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LAS CIEN NOVELAS PARA SIEMPRE DEL SIGLO XX

Como los buenos magos

El autor define a "Margarita, está linda la mar", de Sergio Ramírez, como una de las mejores novelas escritas el pasado siglo.

Fco. Javier SANCHO MÁS | 7/8/2012
@fjsanchomas

El mismo Bécquer, el gran poeta romántico, aconsejaba para escribir, arrancarse metafóricamente el corazón y dejarlo a un lado, evitando así que sus emociones nos traicionen y nos hagan confundir todo el discurso. Pero hoy eso me será difícil pues es imposible esconder la alegría de haber llevado a puerto feliz esta sección de las cien novelas para siempre y hacerlo en el barco de esta obra de Margarita. Ha sido una singladura en la que no he estado solo como el viejo del cuento de Hemingway. Al barco se han ido subiendo muchos amigos sin los cuales hubiera sido más difícil llegar sano y salvo.

Hace algún tiempo, en Managua, durante un encuentro con el autor de esta novela, cuando estaba comenzando la sección en el Nuevo Amanecer, me miró con cierta sorna y me dijo que si no me había dado cuenta que iba a necesitar más de dos años para acabar de escribir sobre las cien novelas para siempre. Puede que parezca incauto, pero hasta ese momento, no me dio por pensar en el tiempo que me iba a llevar o  a si sería capaz de darle fin a la empresa. Sin embargo, aquí estamos al final o al principio de un camino de una selección muy personal  de las mejores novelas del pasado siglo. Entre las cien, hay algunas de las que figuran en todas las listas de clásicos para siempre, y otras no tanto. La razón del gusto es la libertad, como la de la literatura.

Es para mí un honor, poder culminar junto a ustedes, en Nicaragua, la sección con una obra parida en esta tierra de poetas e hijos de poetas, que ha dado una de las mejores novelas latinoamericanas del siglo XX, Margarita está linda la mar. Quise dejarla hasta el final como un sencillo homenaje a Nicaragua y a la mejor literatura latinoamericana del siglo, de la que Margarita me parece sinceramente una de sus mejores obras. Me acerqué a ella al mismo tiempo que a Sergio. Antes había leído Tiempo de Fulgor y la que más me gustaba por entonces, Te dio miedo la Sangre. Estas dos obras marcan la atmósfera de toda su literatura. Una tarde me encontraba en Sevilla y me enteré que Sergio acudía a la ciudad para presentar la novela ganadora del Premio Alfaguara. No quise desperdiciar la ocasión y fui sin pensar corriendo al hotel donde se iba a celebrar el acto. Sin ser un fanático de los autógrafos de escritores que admiro, no obstante quería su firma por ser uno de mis escritores y por ser nicaragüense. Cuando iba a comprar el libro, como tantas otras veces me ha pasado, descubrí que no tenía dinero ni tarjeta con qué sacarlo. Fui corriendo a buscar el primero del autor que había en la estantería de la casa donde estaba. Cuando se lo acerqué en el hotel, se sonrió extrañado y me miró con cariño. Es que no esperaba que alguien le hiciera firmar en Sevilla La Marca del Zorro. Firmó con dos volcanes y yo me sentí satisfecho. Después cuando puede, leí Margarita y puedo decir que ha pasado la mejor de las pruebas para decir que es una gran novela: la relectura.

Es mejor todavía la segunda vez que se lee, y no cansa y divierte aún más. Tiene la perfección de las novelas que crean un mundo, incluso con imperfecciones que se perdonan fácilmente. Aunque en el caso de esta novela sería mejor decir que recrea dos mundos: uno, el de la venida entre patética y gloriosa de Rubén Darío a Nicaragua en 1907, buscando por todos los medios que Zelaya le otorgara el cargo de embajador en Madrid y por otro, recibiendo el homenaje apoteósico de Nicaragua que principiaba con salvas de cañón en el Puerto de Corinto cuando el vate venía procedente de Panamá. Un grupo de inolvidables conspiradores, reunidos en un café de León, reconstruyen la vida de Darío casi 50 años después antes de que uno de ellos, Rigoberto López, dispare contra Anastasio Somoza, cumpliendo la venganza de Sandino y de la causa de los oprimidos en Nicaragua.  De la escena, es testigo aquella adorable niña en cuyo abanico Rubén escribiera su poema inolvidable.

Uno de los mayores logros de la novela es la recreación del lenguaje modernista sin que resulte lejano al lector. Otro es el papel del narrador que aparece y desaparece como una cámara fotográfica que nos pide permiso y nos invita a volar con él a contemplar las escenas que quedan lejos de los ojos de los personajes. Como en ninguna otra de las novelas de Sergio Ramírez, el narrador hace de maestro y mago. Las descripciones son portentosas. A veces, se echa en falta cierto clima de piedad o ternura. Todo se vuelve demasiado sórdido, duro. La imagen final de la disputa por el cerebro de Darío es una muestra de ello. Se va de la miseria a la gloria en un mismo escenario. Esto puede que no sea culpa del autor, sino que es la misma historia de Nicaragua. Coincido con la que creo que es la mejor apreciación de la novela, hecha por Carlos Fuentes: “Margarita es la síntesis entre la tragedia y la grandeza de un país al que el autor ama tanto hasta el punto de convertirlo en literatura.”  En cualquier caso, lo cierto es que estamos ante una de esas cien novelas para siempre. ¿Será la obra principal de Sergio, la que quede de él después de un donoso escrutinio? Pues no habrá que fiarse. El autor nos ha enseñado a no dar nada por sentado. Nos tiene acostumbrados a muchas sorpresas.

De su misma vida ha hecho novela, con aventuras como las de irse con beca de escritor a Berlín y una familia a cuestas y después, regresarse clandestino a Nicaragua o Costa Rica para formar un gobierno, participar de lleno en una revolución y escribir su capítulo final en Adiós Muchachos. Nunca se sabe qué se puede esperar de un hombre y un escritor así. Al final del primer libro del Quijote, parecía que Alonso Quijano abandonaba la lanza, el yelmo y el escudo regresándose a su casa en un lugar de olvido, y de pronto, por el mismo celo de Cervantes, lo veríamos cabalgar de nuevo hacia aventuras inolvidables. Después han venido Sombras Nada Más y Mil y Una Muertes. Sergio está a medio camino de darle una obra literaria total a Nicaragua, y como los buenos magos, el mejor de los trucos queda aún para el final. Y como lo buenos escritores siempre trasmiten la sensación de que están por contar aún la mejor historia, aquella que se le da susurrada, cuando se encuentra entre gentes y gira el cuello en ese gesto inconfundible, buscando el aire, y se va por un momento atendiendo la llamada. Luego vuelve la mirada y uno descubre que en realidad nunca se ha ido.

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