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Mientras PN habla de reducción "innegable" de delitos

Vidas tras asaltos violentos

Una periodista, un diseñador gráfico y una oficinista de una empresa avícola narran la violencia a la que fueron sometidos.

Octavio Enríquez | 6/3/2012
@cabistan

Kevin Gabriel tiene cinco años, es moreno, pelo rizado y será tan alto como el tío.  La sala, donde se miran los retratos de ambos, es la mejor testigo del parecido que menciona la periodista María José Uriarte, sentada en una abuelita de su casa en el barrio San Luis Norte de Managua.

Ahí jugaron innumerables veces como si fuesen padre e hijo. Ahí el niño un año después del asesinato lo miró sonriendo en la ventana, según la periodista. El pequeño viste de overol en la foto y en el otro marco está el joven de 28 años, barba incipiente. Es Emmanuel, a quien una pandilla de asaltantes mató a las 4:50 am el sábado 29 de septiembre de 2009, cuando le faltaban ocho cuadras para llegar a casa.

El día en que murió, este ingeniero eléctrico vestía de camisa amarilla, bluyín negro, el uniforme de la zona franca USLC, donde trabajó en el departamento de informática.  A las cinco de la mañana, un grupo de sus colegas avisaron de un percance a la familia Uriarte.

El muchacho había adelantado su salida, porque acababan de pagarle su quincena, se había quedado algunos minutos en compañía de siete de sus compañeros, caminó un par de cuadras y el grupo miró a ocho pandilleros, en las manos de uno sobresalía una escopeta.

Entonces escucharon maniobrar otra arma y todos salieron huyendo. A espaldas del ingeniero, en su hora cero, ya estaba Densy José Sánchez Ruiz. “No hubo advertencia, solo lo mataron. (Los trabajadores) lograron ver que se le acercaron y empezaron a despojarlo de sus pertenencias. Lo despojaron de su salario, lo despojaron de sus lentes, lo despojaron de sus zapatos, lo despojaron de su reloj, le dejaron solo la ropa puesta. La muerte de él fue rápida, dos minutos nos dijo el forense”.

Los testimonios recabados tras el crimen demostraron que la Policía Nacional había sido avisada  de que en el lugar había delincuentes, porque otro trabajador de la misma compañía fue hasta la puerta del complejo Ajax Delgado, delegación central de Managua, a menos de un kilómetro de distancia.

Sin embargo le cerraron el portón. “Ellos no brindaron el servicio. Un trabajador les dijo envíen una patrulla... Aquí se habla que es una Policía profesional, después de dos años y medio no saben dónde está el hombre”, dice en referencia al autor de los disparos.

De quien proporcionó el arma, la inquieta otra cosa. Condenado a seis años a principios de mayo de 2010, la pena será revisada según la notificación que llegó a su vivienda el pasado 27 de febrero.

“Tiene 17 años. Me parece ilógico que a los pocos meses de estar guardando prisión, ya estén pensando en cambiarle las medidas cautelares. De acuerdo a las indagaciones que nosotros hicimos, ya llevaba cuatro muertos y lo habían juzgado por otro homicidio”, se queja María José que se sorprendió cuando, al encontrarse en la primera audiencia con la jueza, lo primero que la autoridad preguntó fue “¿y qué hizo ahora William Adolfo (Navarro Gutiérrez)?”

“No quiero que se tome como una venganza, pero él está en una cárcel, lo puede visitar su madre, mientras yo tengo que ir al cementerio a enflorar a mi hermano. Ya no lo vamos a poder ver. Me parece que hay  cosas (se refiere al código de la niñez) que se deben de revisar”.

En la casa de San Luis Norte, la hermana dice que la madre Rosa Cristina Rodríguez llora noches enteras. No hay domingo ya en que no vayan al cementerio a enflorar la tumba, tampoco hay navidad que se celebre desde entonces.

Precisamente, el 22 de diciembre del mismo año del crimen, la historia de terror continuó. Tres hombres armados entraron en la casa de los Uriarte. Ella lo leyó como una advertencia.

“Encañonaron a mi tía. Fueron tres, uno se quedó en sala encañonando a mis papas, mi mama les decía no nos hagan nada, no nos hagan nada, hemos pasado cosas difíciles, y respondían yo sé madre. Ellos conocían todo”, denuncia.

Kevin, el bebé, estaba en el cuarto. Ahí entró otro ladrón a registrar el ropero, alborotaron todo, no buscaron cosas nuevas para llevarse, sino cosas viejas, un detalle que llama la atención de la periodista. Una patrulla de la Dirección de Auxilio Judicial llegó. Los oficiales tomaron la declaración, pero los peritos aparecieron 24 horas después para tomar las huellas.

