito” por su recia contextura, achaca los desastres en las minas a la falta de pericia en las extracciones del mineral.

Un mozo puede ganar 200 o 300 córdobas diarios y no cuenta con seguro social o equipos de protección

De acuerdo a él, la tradición minera artesanal está siendo estrechada por el éxodo de hombres que llegan a trabajar como “güiriseros”, quienes no tienen experiencia y entrenamiento cazando vetas. Aguilar explica que las estructuras de colectivos, en el que todos los mineros son socios, están siendo sustituidas por el “esquema de los mozos”.

“Personas con dinero de otros lados compran puntos por unos 300 mil pesos y meten a gente sin experiencia a trabajar, y allí es cuando vienen las desgracias. Uno como dueño de punto uno debe tomar las precauciones de no a meter alguien sin experiencia”, aseveró el “bufalito”.

Esta nueva tendencia en Bonanza se reproduce a paso agigantado, según los propios mineros, en la que un hombre puede ganar 200 o 300 córdobas diarios y no cuenta con seguro social o equipos de protección.

El nivel de informalidad en estos casos es extremo. La tragedia de El Comal lo grafica a cabalidad.“Una de las situaciones que encontramos es que los dueños de puntos no sabían el nombre de sus trabajadores, solo se conocían por malos apodos. Eso nos dificultó la búsqueda porque, si los dueños no sabían, nos quedaba la duda de cuantos eran en realidad los que estaban atrapados”, ejemplificó el alcalde Bonanza a Confidencial.

Estos sujetos, aseguran los sobrevivientes de El Comal, tampoco se inmutaron al comprar los "puntos" en la mina a sabiendas que eran sitios de máximo peligro.

“Donde fue el atierro era de nosotros y la empresa HEMCO notificó a través de la Comisión que desalojáramos el lugar porque era peligroso. En 2007 se ubicaron otros colectivos y les dijeron que se salieran, pero se quedaron otras personas, ampliaron para adelante y sucedió la desgracia”, declaró Arnoldo Rivera Galeano, quien coordinó parte de las labores de rescate en El Comal.

El derrumbe se dio en el nivel de la mina conocido como “El Diamante”, indicó el minero Jonathan Flores Espinoza.“El compañero Francisco le vendió a los responsables donde murieron esos muchachos, que son Leonel y Andrés, pero no sé con qué objetivo entraron…A la hora que sucede las cosas, nadie quiere hacerse responsable de quién es el verdadero dueño”, reclama Espinoza.

Los testimonios se repiten entre los “mozos” que dan nombres pero no apellidos por miedo. A Francisco González, bajito y de atropellado hablar, le “gustaría que los dueños de puntos se comprometieran a pagar un seguro al morir alguien”. Alguien como su primo José González, a quien vio morir sofocado por la corriente de lodo en El Comal. “Es algo muy amargo que estamos pasando como familiares”, espetó.

Como “mozo”, tampoco Roger Darce pudo reclamarle nada su patrón por trabajar en un sitio peligroso. Habría pensar en eso cuando estuvo con el lodo hasta el pecho en el túnel, antes de empezar a cavar y a cavar con sus compañeros un hoyo en busca de la libertad.

La vuelta a las minas

Días después de la tragedia, cuando las decenas de rescatistas, bomberos, autoridades del gobierno y periodistas abandonaron Bonanza, el municipio volvió a la normalidad. La tragedia de los mineros, en boca de los pobladores, no parecía algo reciente sino un suceso del que ya habían volteado la página. Sólo volvían a él cuando los noticieros seguían informando al respecto.

Los “güiriseros” retornaron a sus minas cercas de El Comal pese a la prohibición de la Comisión Municipal. Las mismas víctimas expresaron a Confidencial que volverían a los túneles, sólo procurarán que no sea el mismo lugar del desastre. La razón es sencilla: “la necesidad” es más fuerte que cualquier cosa. Así de simple. Por eso siguen llegando cientos de hombres jóvenes de todo el país a buscar la bonanza en Bonanza.

Desde el aire, este municipio es un retrato de su realidad: miles de casitas apiñadas en las laderas de las montañas, lagunas verduzcas que no albergan vida y centenares de chozas tapadas con plástico negro, donde se busca la esperanza de un futuro que para esta gente siempre pinta color dorado.

 

El estruendo tardó horas

* “De las 10 galletas agarramos la mitad cada uno porque éramos 20, y la comida la repartimos entre todos: una cucharadita cada quien.”

El Comal es un macizo verdoso en cuya cima pueden verse los interminables parajes agrestes de la RAAN. No parece una mina a simple vista hasta que uno comienza a bordearlo. Por doquier hay “chimeneas”, anchos huecos verticales, que la Neptune Gold Mining Company construyó como respiradero y rutas de escape en el pasado. Hoy están sellados con sedimentos, pero la intensa actividad de los mineros artesanales a lo largo de los años ha debilitado estas estructuras hasta el punto que el colapso de una de ellas fue la causante del mortal desprendimiento.

“La mina es antigua, es la que explotaban los gringos, y habían quedado pilares que sostienen la superficie, pero los colectivos por la necesidad se introdujeron y comenzaron a extraer broza”, contextualizó el minero Arnoldo Rivera.

Gráficamente, los mineros explican que los hombres cavan un túnel horizontal y a medida que avanzan instalan estructuras de madera para que soporten el peso de las chimeneas al eliminarles la base.

“Estaban hincando tierra de la chimenea para sacar broza y estaba lloviendo. Quedó un espacio que se llenó de agua, pero al no aguantar se vino un espacio primeramente de unos 40 pies cúbicos”, describió Leonardo Rojas otro minero artesanal que participó en el rescate.

