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El Circo Rossy y su vagabundear por Managua

La vida en un circo es dura

Nadie ayuda a los que se dedican al circo, se lamenta la matriarca de uno de estos espectáculos ambulantes.

Wilfredo Miranda Aburto | 17/8/2012
@PiruloAr

“Aquí los esperamos, familia, a las ocho de la noche arranca la función. Un acto moral, sano, recreativo para todos”. Anuncia una voz vibrante que se escapa de una carpa de circo curtida y remendada de no más de 10 metros de altura. A las afueras de esa carpa, hay otra de menor tamaño, compuesta por retazos de banners de vinil que sirve de lobby al Circo Rossy, un circo que desde hace diez años realiza estaciones en barrios marginales de Managua.

-A solo 10 cordobitas la entrada niños y a 15 los adultos- insiste la voz que parece inflar la carpa cada vez que habla– recuerde que a las ocho arranca la diversión-.

Son las 7 y 10 de un martes de agosto. El circo está situado este mes en el barrio Farabundo Martí, en un parquecito destruido, rodeado por varias casas sin sonrisas y sin futuro. El portón oxidado del circo está cerrado, pero en el lobby un travesti y una adolescente de ademanes silenciosos arman el puesto de venta: Mangos, jocotes, tortillitas, cigarros, palomitas y hotdogs hechos con unas raquíticas barras de pan.

Al adentrarse en la carpa un esqueleto de reglas de madera se expande alrededor del lugar, formando los asientos para el público. Dentro, hay cuatro torres coronadas por bujías que medio alumbran la pista de actuación.

Media hora antes del inicio de la función el circo sigue vacío. Solo la música a todo volumen que se escapa de unos parlantes a punto de reventar, puebla el espacio. De pronto, una luz azul-rojiza parpadeante se cuela por los poros de la carpa curtida. Una manada de perros desnutridos, amarrados a uno de los soportes de la carpa, se inquieta y comienzan a ladrar.

Los  artistas del circo, recién bañados, salen en toalla a asomarse a la calle. La cuadra se llena de mirones. De las casas se asoman cabezas curiosas.

Suena la sirena policial y neutraliza la música del circo. Tres patrullas de la brigada anti drogas de la Policía Nacional se parquean bruscamente a un lado de la carpa y los agentes encañonan a tres sujetos de mala pinta. Los registran por más de diez minutos y no les encuentran nada. Los dejan en libertad.

-La taquilla ya está abierta, familia. Acérquense a comprar los boletos - .

La voz vuelve a vibrar y su eco viaja por las callejuelas del barrio. Al poco tiempo, tímidamente, la gente se amontona a la entrada del circo.

La mayoría son niños. La verja que hace de portón se abre. La maquinita de palomitas, llena de grasa por todos lados, explota los granos de maíz y una pareja llega a la puerta del circo a comprar sus boletos. Ambos llaman la atención porque tienen sus brazos colmados de tatuajes.

Al ver el goteo de gente que invade las graderías, los artistas empiezan a vestirse…

La vida detrás de la carpa

La entrada al escenario de los artistas es también la puerta de entrada a una especie de asentamiento temporal en la parte trasera del circo, donde los artistas son una familia regida por su matriarca Rosa Isabel Rivera, una señora ya entrada en edad que fuma sin descanso.

“Somos doce los que andamos en el circo. Todos familia”, dice Rosa Isabel, una señora que huele a jabón de baño combinado con cigarro.  “Soy descendiente de una familia cirquera y por mi hijo decidí formar mi propio circo. Un día él decidió enrolarse en uno pero al ver que solo andaba gente viciosa en esa chinaca (circos que no tienen carpa), lo saqué e hice uno con mis ahorritos, recogidos gracias a un tramo que tenía en el Oriental”, cuenta doña Rosa.

Champas, catres, galones sucios, tres niños, barriles convertidos en cocineros, ropa colgada en alambres, un Play Station, dos televisores a todo volumen… todo eso compone el hogar de estas doce personas circenses; un caos que ellos desmantelan y arman cada mes cuando se cambian de barrio.

“La vida de circo es dura”, afirma Rosa Isabel mientras se fuma el segundo cigarro de la plática y muestra una foto de su juventud, disfrazada de bailarina cuando danzaba para circos famosos de su época.

“Nadie ayuda a los que se dedican a esto. Hay un sindicato que recoge los impuestos que dejan los circos grandes, como el de Renato que está ahorita, para poder mejorar la comunidad de 70 circos de barrios que hay en Managua; pero la verdad no sirve para nada porque se roban el dinero. Lo único bueno es que la Alcaldía no nos cobra impuestos”, se lamenta Rosa Isabel que clava sus ojos vivaces en una porra de frijoles que hierven.

-Señoras y señores tomen asientos que la función ya va a comenzar -  aparece la voz nuevamente.

En las graderías hay unas 50 personas y en la carpa calurosa se cuela un olor dulcete, como a sopa de pollo. A la pareja tatuada, ahora se le suma un par de hombres sin camisa, igualmente tatuados que se ríen de nada. Su aspecto es intimidante. En los parlantes Eddy Herrera pide “pégame tu vicio mami…”, pero de pronto suena una canción electrónica y las luces se apagan.

Oscuridad. Risas.

- ¡Reciban familia con ustedes a nuestro primer artista de la noche!

Un niño de 13 años salta al centro del escenario manipulando bolas de fuego y hace zigzags en la oscuridad. Es uno de los nietos de doña Rosa Isabel.

La voz anuncia el siguiente número… oscuridad… gritos…

Por la entrada principal de la carpa entra un payaso y el espectáculo continúa.

A la par de la maquinita de palomitas de maíz, en el piso, en una cocina eléctrica, se termina de cocer una sopa hecha con menudencias de pollos.

Entre los gritos y la música del circo, doña Rosa Isabel enciende otro cigarro Modern y hace cuentas… la taquilla fue de 600 córdobas. Nada mal para un martes donde no sucedió nada fuera de lo normal.

Comentarios

1
diego

Hola esta muy buena su entrevista porfa necesito trabajo en un circo (:

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