A las ocho de la noche en un taxi

Lester Ortega, de 36 años, anda ahora en silla de ruedas y dice que no ha podido asimilar lo que le pasó hace cinco meses y 15 días. Entrelaza sus dedos, llora,  mira el cielo. Dice que no volverá a caminar.

Orina y no sabe cuándo va orinar. Defeca y no sabe cuándo va defecar. “Duermo con pamper en la noche, para mí es denigrante”.

 “No he podido asimilar lo que me pasó. Hay días que son más leves que otros. Me bebo seis pastillas diario, tienen supuestamente hasta morfina para calmar el dolor, y  a veces el dolor no lo calma. Los dolores se incrementan en la noche, a veces no me deja dormir”, dice.

El 13 de septiembre de 2011, recién pagado en su trabajo, se encontraba a las ocho de la noche con unos amigos en la colonia Rubenia de Managua. Agarró un taxi para ir a su casa y dejar a buen resguardo el dinero en los alrededores de la Clínica Don Bosco, unas cuantas manzanas de diferencia, una carrera que duraría a lo sumo diez minutos.

Y de repente el pasajero del taxi lo intentó asfixiar. Ortega se defendió, intentó lanzarse del taxi Hyundai color blanco, pero aceleraron, y cuando no pudieron doblegarlo le dispararon con un revolver calibre 38, lo lanzaron del carro en movimiento.

Ensangrentado, por las heridas provocadas tras la caída y el disparo, avanzó cien metros como pudo. Unos vecinos lo reconocieron. Avisaron en su casa y llamaron a emergencias. A los paramédicos, que lo llevaron luego al Hospital Manolo Morales, Ortega les dijo que no sentía las piernas. Una semana después del asalto, los especialistas le comunicaron el día de su cumpleaños que no volvería a caminar.

“El balazo me desbarató el riñón derecho, tenía perforación en el hígado, la columna. Estoy vivo de milagro. Cuando llegaron los paramédicos, había perdido bastante sangre”.

El caso, policialmente hablando, fue cerrado. “Vos sabés que no es cierto cuando te dicen que han disminuido los delitos”, dice este hombre, padre de dos hijos.

Llora. Cuenta que antes hacía pesas, su pasatiempo era practicar boxeo después del trabajo.

“Cada día es un día de lucha. Pero bueno…”, se le resquebraja la voz en su hora cero, “esto duele, duele”.

La lluvia está muy buena

A las ocho de la noche, pero del 15 de junio de 2010, Roxana López vivió su hora cero, mientras viajaba en otro taxi. Lo había tomado con su amiga Jennifer Zeledón, saliendo de la Iglesia Hosanna, en carretera a Masaya, y se dirigían hasta el kilómetro diez de la carretera vieja a León.  Iban solas, pero pronto las acompañaría otro pasajero que de manera socarrona le dijo al taxista que lo llevará una cuadra más adelante. “Además la lluvia está muy buena”, adelantó.

“Hizo una llamada, el lenguaje era callejero. No entendimos lo que decía. Usaba suavena en vez de suave. A la cuadra, el hombre bajó la velocidad, el pasajero se volteó y nos dijo ¡esto es un asalto!”, narró.

El pasajero las apuntó entonces con un arma, y se pasó de la parte delantera del carro a la parte de atrás, colocándose en el centro del asiento. Las víctimas fueron obligadas a agachar la cabeza. “A mí me tomó. Me puso la pistola en la cabeza. Si me mentís, aquí te morís”, la amenazó cuando revisaba sus pertenencias.

Las manosearon con la excusa de ver si escondían dinero. López, quien trabaja para una empresa avícola, no puede olvidar cuando el conductor moreno, de 45 años, le orientó al pasajero, de 35, que continuará con la requisa.

El secuestro duró cuatro horas. Hubo un momento en que los ladrones dijeron que deberían dejarlas tiradas cerca de la Chureca. Ya iban por San Judas, siguiendo la pista Suburbana. Ya habían golpeado a la amiga de López, cuando las dejaron, ya la mujer estaba histérica. Los ladrones creían que las amigas eran extranjeras.

“Fue primera vez que sentí que mi vida se iba en un instante. En comparación con Guatemala, El Salvador, sí puede ser que Nicaragua sea el país más seguro de Centroamérica, pero no es 100 por ciento seguro, porque después que nos pasa esta historia, conseguimos un contacto. Nos fueron a traer y fuimos a la Policía, esperamos alrededor de una hora para que nos pudieran atender”,  dice.

El interrogatorio policial duró 15 minutos, aunque pudo ser menos, porque a las víctimas no les creyeron de entrada su denuncia. “Como no nos vieron heridas ni sucias”, dice Roxana que recuerda que a su amiga el interrogador le solicitó para proceder la investigación el número de matrícula del taxi.

