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Digamos adiós al telégrafo

Las nuevas generaciones viven el presente como una apoteosis. Yo evoco sin nostalgia el momento que telegramas y cartas nos hacían esperar respuestas con el corazón sobresaltado

Guillermo Rothschuh Villanueva | 28/6/2015

- ¡Aló! ¡Aló! Tipitapa. Tipitapa. Comunicame con Managua. ¡Aló! ¡Aló! ¡Aló!

 

Todavía recuerdo a Carlos Alegría pidiendo la comunicación con Managua. Sentado en una silla de altos espaldares, frente a la enorme consola, vuelve a darle vueltas a la manivela, una y otra vez. En camisola, dejando ver su pelaje en brazos, hombros, pecho y espalda, con paciencia samaritana insistía en establecer comunicación telefónica con la capital. Mi madre y yo sentados en una banca degastada, esperábamos el momento que Alegría le indicara que tomara el teléfono ubicado a la derecha de la banca, en una de las dos cabinas, para que se comunicara con mi padre. De lunes a viernes tenía que acompañarla desde nuestra casa en Palo Solo hasta Telcor, ubicado frente al Templo Bíblico. Una casa de aleros altos y paredes descascaradas pidiendo ser reparadas y encaladas. En la entrada, hacia la izquierda, estaba el despacho del Telégrafo. Sostenida sobre barandas, una tabla pulida servía como antesala donde las personas escribían o llegaban a poner sus telegramas. En la pieza de atrás, contiguo a la casa de doña Josefa Ocón, funcionaba la mensajería de cartas.

- ¿Con quién desee que le comunique? Espere un momento. Ya lo hago. Ya puede hablar. Por favor hable un poco más alto. ¡Aló! ¡Aló! ¡Aló!

Las puertas de las oficinas de telégrafos y teléfonos permanecían abiertas todo el día y parte de la noche. En realidad funcionaban las veinticuatro horas. Los telegramas 22 eran despachados de inmediatos y costaban el doble. Igual a lo que valen los anuncios clasificados de La Prensa o El Nuevo Diario, se pagaban por cada palabra transmitida. Las puertas de adentro comunicaban con un amplio corredor y un inmenso patio. El prestigio de los telegrafistas obedecía a la destreza con que operaban la Clave de Morse. No eran muchos. Eso les hacía aparecer como una secta y el hecho de teclear en un aparato puntos y rayas, les otorgaba un aura especial. En un país con altos índices de analfabetismo resultaban seres prodigiosos. Sin jactancia ellos mismos se sabían diferentes. Codificar y decodificar mensajes, una rutina a la que se entregaban mañana, tarde y noche, los convertía en una especie de brujos capaces de establecer conexiones con lugares jamás imaginados. Cuando mi padre me enviaba a poner telegramas me quedaba ido, viendo cómo manipulaban el aparato. ¡Eran admirables!

- ¡Managuá! ¡Managuá! No te metás. Por favor no te metás. Todavía están hablando.

Wilfredo García sigue siendo la viva estampa del telegrafista entregado a su oficio con  alta disciplina y una concepción diáfana del trabajo que desempeñaba. Vestido pulcramente, risueño, cumplía su función con estoicismo. Estaba convencido lo delicado que era conocer buena parte de la vida provinciana puesta ante sus ojos y conciencia, a través de los telegramas que despachaba a diario. ¿Cuántos mensajes de rompimiento amoroso pasaron por sus manos? ¿De cuántas desgracias económicas se enteró? ¿Comentó más de una vez en familia sus contenidos? Sus ojos leyeron cienes de telegramas dirigidos hacia dentro y fuera del país. ¿Serían objeto de espionaje? Telcor funcionó siempre como institución adscrita a la Guardia Nacional (GN). Sus antecedes históricos se remontan a la guerra de Sandino. Como apuntó en su momento el alemán Karl Deutsch, las comunicaciones constituyen los nervios del gobierno y los Somoza permanecían vigilantes. Por esa coladera podrían filtrarse mensajes cifrados, conspiraciones y atentados militares. Blanca Arauz y Sandino. ¡Era para escarmentar!

- Managuá. Managuá. Ya tengo buen rato de estar esperando que me comuniqués con Foto Luminton. La señora aquí sigue esperando. Apurate por favor. ¡Aló! ¡Aló!

