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Soy un hippie auténtico

Guillermo Rothschuh Villanueva | 15/8/2015

Mal es nacer en este mundo maldito! Soy el primer hijo de la Delia Vargas, una mujer trabajadora, limpia, aseadísima. Edgar Cermeño, quien fue alcalde de Acoyapa, no es el primer hijo de la Delia, el primero soy yo. Cuando venían a buscarla para enterrar a alguien antes de ir al cementerio se bañaba. Yo protestaba. Ella me respondía que no podía ir a ese lugar con los pies sucios. Mi padre fue el Coronel Octavio Cervantes, Comandante del 4to Batallón de Infantería de la Guardia Nacional (GN), hermano del Mayor Rigoberto Cervantes (GN), Comandante de Masaya. Todos en Juigalpa me conocen como “Zipi”. El apodo me lo puso un borrachito de Acoyapa. Nosotros andábamos buscando hongos y me gritó que en esa ciudad no querían “Zipis”. De ahí en adelante todos empezaron a llamarme de esa manera. Me lo dicen con cariño. Mi nombre es Erwing Cervantes Vargas. Vos escribílo como querrás, yo le agregué la G al mío después de haber visto una película Nazi. El militar se llamaba Erwing y me agradó. Me mandaron a la escuela pero nunca me gustó. Tuve varias maestras. La más severa de todas fue la niña Leopoldina Castrillo. Me pedía que le mostrara las manos. Como tenía sucias las uñas me daba un par de reglazos y me ponía pegado a la pared. Me daba a leer un libro y yo me lo ponía junto a la cara. Me torturaba. Tenía unas uñas filudas y me las enterraba en las orejas. Mis otras maestras fueron la Deysi Molina Lanzas y la Esperanza Martínez.  La Esperanza me llevaba castigado a su casa. Estando ahí me preguntaba que quería hacer: estudiar o limpiarle la casa. Yo prefería hacer los oficios. Le dejaba bien limpio el patio. El estudio lo odiaba a muerte. También me dieron clase la Conchita Báez, la Pastorcita Díaz y la Adela Gallardo. Le cambiaron el nombre a la escuela José Aníbal Montiel, ¡qué huevada! Ahí estuve estudiando. Me ponían a cantar el himno nacional y querían que yo hiciera el saludo a la altura del pecho como mujercita. Como yo lo hacía como hombre me castigaban. Trabajé en Cine Juigalpa como barrendero. Todas las mañanas iba a regar siete cartelones. Uno en la entrada del Parque Central frente a doña Leticia Morales, otro en Palo Solo, en el poste de luz de la Alcaldía, otro frente a doña Socorrito Lacayo y otro que recuerdo, en Punta Caliente. Como era pobre iba a los billares de Casimiro y me echaba seis turcazos de guarón. Uno tras otro. Me los daba fiados. Me encantaba ir a los putales a beber guaro. Los gustos y placeres es lo único que uno se lleva a la tumba. Los campesinos brutos ni cuenta se daban que las putas les daban vuelta. Las mujeres pasaban culeando hasta el amanecer. Eso era el sábado, y el domingo tenían permiso de la guardia para hacerlo hasta las doce de la noche. Después de esa hora las putas tenían prohibido coger. Lo que vendían era guarón de Somoza. Lo compraban en la Renta. Recuerdo que la vela donde se ha dado más guaro en la historia de Juigalpa fue para la muerte de la Vilma Morales, la hija de Luis Morales. Dieron cigarrillos, naipes, comidas, café y pan. Esa noche compró diez latas de guarón y luego lo repartía por galones. La gente se puso hasta el bicho. El Morir Soñando nunca lo probé. No lo bebí. Para quien no tenía con que comprar era una caballada. Para hombres muy hombres. Mujeres nunca he tenido. No me gusta que me den la mano ni que me digan adiós. Pero no soy homosexual. El clan de los hippies lo formaban Polo Tablada, Arturo Figueroa, Armando Galán, el Culón Ortega, Burro de Plata, Freddy; yo era el único pobre del grupo. Ese que acaban de enterrar es basura, estiércol. Nunca perteneció al grupo original. A mí siempre gustó andar con el pelo largo. Eso me distinguía de todos. Me cortaron la melena tres veces. Los guardias me capturaban en la calle y me llevaban al cuartel a pelonearme. El primero que me jodió fue el Coronel Francisco Fajardo. De puro gusto el huevón. La segunda vez fue por órdenes de Julio Fonseca Talavera. Le di gracias a Dios que lo mataran en Puerto Cabezas. Odiaban el pelo largo. Me lo dejé crecer desde los dieciséis años. La tercera vez que me lo cortaron fue aquí enfrente en el cementerio. Estaba dormido. Ni cuenta me di. Probé el Ácido cristal, hice como veinticinco viajes por los confines del universo. Comí hongos en grandes cantidades. El Achís es lo más lindísimo, también