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Café humeante

El álbum de la familia

Octavio Enríquez | 9/4/2012
@cabistan

Hace unos días busqué las fotos del álbum de la familia, que se acomodan ya no en libros como en mis años infantiles, sino en memorias digitales, con capacidad de guardar decenas, centenares de imágenes como nunca se soñó antes.

Los primeros álbumes de fotografías, dicen las enciclopedias, fueron una necesidad urgente para atesorar imágenes con ejes temáticos que iban más allá del uso privado, de la vida en familia.

“No tiene ningún inventor real (el álbum). Simplemente apareció. Viene de la vieja idea victoriana de coleccionar cosas. Como se habían hecho álbumes para coleccionar flores, hojas, insectos etc. La idea del álbum para fotos nació de manera natural de la necesidad obvia de almacenar las fotos en un lugar donde consumirlas”, me dice el fotógrafo Tomas Stargardter, licenciado en fotoperiodismo  de la Escuela de Periodismo William Allen White, Universidad de Kansas,  en Estados Unidos.

En la búsqueda del nuevo folder de fotos, sentí nostalgia por aquel álbum amarillento que ya no está en mis manos, donde podía verme, siendo niño, quebrando una piñata, tomando un teléfono, o riéndome junto a la abuela Teresa fallecida en 1999, o a la par del abuelo Eduardo, moreno, ojos claros, mi querido abuelo negro.

O junto al gemelo, sin camiseta ambos, porque era la única manera de enfrentar el calor que parecía un adelanto del juicio final en esta Managua más caliente a veces que Comala, el pueblo que obligaba a los muertos a regresar para buscar cobijas cuando eran confinados al infierno.

Sentí también alegría, porque he visto que la era digital no supone que cambie mi sentimiento. Porque en alguna foto, de las que guardo ahora en memorias digitales, soy un animal, me siento un potro corriendo por la playa con la niña sobre la espalda.

La niña tiene apenas seis meses. Y ese día radiante Sofía conoció la arena en el mar. Restregó sus pies y no puedo olvidar sus ojos, el brillo que mostraba el asombro ante lo desconocido. El mar como una experiencia inolvidable y la paternidad meciéndose como si fuese un barco.

En otra imagen,  soy un excursionista. La madre carga a la Sofi, estamos en la Catedral de León, al occidente de la capital, ahí acaban horas de recorrido, la ciudad que se abre al horizonte y muestra su arcana sabiduría ante los ojos de un niño.

Falta Matías, que está en la entrada de la casa, que mira desafiante desde su cuadro. Viste una camiseta celeste y su pantalón de pijama al momento de la foto. Un año. De Matías hay que decir que ya camina solo. Mejor será alistar la cámara fotográfica y esperar una de sus entradas triunfales cuando deja el quicio para buscar una pelota que en la sala se descubre, entre muñecas y pinturas, de esas que están a mano de la Sofi. Ella pinta y él celebra. Él busca la pelota y ella salta de alegría. Un volcán cuya erupción escupe toda la lava cuando cargan las fotos en la computadora, ¿ya no más el viejo álbum?

Creo que no. Mirándolos a ellos, siguiendo esos primeros pasos dibujados en la foto, uno vuelve sobre la infancia perdida y las carpetas de ahora trastocan todo en mi cabeza. Es un retorno. Se convierten entonces en el amarillento álbum, aquel que ya no está en mis manos, la imagen como reflejo de la vida misma.

Comentarios

1
Emiliano Chamorro

Excelente poeta. Saludos y bendiciones mi buen amigo....

Descripción

Las buenas pláticas, las que se cocinan en casa, siempre van acompañadas con una taza de ese invento maravilloso para el paladar. En esta columna alcanza de todo: vida cotidiana »

Acerca del Autor

Periodista. Soñador empedernido. Amante de las investigaciones. Premio Ortega y Gasset 2011. Y papá 24 horas.

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