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Mujeres, mujeres, mujeres…

Eduardo Galeano vuelve a recordarnos que la historia ha sido contada por hombres interesados en denigrar a las mujeres, en rebajar su condición humana

Guillermo Rothschuh Villanueva | 9/8/2015

A Nelly, feminista

No es lo mismo una edición póstuma que un libro póstumo, la primera alude a un libro editado como homenaje o reconocimiento a un autor o bien a la naturaleza de su contenido; lo segundo equivale a la publicación de una obra escrita antes del fallecimiento de su autor o autora, por ejemplo Federico en su balcón de Carlos Fuentes (Alfaguara, 2012). En el otro, me refiero a la decisión de los herederos de los derechos de autor de Eduardo Galeano, de publicar una antología sobre las distintas formas que tiene el uruguayo de apreciar y juzgar las grandezas y padecimientos sufridos por las mujeres a través de la historia. El texto constituye un doble homenaje, uno hacia las mujeres —el más importante— y otro al propio Galeano. Mujeres (Siglo xxi Editores, México, 2015) se convierte en un compendio pertinente en los tiempos que corren. Una puesta en perspectiva y una defensa cerrada ante los desmanes y aberraciones cometidos contra las mujeres. Una luz que ilumina el camino.

Mujeres constituye una selección escrupulosa de las constantes menciones que hace Galeano —con nombres y apellidos— de mujeres de diferentes partes del mundo, sometidas a todo tipo de vejámenes por una cultura machista —que pese a los reveses soportados— no acaba de comprender el sitial que corresponde a éstas dentro de la historia de la humanidad. Durante sus últimos años de vida, Galeano se distinguió por ofrecer un collage que nos permitiera —a hombres y mujeres— tomar conciencia de la manera incluso perversa que han procedido contra las mujeres, filósofos, santos, clérigos, siquiatras, papas católicos, pintores, juristas, legisladores, presidentes, políticos, militares, religiosos, etc., sometiéndolas a tormentos y suplicios que todavía no acaban. Mujeres libro síntesis, punto de convergencia de los sinsabores, amenazas y muertes, basadas en la supuesta superioridad del macho sobre la hembra. Un anacronismo que todavía defienden los abanderados de la sujeción femenina.

Con un estilo donde convergen crónica y poesía, cuento y oralidad, Eduardo Galeano narra y testimonia de forma convincente, las penurias y horrores cometidos por hombres del más alto nivel y de la más baja ralea, en nombre de una doctrina aberrante. Mujeres expande su visión, nos obliga a transitar desde los orígenes más remotos de la humanidad, hasta el presente. Su intención no es solo de condena. Sería adoptar una actitud demasiado estrecha. Más bien pretende abrirnos los ojos para que conociendo miserias y extravíos, seamos capaces de trascender un estadio donde los hombres resultan culpables, sin derecho a apelación. Mujeres es la sumatoria de varios textos escritos por Galeano, donde las mujeres son el centro de atención. Una mirada dura. Sin contemplaciones. Mujeres constituye una reconstrucción arqueológica que permite seguir el itinerario marcado por los hombres contra sus pares. Las veleidades de quienes sabiéndose poderosos escarnecían y escarnecen a las mujeres.

Es probable que Mujeres —al exponer esta conducta reprochable— cause indignación, desasosiego, incomodidad. La eficacia discursiva se sostiene a todo lo largo del texto. La poesía puesta al servicio una vez más a la causa de la liberación del género humano. Son estampas aleccionadoras, valientes, perspicaces. Galeano se sirve del micro relato. Solo una viñeta  —Historia del lagarto que tenía la costumbre de cenar a sus mujeres pags. 133-138— sobrepasa las cinco páginas. Su capacidad de síntesis sobrepasa la prueba. La condensación discursiva proviene de su vena poética. ¿No es un contrasentido poetizar tanta maldad? ¡No! A la par de esta historia universal de la infamia, germinan ejemplos de mujeres grandiosas, quienes decidieron heredar a las suyas, su ejemplo y bizarría. No importaba si las ahorcaban o las conducían a la guillotina. Estaban convencidas que forjaban un nuevo porvenir. Una luz tenue que permitía vislumbrar un futuro distinto. La suya era una inmolación consciente.