¿A qué se debería esa preferencia de Telcor por diseñar sus oficinas con barandas de maderas? ¿Sería Chocoyo el único recepcionista que tuvo la admisión y envío de cartas bajo la jefatura de la Niña Adilia Ríos Montiel? ¿Hubo otro además de Víctor Cuadra? Las cartas llegaban con demora a su destino. ¿Por qué sería? ¿Violaban la correspondencia? Las cartas dirigidas hacia otros países –el correo aéreo- eran escritas en papel delgado y los sobres eran totalmente distintos de los sobres utilizados para el correo nacional. Arriba a la izquierda se leía en letras rojas y azules Por Avion. Los bordes eran del mismo color. Papel y sobres livianos para evitar que el pago fuese mayor. La Niña Adilia vendía los sellos postales. Chocoyo funcionaba como un ayudante al que nunca vi hacer nada más que fumar un cigarrillo tras otro. Cuando no estaba en el correo jugaba naipes como un vicioso desahuciado todas las noches en casa de doña Toña Rivera o donde mi tía Leonor. Un hombre apocado, cetrino, pelo ralo. La oficina era cerrada puntualmente a las cinco de la tarde.    

- Señora tome el teléfono. Ya se estableció la comunicación. Hable por favor.

¿Cuánto tiempo llevaba a mi madre comunicarse con mi padre? Una pregunta pertinente en los tiempos actuales. Tomaba horas. Las comunicaciones en el presente funcionan en tiempo real estés donde estés. Los teléfonos móviles comunican al instante. Una de las cualidades de las nuevas tecnologías ha sido suprimir cargos y sintetizar funciones. Carlos Alegría resultaría inútil en estos tiempos. Su cargo y función no existen. El mismo fenómeno ocurrió con el telégrafo. Los telegrafistas también desaparecieron. Son seres antediluvianos. Las computadoras vuelven ridículo aludir el tecleo de las máquinas de escribir en las salas de redacción. También dejó de existir el lenguaje telegráfico al que hacía mención la metáfora que exigía comprimir un texto a la mínima expresión. Sus artefactos pertenecen a la museología de los medios de comunicación. La vertiginosidad de los cambios envejece máquinas y programas. Las nuevas generaciones de teléfonos móviles vuelven trastos inservibles a las generaciones precedentes. ¡Vivimos en la era del vértigo! Todo es de prisa. ¡Instantáneo!

- ¿Alegría podés comunicarme por favor con la Botica Juigalpa?

Para entonces nosotros disponíamos de nuestra línea telefónica. Desde el centro de operaciones, Alegría agarraba un cordón con una punta especial que enchufaba en la consola, daba vuelta a la manivela y la comunicación local quedaba establecida. Cómo serían de limitadas las líneas existentes en Juigalpa que Carlos las sabía de memoria. La ciudad no pasaba de los seis mil habitantes. Entonces los teléfonos eran de dos dígitos. El primer número que nos asignó Telcor fue 49. Después le agregó un dígito y pasó a ser 549, luego sumó otro dígito y se convirtió en 2549. Antes de la venta de las telecomunicaciones -el peor negocio hecho por un gobierno- se le fueron sumando más números hasta llegar a los ochos dígitos que se utilizan ahora. El número de la casa de mis padres es el 2512-2549. Mientras tanto el paisaje de las comunicaciones nacionales y mundiales sigue cambiando al ritmo que le imprimen enormes conglomerados, dueños de verdaderos imperios mediáticos. Las comunicaciones satelitales son el pan nuestro de todos los días. Todo es aquí y ahora. Las formas de procesamiento de la información cambian por completo sus formas de recolección y difusión.

- ¡Aló! ¡Aló! Espere un momento.

El primer autor que leí utilizando el lenguaje abreviado y estereotipado del chat fue al argentino Andrés Neuman. En la novela Hablar solos (Alfaguara, 2012) el viaje definitivo que realiza Mario con su hijo Lito, lo hace para evitar que este lo olvide. Durante la travesía de ida y vuelta, Lito se vale del chat para comunicarse con Elena, su madre. Neuman maneja muy bien ese lenguaje lleno de apócopes al que recurren los jóvenes para comunicarse. Hay párrafos cuya lectura constituyó un verdadero desafío. Tuve que leerlos un par de veces para saber lo que decían. A los jóvenes les hubiese llevado segundos. Las transformaciones tecnológicas siempre han implicado cambios en las maneras de escribir. Un breve repaso de los medios impresos a través de la historia permite constatar cómo el telégrafo y el teléfono incidieron en las formas de presentar y redactar la información. La época de cambios que vivimos asombra nuestra imaginación. Nos estremece. Las nuevas generaciones viven el presente como una apoteosis. Yo evoco sin nostalgia el momento que telegramas y cartas nos hacían esperar respuestas con el corazón sobresaltado.  

¡Holá! ¡Hola! ¿Cómo estás?   

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