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Café humeante

Un cohete hacia la imaginación

Octavio Enríquez | 15/3/2012
@cabistan

Antes que el café se enfríe, permítanme hablarles del libro. Los  libros son un cohete  que surca el cielo  y se va hundiendo en ese azul inmenso que se convierte en universo, lleno de galaxias, agujeros negros, planetas desconocidos por la raza humana, pero que ya veremos no son tan lejanos. Aún forman parte de este abecedario de la vida.

Había una vez un planeta, lleno de marcianos que no eran diferentes a los seres humanos.

Los marcianos de Ray Bradbury se parecen a nosotros, se transforman en humanos y luego mutan a seres que nosotros conocimos, seres queridos por lo general, que luego vuelven a sus formas y atacan a los humanos invasores de su planeta.

Ahí está la clave de que sigamos Crónicas Marcianas desde el principio hasta la última hoja: piensan y actúan como nosotros aunque luego nos traicionen.

Un libro es para juguetear en ese vuelo hacia la imaginación que constituye la lectura, para vernos en una isla desierta, en un juzgado de León, en Katmandú, o en Toledo, España, recorriendo las calles empedradas con armaduras colocadas en las esquinas. El Quijote por todos lados.

De Miguel de Cervantes a la vida diaria. Los periódicos tienen o deberían de tener lecturas que también nos suban al cohete, que nos monten a caballo, bicicleta, a tren en historias divertidas. La felicidad como sinónimo de una lectura placentera,  el bien supremo por excelencia de la lectura cuando quien tiene en las manos el libro es un niño.

La Sofi, mi hija, se acuesta todas las noches pidiendo un cuento. Se bebe una pacha y luego, tras más de media hora de lectura, finalmente cierra los ojos con la imaginación alborotada por hadas madrinas, por príncipes y princesas, yo mismo fui su príncipe durante meses. Ella caminaba en la casa, dejaba caer un zapato y luego el padre debía buscar entre todas las mujeres de la casa, a escoger entre tres al menos, a quién le quedaba la zapatilla.

Un libro también es un viaje al interior de quien lo lee, a sus manías, a sus costumbres, sus prejuicios. En ese pasaje adentro, suelo rayar mis libros aunque me critiquen. Escribo en las primeras páginas, si odio a algún personaje, si alguien me pareció interesante. Si me gusta cómo escribe el autor. Entre quienes más me gusta está Mutis, yo aún me siento muy parecido a Maqroll El Gaviero.

Me gusta la ternura de Emilio Pacheco, el poeta mexicano; la maestría técnica de Sergio Ramírez. Libros que hacen reír, libros que hacen llorar, páginas que nos hunden en el pensamiento. Risa. Miedo. Solidaridad o todo lo contrario: un rechazo que te corroe las entrañas.

Las pasiones de un libro son envidiables, por eso hubo una vez un hombre que empastó un Cien Años de Soledad, de las primeras ediciones, para mantenerlo lejos de cualquier daño provocado por el tiempo o mano ajena. En la pasta,  se ve la E de Soledad al revés en este libro impreso en Argentina en 1971. Libro de una familia, pero también de Melquíades, el gitano corpulento, autor de milagros increíbles en esta aldea de “veinte casas de barro y caña brava, construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos”.

Todas esas pasiones las he sentido, de hecho este Cien Años de Soledad,  lo tengo ahora entre mis manos y me embarga una felicidad suprema abrazarlo. Besarlo. Olerlo. El olor de un libro describe su personalidad y causa un extraordinario gozo.

La pasión por la lectura la siente mi hija entonces, exigente como la que más con el hilo narrativo de la historia que le cuentan. Enojada, porque la he convertido en un personaje del cuento a ella, o su hermano Matías, de un año, rápidamente muda a los brazos de su madre que mantiene el relato tal como lo escribió el autor. “Papa no dice Matías ahí”, me corrige antes de abandonarme; una verdad inobjetable: somos dueños de lo que nos imaginamos, y en ese viaje no se necesita intrusos sino un interlocutor creíble que facilite el viaje.

La lectura, igual que se dice en la Biblia, requiere que uno vuelva a ser niño, el pasaje de un cohete que va derechito al reino de la imaginación.

Comentarios

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Freddy K.

y este maje es el Gustavo Latino de los croniquistas jóvenes y beatos? Competencia para Sancho Más por quién más llora en cada columna.

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Juan Carlos Bow

Hermano maldito ya que hablamos de libros, sos una copia nica de Papá Goriot. Gran trabajo con el rediseño de la web. Se les extraña.

Descripción

Las buenas pláticas, las que se cocinan en casa, siempre van acompañadas con una taza de ese invento maravilloso para el paladar. En esta columna alcanza de todo: vida cotidiana »

Acerca del Autor

Periodista. Soñador empedernido. Amante de las investigaciones. Premio Ortega y Gasset 2011. Y papá 24 horas.

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