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Una combinación audaz

Pérez-Reverte desechó la posibilidad de retirar los andamios para que divisáramos el espléndido mural, sin tener que detenernos a constatar como fundió los materiales, el tipo de pintura utilizada, la diversidad de colores y la conciencia traslúcida de los académicos enviados a Francia a cumplir una grandiosa tarea

Guillermo Rothschuh Villanueva | 4/7/2015

Muchos escritores han optado por dejar constancia de su arte narrativo, casi todos lo han hecho escribiendo libros o ensayos donde muestran al derecho y de revés la manera que han tejido bordados descomunales o la forma que han pintado grandes murales. Son muy pocos -si es que existen- quienes en la medida que van escribiendo sus novelas, a la par van contando las peripecias que han tenido que realizar para construir sus personajes, metiéndose de cabeza a escudriñar infolios, leer actas, entrevistar expertos, adquirir libros, consultar textos, revisar mapas, reconstruir escenarios, contrastar fuentes, verificar datos y de manera escrupulosa desandar el camino transitado hace más de dos siglos por los personajes emblemáticos de su obra. Una temeridad asumida por el escritor Arturo Pérez-Reverte. Al emprender este largo y fatigoso camino quiso poner a prueba su antigua profesión de periodista para ofrecernos en su novela Hombres buenos (Primera edición, Alfaguara, 2015), una combinación audaz de su manera de fabular y manejar hechos reales, con personajes y escenarios auténticos. Con solvencia logra su cometido.

La primera revelación se relaciona con el tema. Los epígrafes –desde el primero al último- sirven de pista para saber que terreno vamos a pisar. El descubrimiento de los veintiocho volúmenes de la Encyclopédie, ou dictionnaire raisonné, en la biblioteca de la Academia de la Lengua Española -un feliz tropiezo, andaba en búsqueda de otros textos- deslumbra su imaginación. Tantea el terreno, desea saber cómo había llegado a esas estanterías. En algún momento aspiró adquirirla y ofreció comprarla al librero anticuario Luis Bardón. No lo logró porque este ya se había comprometido venderla a Pedro J. Ramírez. Estaba consciente que se trataba de “una obra rara en el mercado del libro antiguo. Muy difícil de conseguir completa”. A partir de ese momento el regusto por conocer en detalle el aterrizaje de esa obra monumental -cuya lectura había sido condenada por la iglesia católica- se convirtió en una obsesión. En la medida que fue conociendo los pormenores de esta aventura intelectual su interés se acrecentó. Después de conocer la respuesta del presidente honorario de la academia, Víctor García de la Concha, ya no le fue posible soltar la carnada.

La lectura de las actas de la academia picó su curiosidad. La Encyclopédie había sido traída por los académicos de la lengua –hombres buenos, los juzgan- el almirante Pedro Zárate, libre pensador y Hermógenes Molina, católico practicante. Ambos fueron comisionados a viajar a París “para adquirir la obra completa conocida como Encyclopédie, ou dictionnaire raisonné des sciences, des arts et des métiers … para que, en su biblioteca, quede en disposición de libre consulta y lectura para los miembros de número de esta institución”. El contrapunto Pérez Reverte lo obtiene de dos académicos opuestos abiertamente a su adquisición. Manuel Higuerela, editor del ultraconservador Censor Literario y Justo Sánchez Terrón, ilustrado radical, la antítesis de Higuerela. En el desarrollo del drama surge una corriente de amistad entre Zárate y Molina. Se entienden por la tolerancia que guarda el uno por las ideas del otro, no sin cierta sorna. Entre Higuerela y Sánchez Terrón, nunca se genera la mínima simpatía. Son los extremos ideológicos convergiendo para boicotear el cumplimiento del mandato encomendado a Zárate y Molina. Sus rencores jamás desaparecen.