El endoso al Presidente

Sentado en su oficina, con los ojos cerrados, el comisionado mayor Fernando Borge luce como un predicador de la seguridad ciudadana. Estira la mano y pone en alta voz el celular para que su agente le informe de un importante operativo donde cuatro colombianos fueron capturados. Es vehemente.

—¿Es una mujer blanca, hermosa?—pregunta el comisionado sobre una de las detenidas.

—No, no, no—le responden inmediatamente.

Esta noche de viernes, Borge y su contacto hablan de una banda de extranjeros que ponchaban llantas con desatornillador, seguían a sus víctimas después de transacciones bancarias para dejarlos sin nada. El caso le permite a él describir el perfil del criminal nicaragüense. “Son casos excepcionales. Generalmente operan solos (…) Eso se aprende en el extranjero, el ladrón de aquí es chapioyo, son así: ve, dame el celular”, explica.

Según el funcionario, la reducción del delito es innegable: 44 por ciento en las paradas de buses, 56 por ciento en el interior de los mismos, 36 por ciento a taxistas, 11 por ciento menos a bordo de los taxis, y sigue dando cifras, valiéndose de anuarios o de un informe que le han enviado a su cuenta de correo electrónico y que no puede divulgar, porque habrá pronto reunión de altos mandos de la Policía Nacional y el tema fuerte será el de la seguridad.

Pero no pierde entusiasmo. El vocero de la Policía dice que 15 de 19 delegaciones territoriales del país registraron menos delitos comparando 2010 con 2011, y también han aumentado la cantidad de casos resueltos, una estadística que tiembla cuando en las encuestas la población asegura que ni la mitad de víctimas denuncia los asaltos.

“Nosotros admitimos que si te ponen un cuchillo, una pistola quedás traumatizado y decís gracias a Dios que no pasó nada. Lo tomamos como alta prioridad”, dice Borge.

Y pronto habla del trabajo preventivo, de la vigilancia que cultivan en los barrios, junto a órganos del gobierno, con los que esta Policía se siente muy cómoda. Así, Borge cita el trabajo de rastreo de información barrio a barrio, casa a casa, y allí “encontramos la fortaleza de la participación ciudadana en los comités de prevención del delito, en los gabinetes del poder ciudadano, en los líderes juveniles”.

Sobre el subregistro de las estadísticas de delito, dice que hay varios criterios, y pronto, sin habérselo mencionado, cuando se toca el tema de los agentes que les piden combustible a la población para llenar los tanques de las patrullas y atender sus casos, dice que es injustificable. Es entonces, cuando Borge se llena la boca con alabanzas al Gobierno.

“Es justo reconocer que en la mayoría de casos se les atiende con mucho profesionalismo. Como en toda organización, hay dificultades y también hay personal que no asume quizás con la misma prestancia (…) No es correcto que la Policía le pida para el combustible. El gobierno ha sido responsable, ha incrementado el número de policías, ha crecido en más de mil 500 policías, el año pasado hicimos promociones de 500 policías, nos aprobaron recientemente 500 plazas más. Hay toda una voluntad política que ha asumido con mucha vehemencia el tema de la seguridad ciudadana. Ha aumentado la cantidad de motos”, acotó.

Borge dice que han creado siete unidades preventivas móviles que se instalaron en lugares con problemas de seguridad como el Barrio Las Torres (cercano al San Luis Norte, donde vive la periodista Uriarte), Jorge Dimitrov, Cristo El Rosario, entre otros.

“Se fortaleció la figura del jefe de sector. Esto ha permitido que la gente tenga más confianza y por eso la Policía sale elevada en el nivel de confianza. Ah, no significa que no hay problemas. Hay problemas a resolver”, intenta adelantarse ante las críticas.

—¿A usted le han robado comisionado?—le pregunto.

—¡Fijate que no!,  afortunadamente.  A familiares sí—responde.

Comentarios

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Marlon Obando

Les comento algo netamente sorprendente e inexplicable. El año pasado se me venció mi permiso para portar armas, acudí a mi delegación y ellos me solicitaron una serie de requisitos que además de ser muy engorroso se vuelven para algunos muy difícil de cumplir. Con tantos obstáculos cómo hacen la mayoría de delincuentes para portar un arma sin documentación alguna? Dónde la consiguen? Y la ley de armas por qué no lo ponen en practica? Siendo algo paranóico, no será que son policías cuando están de turno y delincuentes en sus ratos libres? A los ciudadanos que salimos todos los días a buscar con honradez el sustento familiar solo nos queda rezar antes y al regresar también por no habernos topado con esas lacras de nuestra sociedad.

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