Para construir este bello edificio —quienes ejercieron el oficio de antologistas— hurgaron las páginas memorables de Vagamundo y otros relatos (1973), Memoria del fuego (1982), El libro de los abrazos (1989), Las palabras andantes (1993), Patas arriba. La escuela del mundo al revés (1998), Espejos. Una historia casi universal (2008) y Los hijos de los días (2012). Mujeres es una apuesta que nos permite asomarnos a los más bajos instintos del ser humano, también permite escalar a las más nobles aspiraciones de las mujeres. Su perpetua lucha por redimirse. Para hacerlo han transitado caminos azarosos. Veredas, montañas, lagos, ríos y mares. Una batalla sin tregua ni descanso. Una lucha que aún no concluye. Como acostumbraba Galeano, los antologistas incluyen nombres de mujeres de los más disímiles caracteres y oficios. Siguen la ruta trazada. La historia es un amasijo donde han intervenido y seguirán interviniendo putas, poetas, esclavas, santas, pintoras, guerrilleras, científicas, abogadas, matemáticas y filosofas.

Galeano vuelve a recordarnos que la historia ha sido contada por hombres interesados en denigrar a las mujeres, en rebajar su condición humana, en mutilar sus logros y desgarrar su clítoris. Devela y se revela contra una historia de rostro y voz masculinos. Las mujeres para sobresalir hasta hace poco tenían que disfrazarse de machos. Como corolario de la proclamación de la Declaración de los Derechos del hombre y del Ciudadano, la militante revolucionaria Olimpya de Gouges, propuso la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana. La respuesta no fue otra que ser tomada como prisionera y condenada a la guillotina por el santo Tribunal Revolucionario. Su petición fue considerada insolente y desproporcionada. Los dirigentes de la revolución francesa actuaron de manera drástica contra las mujeres. Suprimieron las asociaciones femeninas y en sus excesos establecieron la prohibición de discutir en un plano de igualdad con los hombres. En derechos de las mujeres no aportó mayor cosa.

En las últimas publicaciones de Galeano, Nicaragua siempre ha encontrado un lugar.  Los antologistas incluyeron dos trabajos, un elogio al circo Firuliche y de paso un tributo a Luz Marina Acosta, la niña que descubrió el circo y decidió hacerse maromera. En su primera acrobacia  —a los seis años de edad, narra el cronista— se rompió las costillas. Ese fue el drama de su vida. “En la guerra contra Somoza, en los amores: siempre volando, siempre rompiéndose las costillas. Porque quien entra al circo Firuliche, no sale nunca.” A la vez traen de vuelta la crítica de Galeano al sandinismo en el poder, al prohibir el aborto terapéutico. Le parece inconcebible que mientras el Partido Conservador haya reconocido a las mujeres nicaragüenses el 27 de abril de 1837 derecho abortar si su vida corría peligro, “legisladores que se decían revolucionarios sandinistas prohibieron el aborto en cualquier circunstancia, y así condenaron a las mujeres pobres a la cárcel o al cementerio.” Las mujeres nicaragüenses siguen batallando para evitar más muertes. Los recursos introducidos en la Corte Suprema de Justicia tienen la intención de eliminar este despropósito.   

Mujeres muestra la doble moral con que han actuado muchísimos hombres. Instala en el presente las vicisitudes, sueños y esperanzas padecidos o vislumbrados en cada momento de la historia, por quienes continúan luchando para ser reconocidas como iguales y librarse de la infamia de ser tratadas como seres de segunda. Una lucha que libran en todos los frentes y en todas partes del mundo. Cuando Hedda Sterne, se coló en 1951 en una fotografía tomada en Nueva York —publicada en la revista Life— aparece junto a lo más granado de los pintores de vanguardia. Un mercachifle dijo a manera de elogio: Ella pinta como un hombre. Para disipar equívocos, Galeano otorga voz a Eva, quien con justa razón empieza por aclarar “que ella no nació de ninguna costilla, ni conoció a ninguna serpiente, ni ofreció manzanas a nadie, y que Dios nunca le dijo que parirás con dolor y tu marido te dominará. Que todas esas son mentiras que Adán contó a la prensa”. Estamos claros, ¿verdad? Ojalá que así sea.

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