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Entre autores y personajes

Evasión y fuga

La ruta de la evasión refiere las alucinaciones de una anciana degradándose en su enfermedad, preguntándose por qué no se reveló antes, entre las personalidades enfermizas de su marido y sus hijos, de las mujeres con las que se relacionan

Francisco Bautista Lara | 13/8/2015

La escritora y ensayista costarricense Yolanda Oreamuno Unger (San José, 1916 – México, 1956) hizo de su obra un grito de rebeldía y desahogo. Sobre ella, a pesar del olvido que impusieron los prejuicios de su entorno conservador y patriarcal ante una mujer que no cabía en las restricciones de su tiempo, el escritor nicaragüense Sergio Ramírez publicó la novela La fugitiva (2011) que recrea las circunstancias y la vida polémica de esta mujer que llama en la ficción Amanda Solano y que es pionera de la literatura costarricense y centroamericana, que sufrió el repudio e incomprensión de sus compatriotas, lo que la llevó a asumir la nacionalidad guatemalteca, y a viajar hacia una especie de autoexilio, en busca de un espacio que no la ahogara en Chile, México y Estados Unidos.

Su obra más conocida es la novela La ruta de la evasión que recibió el Premio Centroamericano 15 de septiembre (Guatemala, 1948). Según diversos críticos “se adelanta a escritores latinoamericanos en cuanto a técnica narrativa se refiere”. Uno podría pensar que ella se fuga, según el título del relato de Ramírez, o que ella evade, según el nombre de la obra de la autora, ambos conceptos en apariencia coinciden: desde su creación literaria y en su convulsionada existencia.  Sin embargo, es todo lo contrario, ella no evadió, sino que confrontó, aunque algunos verán el disfraz de la huida y no el trasfondo, de mujer lúcida y persistente que se niega a aceptar el papel sumiso que el sistema impone, el silencio al que se le obliga, los estereotipos a los que debe someterse… En su primer escrito a los 17 años, un ensayo titulado: ¿Qué hora es? analiza la situación de la mujer costarricense de la época y clama por su autoafirmación, su texto mereció mención de  honor en 1933.

Su primer marido se suicidó (1936) por no soportar una enfermedad incurable. Al año siguiente contrajo matrimonio con Oscar Barahona, abogado simpatizante del Partico Comunista Costarricense. Se involucró con las ideas marxistas y el antifranquismo, participó del contexto revolucionario guatemalteco de la década del cuarenta. Su único hijo Sergio nació en 1942, ese año se divorció del marido. Murió en el olvido y fue enterrada en un panteón de México; sus restos fueron trasladados cinco años después a San José en donde permaneció medio siglo sin una inscripción hasta que en 2011, a los 55 años de su muerte, se le colocó una placa conmemorativa.

Yolanda creó su propio mito en el arte y en la literatura popular, con sus textos complejos que no comprendieron los sectores populares, en donde logró vincular el mundo exterior y visible, con ese otro interior e íntimo que le pertenecía como mujer que se siente copartícipe de los procesos sociales y públicos de los que ha estado proscrita; desde la lucidez de sus artículos sociales y desde la libertad que permiten sus novelas en donde, amparada en la ficción se expande con flexible fantasía. Mujer sensual y bella, víctima del morbo que la desconfigura, se negó a ser posesión, indefensa ante la aplastante fuerza que le rodeaba, sin apoyo oficial porque no estaba bajo la sombra de ningún poder político y económico, porque criticó las estructuras sociales prevalecientes, lo que suelen condenar con el silencio y el olvido. Atrevida, intensa, provocadora, consciente de sus riesgos, frustrada en el intento por rescatar a su hijo en la maternidad que le fue arrebata.

La ruta de la evasión refiere las alucinaciones de una anciana degradándose en su enfermedad, preguntándose por qué no se reveló antes, entre las personalidades enfermizas de su marido y sus hijos, de las mujeres con las que se relacionan, buscando cada uno la posibilidad de evadirse mediante el alcohol, los sueños, la masturbación, la visita a los centros nocturnos, los libros, la música, el suicidio…

Don Vasco, es el padre autoritario y alcohólico, duro y violento, de palabra cortante, imposibilitado de expresar afecto, sale de casa y alguno de sus hijos lo va a buscar en los centros nocturnos, carece de autoridad real. Roberto con un analítico cerebro, estudió dietética y naturismo, es insensible; Gabriel, estudiante de medicina, “lee desaforadamente”, se aísla y evita a las muchachas, y Álvaro, el menor, se masturba todas las tardes; Teresa, la madre, sumisa y silenciosa, cumpliendo los deberes para satisfacer al hombre con quien ha procreado a los tres hijos; soportó paciente hasta que se distanció de los hijos y del marido. “Ha de ser bonito tener con quien hablar, tener quien lo escuche a uno”.

Roberto decidió casarse con Cristina, de diecisiete años, estaba embarazada, no la quería, “Los hombres tenemos urgentes problemas fisiológicos que hay que afrontar”; ella murió en el parto sin el cariño que esperaba. Aurora se ha enamorado de Gabriel, “estoy sola para quererte y para todo lo demás”, acompaña a Teresa como si fuera enfermera, “Aurora. No te pongas a pensar que no te queda bien”, ella cree que el amor es rendirse ante él, viven juntos. “¿Querrás ser más nada que un desahogo vulgar de mis instintos?”… “-Quiero ser era, Gabriel”. Sigue en su inquietante monotonía, lo contempla dormido, en esos momentos lo sabe suyo. Ella creía en la sublimidad viril desde que, cuando niña, se despertó asustada por un temblor, sus padres en la cama moviéndose, su madre enojada por la interrupción de la niña, sin embargo, el padre, semidesnudo, se le acercó comprensivo y la acompañó hasta dormirla, la admiración se convirtió en reverencia que trasladó a Gabriel desde sus miedos infantiles.

Gabriel está agobiado de la mujer, “era una especie de ser deshabitado”, la manda a la calle, que busque amigos, ella no tiene a nadie, no sabe qué hacer. Regresa. Él ha tomado una decisión, le dice que será suya, que dormirá siempre, toma las pastillas, ella lo ayuda sin comprender. Le avisan que Teresa ha muerto, Gabriel duerme, respira entrecortado, ella contempla la muerte en la casa de don Vasco. Al regresar se percata de lo que ha pasado, Gabriel no dormía, ha muerto también. Miró al muerto y exclamó: “¡Pero si yo estoy libre!... Yo amé a un muerto, pero ahora amo la vida” Abrió las ventanas. “Esperaré a que se lo lleven”

Con una prosa sutil y a veces poética el relato presenta escenas impactantes de lo que se oculta por los miedos y las costumbres, para no enfrentar las circunstancias que han venido condicionando la distorsionada vida cotidiana que a todos tiene hastiado en “la hipotética casa de los sueños”, en donde “se desconocía la hospitalidad” y todo se deshace por la inconsistencia con que ha sido hecho.

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Estimados lectores, a partir de la fecha, dos veces al mes, compartiremos con ustedes a través de este espacio, breves artículos sobre literatura, para invitarlos a leer, disfrutar y »

Acerca del Autor

El autor es escritor, académico y consultor nicaragüense, especialista en seguridad ciudadana y policía. Economista, master en Administración y Dirección de Empresas »

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