Para imposibilitar la traída de la Encyclopédie, contratan a un mafioso profesional, Pascual Raposo, a quien pagan de su propio dinero. En la medida que entreteje su relato, Pérez-Reverte va delineando la personalidad de sus personajes. Alterna la novela con las peripecias que vive para su elaboración. Ambos discursos discurren de forma simultánea. Los tropiezos de los académicos son similares a los obstáculos que tiene que salvar el escritor para escribir su novela. La tensión entre ambos relatos es idéntica. Apegarse a la realidad, supone investigar a fondo, hasta el más mínimo resquicio. Este ha sido el itinerario que se ha trazado el novelista. Para cumplir el encargo, Raposo contrata como aliado a Milot, miembro de baja ralea de la policía parisina. Zárate y Molina encuentran en el abate Bringas –siempre fanático y brillante lo define Moratín-  un aliado incondicional. El novelista logra encuadrar los personajes. De un lado el liberal Zárate, el católico Molina y el exiliado Bringas, condenado por la Santa Inquisición debido a su poema Tiranía y del otro, Higuerela, ultraconservador, Sánchez Terrón, liberal, saqueador de los enciclopedistas y el criminal Raposo.    

La otra cara la constituyen los infortunios que viven los académicos, el primer intento de ser asaltados, acompañados por la viuda del coronel de artillería Quiroga y su hijo; los aprietos para encontrar la primera edición de la Encyclopédie, el robo perpetrado por la gendarmería al servicio de Milot; ante la pérdida del dinero, vuelven a ser recibidos con frialdad por el conde Aranda en la embajada de España, quien se ve compelido a otorgarles  un préstamo, (El conde accede darles la plata solo cuando el almirante Zárate le habla en el lenguaje que se expresan los masones); lo útil que resulta Bringas, la correspondencia de Raposo con el académico Higuerela para mantenerle al tanto de sus fechorías, las descripciones de París de 1780, los diálogos entre los académicos, el elogio al desarrollo económico, filosófico e intelectual de Francia, el homenaje oblicuo de Pérez-Reverte a Rousseau –el único puro- puesto en boca de Bringas, las premoniciones de lo que se avecina en la cara lutecia, el apoyo recibido de Margot Dancenis y sus famosas tertulias, el duelo entre Zárate y Coëtlegon y el asalto fallido a su regreso, con la aviesa intención que la Encyclopédie no llegara a su destino.  

Mis preferencias se inclinaron por conocer los esfuerzos y testarudez de Pérez-Reverte al intentar guardar fidelidad a personajes y escenarios; obcecado consulta y somete a escrutinio hasta el último detalle. Convierte su investigación en parte medular de la obra. Se atrevió a nadar a contracorriente. Optó por el arduo camino de develar sus pasos y relatar los escollos que iba salvando a cada momento. No hay duda que Pérez-Reverte estaba consciente que al narrar cómo iba desmadejando el hilo utilizado para tejer Hombres Buenos, se adentraba por un terreno escarpado. Este acercamiento permite una doble la lectura de la novela. Una primera sería ceñirse únicamente a la búsqueda que hace del material utilizado en la construcción del edificio y otra sería leer solo la ficción y el desarrollo de la trama. Asumió un riesgo a sabiendas que podía sortearlo. Los novelistas siempre han preferido ocultar el diseño de sus grandes edificios, obras a las que uno se asoma con el corazón en vilo, para conocer los trances y apuros sufridos por personajes de los cuales –debemos confesarlo- finalmente quedamos prendadas. Criaturas nacidas de la inspiración de novelistas y cuentistas.

Pérez-Reverte desechó la posibilidad de retirar los andamios para que divisáramos el espléndido mural, sin tener que detenernos a constatar como fundió los materiales, el tipo de pintura utilizada, la diversidad de colores y la conciencia traslúcida de los académicos enviados a Francia a cumplir una grandiosa tarea. García Márquez decidió romper los cuadernos donde dibujó la creación del reino de Macondo y la instalación de la familia Buendía. Dueño de su genio consideró que no debían conocerse sus recursos de utilería. En su ensayo La novela detrás de la novela confiesa que al recibir el primer ejemplar de Cien años de soledad (1967) rompió el original que utilizó para sacar copias. “Mi decisión no fue nada inocente ni modesta, sino que rompimos la copia para que nadie pudiera descubrir los trucos de mi carpintería secreta”. (Gabo La nostalgia de las almendras amargas, El Tiempo Casa Editorial, 2014). Hombres buenos ofrece la oportunidad de ser utilizado en los cursos de escritura creativa. Sobre todo para quienes enseñamos esta asignatura en las clases de periodismo. En un mismo texto podemos analizar a la vez ficción y realidad. Algo que ocurre muy pocas veces.

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