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'Me siento como un ganador', asegura Osmar Bravo

El campeón de Muelle de los Bueyes

Todos le prometen algo al joven campesino que con el boxeo intenta noquear a la pobreza y hacer historia.

Carlos Salinas Maldonado | 9/9/2012
@CSMaldonado

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El niño golpea los platillos al ritmo de la música que marcan los chicheros. ¡Plaaas! ¡Plaaas! ¡Plaaas! Tres golpes secos que le hacen cerrar los rasgados ojos negros. Es el más pequeño de la banda, los demás son adultos. Viajan apretujados en un camión, marcando el paso de la caravana que recibe al boxeador Osmar Bravo en su entrada triunfal a Muelle de los Bueyes, al regresar de las Olimpiadas de Londres. Cuando la banda descansa, los pequeños ojos negros del niño de los platillos se vuelven hasta la camioneta de Bravo, que montado en la parte trasera saluda como lo haría un político en campaña a la gente que sale a su encuentro. Cuando la música inicia nuevamente, el pequeño aprieta sus ojos y choca los platillos. ¡Plaaas! ¡Plaaas! ¡Plaaas!

Es día de fiesta en el pequeño poblado caribeño. Los curiosos se asoman a la calle cuando escuchan el llamado de la música de feria, que anuncia el paso de su campeón. Las muchachas ocultan sus sonrisas en toallas con las orillas bordadas a mano, mientras que las más maduras pierden el recato y le lanzan un ¡adiós mi amor! a Bravo. Son los hombres los que no dan su brazo a torcer. Ellos se sientan a la sombra de los árboles, rostros morenos bañados en sudor, muchos de ellos con el torso desnudo, como si quisieran demostrar su valor al boxeador.

“¡Ahí viene!” “¡Ahí viene!” Los médicos y enfermeras del pequeño hospital de Muelle accedieron a sacar a los enfermos a saludar la caravana. La acera se llena de hombres y mujeres todo vendaje, arrastrando sus bolsas de suero e intentando saludar a Bravo aun con los brazos fracturados. El campeón no los decepciona. Les sonríe. Los saluda. Les agradece el esfuerzo.

Sopla un aire de infierno en el poblado. La carretera es un gran asador que levanta vapores opresivos. El calor sojuzga el cuerpo, que responde, rendido, bañándose en sudor. ¿Cómo puede Bravo desfilar bajo este sol? ¿Cómo puede llevar ese buzo y ese chaquetón de deportes? “Se va a desmayar”, dice alguien. “No va a aguantar”. Sí que aguanta. Él es el campeón y esta es su entrada triunfal. ¡Plaaas! Los chicheros lanzan los últimos acordes antes de entrar al estadio municipal.

El campesino que soñaba en grande

Adilia Amador mueve la sopa que cocina en una alta olla de aluminio. El almuerzo de este mediodía será un caldo de res, lleno de verduras y mucho hueso. Los vapores se esparcen por la casita de viejos tablones y plástico, perfumándola con un aroma ácido de naranjas, culantro y cebolla que hacen rugir las tripas en el estómago. La sopa es la comida de bienvenida que Adilia prepara a su hijo tras semanas sin verlo. Osmar Bravo partió un día hacia Londres dejando a su madre angustiada.

“Sufro mucho cuando sale”, asegura Adilia, bajita, de ojos tristes, piel seca y arrugada. “Cuando siento que no soporto ir a dejarlo a la parada me quedo en casa; si me siento medio valientita entonces voy. Siempre lo pongo en las manos del Señor, que sea Él quien tome el control de todas las cosas”, dice la mujer.

Osmar Bravo es el quinto hijo de un total de seis. Nació en la pequeña comunidad de Santa Fe, en Nueva Guinea, hace 28 años, pero creció en poblaciones cercanas a Muelle de los Bueyes, donde trabajaba, como sus hermanos mayores, en las fincas, cortando las malezas. El joven era tímido, de poco hablar. Su madre recuerda que se quedaba callado, como analizando las conversaciones de los adultos. Pero también era inquieto, en el sentido de que no le gustaba vivir en el campo. Tenía sueños y los quería cumplir. Un día le dijo a Adilia que lo suyo era el boxeo.

¿El boxeo? Sí, ese deporte rudo, de golpes, de sangre, de fuerza bruta. Osmar lo había practicado desde los once años, guanteando, como dicen en el campo, compitiendo contra jóvenes de su edad en los ratos de ocio de las fincas. Su hermano Néstor, nueve años mayor que él, aburrido como pasaba en el tremendo olvido del campo, organizaba veladas boxísticas que atraían a los habitantes de las comarcas que rodean Muelle. Preparaba guantes con trapos viejos, cubría las manos de los muchachos con esos guantes, y los lanzaba a feroces peleas de las que Osmar salía triunfador. El chavalo está hecho para ganar, pensaba su hermano.

Un día Osmar le dio la sorpresa a su madre, la primera de muchas que vendrían con el boxeo. Me voy a Muelle, le dijo, porque en el campo se sentía atrapado. “No hay Navidad, no hay Semana Santa, se duerme temprano uno, a la hora de las gallinas. No me gusta, quiero irme al pueblo, porque hay más oportunidad, hay deportes”, le lanzó a su madre Osmar. Adilia aceptó resignada el anuncio de su hijo, como las mujeres del campo aceptan resignadas la pobreza, el trabajo brutal, la traída al mundo de seis hijos.

“Cuando ellos estaban pequeños nunca me gustó que pelearan ni que me los pelearan. Él decidió eso y yo le decía estudiá mejor. Y él me decía, no mamá esta es una carrera que yo escogí. No me quedaba más que apoyarlo”, cuenta Adilia mientras espera el último hervor de la sopa que prepara en la pequeña cocina de dos quemadores. Su hijo estará punto de venir y llegará hambriento. O eso espera Adilia.

Comentarios

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Una muelleña orgullosa

Feliz por éste orgullo que representó a mi adorado pueblo de la manera más digna. Arriva Osmar!!!!! Te mereces nuestro respeto y admiración.
Aclaración para el periodista, Osmar no es chontaleño, ni Nueva Guinea ni Muelle de los Bueyes son chontaleños, somos de la RAAS.

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Ramiro Diriangén Nicaragua

Esa es la esperanza que tiene este glorioso pueblo de Nicaragua. Este muchacho ha demostrado que los ciudadanos que luchan honradamente con todo su esfuerzo son la reserva moral de nuestra sociedad. Sin duda alguna, los políticos corruptos e inescrupulosos están pensando en aprovechar el respeto y el cariño que se ha ganado Osmar Bravo para utilizarlo en sus espurios intereses. Osmar, tú tienes que agarrar lo que te den, porque al fin lo que te puedan dar es parte de la riqueza que generamos los nicaragüenses que trabajamos honradamente y que de otra forma ellos se lo robarían. Pero no te confíes, recuerda a Alexis Argüello que lo usaron y cuando ya no les sirvió....

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