le entré a la Mezcalina, valía quince córdobas. En Acoyapa me comí ciento ochenta hongos. Pasé ocho días sin dormir ni comer. De domingo a domingo. Con los ojos pelados. Si me voy a morir me muero. Por eso me comí el doble. Cuando uno entra en éxtasis va a parar al paraíso. Nosotros íbamos a buscar hongos a Batavia, junto con Rolando Acevedo y Robín Meneses. Les decíamos sombrilla, copa, chingorro. A Betulia a veces me daba raid Augusto Cruz, ahí habían por toneladas. El mejor hongo es el de mierda de vaca. El de caballo no sirve. Era lindísimo disfrutarlo en una finca, en vivo y directo con la naturaleza, tal como Dios la pinta. No en la ciudad. Ese era el mejor lugar. Héctor Ugarte hacía un preparado de Hongos con miel. Comer hongos es horrible, una cosa que no puedo descifrar. Uno llegaba a la casa de Héctor te regalaba dos cucharadas soperas. A mí siempre me daba cuatro. La mejor época de la marihuana fue durante Somoza. Era barata no como ahora que dicen está cara. De Matagalpa venía una que le decíamos Pelo Rojo, parecía hebra de pelo. Tenía el color de la cabeza del coco. Uno daba una nota riquísima. La Tila valía cinco córdobas en Managua y el doble en Juigalpa. Una vez desmantelaron al Culón. ¡Venía con un cargamento de Coca y de monte! Durante una época trabajé en Managua en albañilería. Mi ayudante era Franklin Castrillo. Estaba trabajando en la construcción del Reparto Schick y mandé a comprar cincuenta pesos de marihuana al Cartel de Santa Ana. Envié a un señor a comprarla. El hombre era honrado, me la trajo. La segunda vez le pedí a Franklin que me la comprara. Cuando regresó venía asustado. ¡Temblando! ¡Nunca vuelvo a ir! El callejón se va cerrando en la medida que uno camina hacia el Lago y da miedo, me dijo. Una vez compré catorce Tilas. Como alguien protestó le dije: Son míos mis reales. Antes vendían la marihuana libremente. La compraba en El Tanque, ese que queda junto a la casa de Justiniano Barillas. Estaba trabajando haciendo un muro en el Juzgado, donde ahora es la casa del Gato Báez y como era buen monte se sentía la patada. El Juez Edmundo Gaitán gritó: Parála que me estoy ahogando. Nosotros íbamos a Palo Solo día y noche. Monte de primera. Después se fue corrompiendo. En una ocasión fuimos a El Salto. El Renco Aguilar dijo que quería probarla. Le preguntamos si estaba preparado. Yo le dije, no la probés. El insistió. Dijo que sí. Al rato soltó el llanto y decía, Quiero a mi papá, quiero a mi papá. Para alcanzar la nota uno vive un proceso terrible. Sentís primero vibraciones en la cabeza, como si te pusieran cables eléctricos, después pasas al down y luego llegás al Paraíso. Ahora no veo más que sombras. Estoy ciego, veme los ojos como los tengo. Zenaida, ¿este es Memo? Si hombre y este otro es Jorge Eliécer. Es que pueden engañarme. Soy desconfiado. Como fui combatiente durante la revolución, me atendieron la vista en el Hospital Asunción. Me mandaron a traer en la ambulancia. Me pusieron unos aparatos para revisarme. Me examinaron unos doctores y me dijeron que para volver a ver necesitaba un trasplante de córnea. No hay nada que hacer, dijo el doctor, consígase un donante. Con dinero cualquiera lo hace, yo no tengo ni un peso. Un día se apareció por aquí el Culón y me dijo que el Renco había conversado con el Cónsul cubano y que me iban hacer el trasplante. La Zenaida, la pobrecita, empezó a recoger la plata para que yo pudiese viajar con la Norma, quien me iba acompañar. Me dio un mil doscientos córdobas, fuimos a Managua, hasta Ciudad Sandino. Me examinó una vieja que era médico. Me dijo que tenía inflamaciones y que necesitaba un trasplante. Eso fue un veintitrés de abril. La vieja hija de las mil putas era la coordinadora. Si hubiese tenido una granada de mano, le quito la espoleta y se la lanzo. Voy a odiarla toda mi vida. Renco hijo de la gran puta, me hizo gastar un dinero que no teníamos. Lo del trasplante ya lo sabíamos. ¿Qué fuimos hacer? Nada, solo a gastar el poco dinerito que había ahorrado la Zenaida. Ahora tengo setenta y un  años. Se me sube la presión, me pica el cuerpo, me tuve que rapar, porque se me viene a la cabeza una alergia y cuando empiezo a rascarme se me empeora. No salgo a ningún lado, vivo jodido, palmado, sin un centavo. Por ahí pasan de vez en cuando algunos gritándome, Zippi ¿Cómo estás hermano? Ya no te dije a vos como estoy.      

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