Pero los relatos de los sobrevivientes son menos técnicos y más dramáticos. “Tres compañeros míos lloraban como un niño, exactamente como una criaturita y nos afligíamos, pero reaccionábamos para no afligirnos todos porque si no nadie salía y estábamos hondísimo, a 3 mil 600  pies”, dijo Everth Antonio Vivas.

Esa tensión tardó tres horas porque el estruendo no cesó en todo ese tiempo, revelan los testimonios, porque todo el descargue de sedimentos caía a un abismo al final del túnel, donde suponen que 3 de los 7 fallecidos fueron arrastrados. El resto murió asfixiado por el lodo. En cambio los otros 20 pudieron refugiarse en lugar donde el lodo les llegaba al pecho. Dos mineros más lograron salir “milagrosamente”, dicen, nadando hasta la superficie por su cuenta.

“Se llenó de un solo de lodo como cuando uno deja caer un huevo y ¡plás!, explota”, comparó Roger Darce.

Durante todo el tiempo que tardó el estruendo de la tragedia, los 20 mineros no hacían más que rogar a Dios para que la corriente cesara. Lograron divisar un lugar que el lodo no inundó y se apiñaron todo ese tiempo.

Darce, el minero de 30 años, alentó a sus compañeros a cavar al reducirse el caudal de piedras y lodo.Tenía la coartada que cerca de donde estaban había un tapón que comunicaba a un túnel debajo de ellos. Pero cavar no era tarea fácil. La masa de sedimentos era gruesísima.

Los mineros contaban con tres palas que el alud no se llevó y el resto usó como herramientas pedacitos de palo, sus manos y sus pies. “Cavaron y cavaron” pero el hambre y el frío comenzaron a debilitar el ánimo de algunos hombres.

“Todos buscaban donde acostarse, a estar afligidos, llorando… Yo les decía busquemos una alternativa para podemos salir, porque por otro lado no nos van a sacar”, rememoró Darce.

Dentro de la mina soterrada la mayoría de mineros eran de fuera de Bonanza: de Chontales, de Managua, de Wiwilí, de Estelí e incluso un trío de misquitos que dominaban lo básico del español. Uno de los indígenas caribeños, coinciden el relato de dos mineros, se recostó las 48 horas que estuvieron encerrados y quedó sin habla, sin moverse. Paralizado en la oscuridad fría.

“Los otros se acobardaban de la profundidad en que estábamos, decían que no íbamos a vivir. Yo les dije que los encapricháramos”, contó Everth Antonio Vivas. En el sitio en el que estaban amontonados, los mineros encontraron el viernes una mochila que arrastró el lodo. En ella había una pana de comida y 10 galletas.

“De esas 10 galletas agarramos la mitad cada uno porque éramos 20, y la comida la repartimos entre todos: una cucharadita cada quien. Eso fue todo”, refirió Darce.

Pero el hambre de los mineros aumentaba por el trabajo a tope que realizaban. “¿De dónde vamos a sacar fuerza?”, interpeló un minero, recordó Everth Antonio Vivas.“Hombre, yo le contesté, dice la palabra de Dios que no solo de pan vive el hombre, y con la ayuda de él vamos a salir de aquí”.

Las plegarias de los mineros artesanales al parecer fueron atendidas. Los esfuerzos germinaron en un pequeño hueco que daba a otro túnel más abajo que no fue severamente afectado por el derrumbe. Por esa vía sucedió el primer contacto.

“Los rescatistas oyeron ruidos como de mazazos y ellos hicieron golpearon las paredes. Después se hablaron y lograron ubicarlos”, describió el edil de Bonanza.

“Nosotros les gritábamos que ya sabíamos que estaban vivos”, dijo por su parte Marlon Hernández. La labor de búsqueda pasó a la de rescate: “Les pusimos 24 escaleras para arriba, 240 pies para el hoyo donde estaban ellos”, agregó el minero artesanal.

Darce, el más tenaz de los hombres, fue el primero en salir, en traspasar ese umbral que significaba volver a la superficie. “Desde el momento que pasé ese hoyo, donde estaba el escaleriado, sentí que estaba en otro mundo, que había vuelto a la realidad, porque eso era como que estaba muerto… Sentí que era otro, como que venía naciendo de nuevo”, expresó.

Las labores de rescate se extendieron todo el sábado y los familiares fuera de la mina contenían el aliento a medida que cada uno de los hombres salían y buscaban en ellos rostros conocidos que trajeran por fin sosiego a una jornada angustiante y frenética.

“Yo sentí una gran alegría, hermano, al saber que estaban vivos”, confió Martha Guerrero, familiar de Darce y otros cuatro mineros más afectados. No todos tuvieron la misma dicha.

“Mi esperanza era encontrarlo con vida, porque dentro de las 20 personas no sabía si estaba él, pero desafortunadamente cuando salió el último me sentí completamente mal”, dijo Maycol Martínez antes de soltarse en llantos. Su hermano, Jorge Martínez originario de Managua, era una de las siete víctimas que la primera dama Rosario Murillo identificó como Juan González Flores de 18 años, Jairo Méndez López de 19, Juan Carlos Barrera, de 25, José Amador Díaz igual de 25, Álvaro Pérez Arauz de 29 y Jacobo Gutiérrez Molina de 30.

El lunes pasado la Comisión de Minería Artesanal decidió suspender la búsqueda de los siete obreros que no lograron sacar de las entrañas de El Comal. Un derrumbe provocado el domingo puso en riesgo inminente la vida de los rescatistas. Hubo rechazo a la resignación, desilusión, aunque que 22 se hayan salvado, era un “verdadero milagro” para un “aterramiento de ese tamaño”, opinaron los mineros.

 

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