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Presiones contra la libertad de prensa

Edmundo Jarquín | 12/2/2011
@mundoj1

Los “anónimos” de mi pueblo

Esta semana se dieron hechos que recordaron mi infancia, y provocan indignación, fuerza, arrojo y esperanza frente al futuro.

Ocurre que a las agresiones fiscales contra El Nuevo Diario, el asedio de turbas contra La Prensa y casas de sus Directivos, y los intentos de coartar la libertad de expresión tipificando nuevos delitos que obligarían a la autocensura, se han agregado denuncias por la Coordinadora Civil de presiones que el gobierno ejerce frente a embajadas extranjeras para que diversas organizaciones cívicas no reciban ningún apoyo.

En otras ocasiones hemos comentado que intentar limitar la libertad de expresión o de pensamiento, o la circulación de información, es tan inútil como tratar de agarrar agua con las manos. Inevitablemente se filtra entre los dedos.

No se pudo, en los años de mi infancia en El Ocotal. A veces nos desayunábamos con el rumor de alguno de los entonces llamados “anónimos”. En la medida que transcurría el día, el rumor sobre el “anónimo” de la noche previa crecía, se extendía, y entre más se extendía más se distorsionaba,  y entre más se distorsionaba, su poder de comunicación era más poderoso. 

Los anónimos eran  notas, con letra simulada para ocultar el origen, que al amparo de la oscuridad, alguien deslizaba bajo las puertas de la casa del destinatario  -y algunas otras casas, para que el “anónimo” no quedara en el anonimato-  con la revelación de alguna infidelidad, la confesión de una pasión amorosa, el descargo de un litigio de propiedad, la denuncia de una deuda impaga, o cualquier clase de venganza o confesión personal. El ánimo era poner en circulación, de boca en boca, alguna información, verdadera o falsa.

Años después, reflexioné sobre los famosos “anónimos” de pueblo y su inmenso poder comunicador, pese a que no podrían ser muchos los escritos que se deslizaban bajo las puertas de aquellos pueblos de escasas casas, por más que las sombras de la noche ampararan,  porque todo ruido nocturno era advertido y ninguna ausencia casera en altas horas de la noche era ignorada. El poder comunicador  de esos anónimos era devastador, me di cuenta, porque eran “creíbles”, con fundamento o no en la realidad, pero “creíbles”, porque decían lo que otras muchas personas creían  pero no se atrevían a decir, o circulaban la información que muchos callaban: hasta que aparecía el “anónimo”.

Al siguiente día todos comentaban: fulano es deudor moroso de mengano; sultana es amante del vecino; tal pariente se quedó con la herencia de los familiares, y así sucesivamente, recogiendo agravios o acusaciones, o descargando pasiones y animadversiones. Y como en la página de “Sucesos” de los periódicos de hoy, o en las revistas del corazón tan de moda, todo se sabía, porque no hay nada oculto bajo el cielo ni los confesionarios.

Así, nada quedó oculto durante la etapa final de la dictadura somocista, pese a la férrea censura. Recuerdo que con Pedro Joaquín Chamorro, su hermano Xavier, Danilo Aguirre y Luis Rocha, reproducimos los membretes de los sobres de oficinas gubernamentales y hasta de la Embajada Americana, para enviar cada día a través de las propias oficinas de correo de la dictadura,  docenas de sobres con la información que ese día se había censurado en La Prensa. La gente que recibía esos sobres, con fotocopiadoras de eterna lentitud, reproducía la información y la circulaba, la cual llegaba a más y más gente. El intento de impedir la información era inútil porque la misma circulaba,  y entre más distorsionada, como los “anónimos” de El Ocotal, más creíble era.

Aquellos intentos de censura se podrán repetir, y se están intentando repetir,  pero nunca tendrán el efecto que se busca. Menos ahora, con los poderosos medios de comunicación -Internet, celulares, TV por satélite, Twiter, Facebook, Youtube- que filtran al instante y a millones la información que adelanta el fin de los tiranos, como lo demuestra la caída de Mubarack en Egipto.

El “delito mediático”

Lo anterior es pertinente porque el intento del gobierno con su ley tipificando el “delito mediático”, para que a título de no “satirizar a las mujeres”   -con lo cual pretende no se critique a aquellas que ejercen la función pública-  es tan inútil, en su pretensión de limitar la libertad de expresión, como decir que no causó impacto el “anónimo” que una vez circuló en mi pueblo denunciando que estaba más arrugado  de  lo normal el  “zurrón”  -costal o saco de cuero crudo-   con el cual medía y  vendía un pulpero agiotista  para que, a más arrugas del zurrón, alcanzaran menos de las 100 libras de frijoles que pretendía vender.

El gobierno, con su proyecto de ley estableciendo el “delito mediático”, y que aparente y afortunadamente a la hora de escribir este comentario habría retirado del proyecto, no logrará que ninguno de nuestros gobernantes y gobernantas tengan menos arrugas y menos canas, o sean menos incapaces,  y sus intentos de reprimir la libertad de expresión serán tan inútiles como los de Mubarak en Egipto, o Ben Alí en Túnez, a quienes más temprano que tarde se les hizo saber lo que se pensaba y sabía de ellos, y que su poder no era eterno.

De los cambios se encargan los pueblos, y de eso nos encargaremos los nicaragüenses cuando sea el momento, aunque las leyes digan lo contrario.

(Este texto corresponde a la edición 136 de la columna El Pulso de la Semana que el autor escribe y transmite por Radio Corporación)

Comentarios

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camilo garcia

Señor Jarquin "desconocia su afan por el cuecho", que bueno es saber que aun cree que el pueblo es ignorante, creer que puede humillar y denigrar a la empleada domestica sin que esta proteste o denuncie su afan malinchista de "hijo de casa". Siga soñando que la marihuana que se fuma parece que esta muy verde y cree estar en Egipto, donde el pueblo se revelò porque no soportò mas humillacion y explotacion, algo que nuestro pueblo vivio y sufrio en 17 años de neoliberalismo.

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