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Leopoldo Brizuela presentó su novela "Una misma noche"

La noche del Alfaguara en Managua

El miedo y la culpa se pasean a sus anchas en el relato de Brizuela, en el que solo hay cómplices del poder.

Octavio Enríquez | 19/9/2012
@cabistan

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En la penumbra un niño, de 12 años, se inclina sin perder la compostura sobre un piano. Lleva el pelo al rape y la ropa le queda grande, me auxilio con la foto de portada. Tiene una concentración imperturbable. Al lado una sombra amenazante que, lejos de provocar la huida al tratarse de un interrogador del servicio secreto de la dictadura, obliga al músico a tocar a Bach.

En la belleza de este detalle contada en la novela de Leopoldo Brizuela hay toda una expresión del horror que puede infligir el Estado en sus ciudadanos.

El miedo siempre ha provocado en mi curiosidad, su origen, la reacción que uno pueda tener cuando se le tiene enfrente. Quizás será mejor que nos preguntemos: cuándo aprendimos a temer. Y me encuentro con mis hijos muy pequeños oyendo medrosos en un inicio, en la etapa del descubrimiento, que un lobo intenta comerse a una niña vestida de caperuza roja, chula la beba, mientras ha llegado a la casa de su abuela. Ahora, meses después, se ríen, la mayor tiene cuatro años y me pide que sea el lobo cuando ella toma una canastita y lleva comida a su abuela.

Creo más que el miedo venga de la voz autoritaria del padre, que nos señala con el dedo hasta dónde podemos llegar;  que regaña severo y todo lo ve: un gran ojo siguiendo tus pasos.  ¿Los padres podemos ser tan abusivos como el Estado que persigue a los personajes de la novela de Brizuela?

Una misma noche (Alfaguara, abril 2012) ocurre en un solo sitio: la casa 9, la de la familia de Leonardo, el niño artista, el escritor a quien sigue un “fantasma”. Pero en dos instantes diferentes, separados por 34 años.

El momento cumbre ocurre en 1976 y los personajes nunca podrán olvidarlo. Bajo la dictadura argentina hay persecución, se cazan subversivos, se buscan en sus casas, en las calles, y se quiere que la gente común no se sienta tan limpia. Los vuelven entonces cómplices.

El otro momento que te aclimata en el relato es durante 2010, un asalto donde los autores parecen miembros de la policía científica según los testimonios.

La novela es un cuaderno de notas que se va alternando entre ambas fronteras: 1976 y 2010, luego se entremezclan hasta cortarte el aliento producto del ardid literario del escritor.

La víctima del asalto este último año es el doctor Chagas, a quien habrían de robarle dos veces. El narrador nos cuenta que convierte prácticamente su casa en una jaula. La seguridad a costo de la libertad, prefiere y para que veamos la actualidad del tema: ¿Cuántos en Nicaragua, Panamá, Colombia o México hemos convertido nuestras casas en verdaderas cárceles para huir de la delincuencia? Acaso, hace unas semanas, no leímos en los diarios que en Honduras, nuestro vecino al norte, se instalarán ciudades privadas donde el atractivo será la seguridad.

La ruta del miedo en la novela es el barrio, la casa de Chagas que parece de otra galaxia. Luces que se encienden, que iluminan el césped, como buscando detectar la presencia del enemigo y, después, ellos venderán agobiados el inmueble. Recordemos “de la presidenta para abajo, todos son ladrones”, dijo uno de los protagonistas.

¿Es este miedo al poder el mismo que experimentamos en Nicaragua o en cualquier otro país de tendencia autoritaria? El temor a quien piensa distinto, el motor del que no tolera, la fuerza naciente de la violencia, la Policía apaleando.

La literatura está llena de distintos miedos, desde el principio hasta el fin. Quizás porque el miedo implica el conflicto, uno de los placeres de quien lee y quien escribe.

A mí uno de los que más me impacta tiene que ver con la ciencia ficción. Y de la mano de Ray Bradbury vemos a los terrícolas a invadir Marte y ahí, cuando el ser humano pensó vencido a su rival, se convierten en nuestros seres queridos ya fallecidos, que nos abrazan y se funden con nosotros hasta devorarnos.

El miedo es eso: nos devora poco a poco y nos va convirtiendo en la nada. Devorarnos desde la cabeza hasta los pies hasta llevarnos a un agujero negro, sentir que van desapareciendo las manos, las piernas, la cintura, serán propiedad de la noche.

Si quiero sentir el miedo en la novela de Brizuela sigo a Marcela, la esposa de Chagas, o me fijo en Cavazzoni, que enseñaba Inteligencia en la Naval, en Diego, en la curiosidad del Miki que avienta a Bazán hacia el terreno de lo desconocido, “para entender” como dirá después. Y busco al escritor, personaje de ambos sucesos, que buscar exorcizarse.

Siento miedo nuevamente. Llega el Torino naranja en la noche. Los padres de Bazán son interrogados por separado. 1976. Cuando a Antonio, el marino retirado,  abre a patadas la puerta de la casa de la secretaria del banquero de los montoneros (Diana Kupperman) que en 2010 es la residencia de Chagas), uno siente complicidad pero igual miedo. La madre se queda en la vereda, le hacen tantas preguntas más, y el chico, que toca el piano, de repente siente un golpe de realidad que lo saca de su mundo de música clásica.

“Termino de tocar—dice el protagonista—. Y cuando llega el acorde de octava de final, en lugar del aplauso, en lugar de silencio, suena la voz de un tipo que me hace pegar un salto. – Lindo—dice a mis espaldas, y me doy cuenta que me mira intrigado” (Página 64).

No es una historia de buenos y malos, todos somos corresponsables (la culpa) que llegan donde los vecinos a decir “nos entraron”, “estamos sospechados”.  Viene entonces la literatura y hace el mejor  de los trabajos: espanta al fantasma que atormenta al novelista. Padre-Madre- Hijo, repite varias veces. Y  esa santísima trinidad se empapa de dolor como si las páginas fuesen una cobija absorbiendo la lluvia que empieza a caer y durará muchísimo tiempo.

Managua, 17 de septiembre de 2012

*Texto leído durante la presentación de la novela Una misma Noche, en la librerería Literato, de Managua.

Comentarios

1
Amalia

Muchas felicidades Octavio, siempre cosechando logros, el texto me encanto.

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