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¡Basta ya de prepotencia policial!

El ataque contra el plantón de los ancianos, la golpiza criminal contra los jóvenes solidarios, y el robo impune de siete vehículos, señalaba una hoja de ruta policial que, al final, conduce tortuosamente a la masacre de ciudadanos indefensos

Fernando Bárcenas | 13/7/2015

La prepotencia policial lleva, indefectiblemente, al crimen contra la integridad física de los ciudadanos, como tendencia probabilística. Una dictadura es un régimen esencialmente prepotente. Y toda institución que se subordina al abuso, adquiere, igualmente, un comportamiento necesariamente prepotente también.

La prepotencia de las instituciones estatales es la expresión complementaria de la sustracción metódica de los derechos ciudadanos, en la medida que con la consolidación de la dictadura se invierte la interrelación entre gobierno y sociedad.

La policía, si es un órgano que garantiza con recursos represivos, no la integridad de los ciudadanos, sino, el orden afín al régimen dictatorial, al servicio del capricho discrecional del poder de facto, adquiere en tal caso un rostro esencialmente amenazante. Lo que le induce a independizarse del control ciudadano, y a avasallar al pueblo.

El ataque contra el plantón de los ancianos, la golpiza criminal contra los jóvenes solidarios, y el robo impune de siete vehículos, señalaba una hoja de ruta policial que, al final, conduce tortuosamente a la masacre de ciudadanos indefensos. La mochila bomba en Pantasma es, también, una etapa terrorista en el desarrollo de la prepotencia policial, que conduce a la masacre de ciudadanos inermes. La tortura en El Chipote, y en otras mazmorras policiales, es una escuela de entrenamiento en la prepotencia sin límites. La disolución agresiva, indiscriminada e impune, de una marcha ciudadana que demandaba el respeto de un principio básico de la Constitución, es una subcultura visceral contra el respeto a la vida de ciudadanos decentes.

La policía se deforma exponencialmente, con el cinismo y la impunidad cotidiana, como agente represivo de la dictadura.

El sábado, 11 de julio, tres patrullas policiales, sin identificación, estaban al acecho en la comarca de las Jagüitas, equipadas con armas de guerra, en un operativo clandestino montado en la oscuridad de la noche. Con base al entrenamiento físico, operativo, político y moral, que han asimilado en la institución arbitraria a que pertenecen, los verdugos de élite acechaban con el rostro cubierto, bala en boca.

El acecho, sin un control seguro del desplazamiento del objetivo, con una certeza militar incuestionable, no puede convertirse en una improvisación operativa criminal de un comando armado, en una vía pública. En el ámbito militar, que las operaciones se desenvuelven en condiciones de extrema incertidumbre, las decisiones tácticas se adoptan con la máxima certeza de datos fundamentales, para reducir al mínimo las sorpresas ante la intuición estratégica del comandante.

La primera patrulla Tapir inicia, irresponsablemente, los disparos contra el automóvil familiar, con siete personas a bordo, mientras la segunda escuadra, de la estúpida trampa asesina, les corta la salida hacia adelante, interviene aún una tercera escuadra más avanzada. Así, a triple fuego cruzado, abatieron con ráfagas de metralla a la familia de Milton Reyes, que tuvo la desgracia de circular en su automóvil por el sitio de la emboscada, en las Cuatro Esquinas.

El plan era matar, sin capacidad profesional (pese al entrenamiento militar), a supuestos narcos. La desgracia para la población es que la deformación de la policía convierte al país en una emboscada gigantesca. La prepotencia policial se salta procedimientos tácticos de respeto a la vida humana, y alimenta, así, la impericia criminal, que planea amenazante por las corrientes ascendentes de la impunidad.

Los asesinos –porque las víctimas inermes no hicieron un solo gesto agresivo- cegaron vilmente la vida de un niño de 11 años, una niña de igual edad, y una joven de 22 años. Aún permanecen en estado grave una niña de 5 años y su hermanito de 12 años. Otro niño, muy pequeño, de tres años, de ojos tristes, secos…, sobrevivió a la masacre refugiado en el seno de su madre enloquecida, como en una trinchera de amor inexpugnable. Seguramente, su mirada lejana ve, desconcertado, un futuro distinto. Un día, cargará nuestra bandera nacional, como un símbolo limpio, en una plaza nuevamente llena de gente libre.

Luego del crimen, los 20 asesinos encapuchados golpearon miserablemente a los vecinos y familiares que intentaban registrar en sus celulares las placas de los vehículos policiales encubiertos, antes que se internaran en la espesura usual, de silencio e impunidad. No ayudaron a los heridos, impidieron que los vecinos les auxiliaran, rompieron a patadas los celulares. Los heridos se desangraban, y la madre, con la mirada perdida, alternadamente besaba, impotente, ¡impotente!, a sus hijos agonizantes, y a sus hijos muertos. La impotencia para auxiliar a los hijos, es la esencia de la tragedia mítica, que en el subconsciente humano quita a la vida la razón de existir. Si los hijos no sobreviven a sus padres, la humanidad se extingue.

Los testigos airados eran tantos. Por un momento prolongado, durante 10 minutos de prepotencia militar, bajo la capucha de los tapires, la tentación… revoloteaba por sus mentes.

¡Malditos! Les impreca la madre de los niños asesinados, a esos miserables sin rostro. El padre, con la sangre de sus hijos en la mejilla, sacude la cabeza con rabia, como si pudiera tirar al suelo la tragedia absurda que de improviso corroe implacablemente su cerebro. Por fin, se apoya en la pared, el dolor desgarra su alma, y llora silenciosamente, por dentro. Al verle, los versos existenciales de Vallejos, sobre los golpes de la vida que hacen volver la vista enloquecida, como si la resaca de todo lo vivido se empozara en el alma, como charco de culpa en la mirada, adquieren un sabor más amargo aún, en esta patria desangrada, que hemos dejado, otra vez, que sea mancillada por la opresión.

La policía, ahora, elude su responsabilidad institucional. La jefa policial se aparta, y apunta el dedo contra los gendarmes que apretaron el gatillo, como si fuesen malhechores aislados, que delinquen por confusión individual. Se les dará de baja deshonrosa por este error garrafal, y se les someterá a juicio penal, afirma elusivamente la jefa policial, como si resolviese un problema burocrático.

Cuando ocurre una masacre, cuya brutalidad horroriza y conmueve a la nación, el jefe del cuerpo armado –por su honor de comandante- debe apartarse del cargo, con responsabilidad suprema ante la población, para que pueda analizarse íntegramente la actuación policial bajo su mandato. Y para que se tomen las medidas correctivas radicales que reviertan la tendencia prepotente de la institución, que ahora lesiona consistentemente a la ciudadanía inerme, en lugar de protegerle.

Para la población, esta masacre traumática no es un error ni, mucho menos, aislado. Es una desgracia previsible por la naturaleza actual de la policía, cuya jefa se perpetúa en el cargo en contubernio con el capricho del dictador. En un momento de lucidez, debió llegar ante la madre de los niños asesinados, sin chaleco antibalas, sin escoltas, con su renuncia en la mano, simplemente, a pedir perdón.

La seguridad ciudadana, ante este crimen garrafal, probabilísticamente ineludible, exige que se juzgue a los mandos policiales que deformaron la institución policial, subordinándola a la dictadura.

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El autor es ingeniero eléctrico.

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