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Entre autores y personajes

Lazarillo de Dios en mi sendero…

Como novela, "La Princesa Paca" tiene la virtud de revivir en la memoria española a Darío, se construye con sencillez coloquial para un público amplio que ignora los entretelones de esa relación afectiva y quizás olvida la magnitud del iniciador del Modernismo

Francisco Bautista Lara | 16/6/2015

Volvamos inevitablemente con Darío ante la proximidad de conmemorar un siglo de su muerte (1916-2016) y celebrar ciento cincuenta años de su nacimiento (1867-2017). Nos referiremos a la novela La princesa Paca (2014) escrita por la periodista Rosa Villacastín (Ávila, 1947) y el escritor Manuel Francisco Reina (Jerez, 1974).

Darío es sin lugar a dudas un personaje de novela por su vida intensa y accidentada, la trascendencia hispanoamericana que alcanzó a pesar de venir de un pequeño país de Centroamérica, la influencia en los intelectuales de su época, la vigencia de su obra más allá de su tiempo, esa trayectoria descrita por uno de sus principales biógrafos, Edelberto Torres Espinosa, fue titulada con acierto La dramática vida de Rubén Darío.

La coautora, Rosa Villacastín, es nieta de Francisca Sánchez del Pozo, la española con la que Darío compartió intermitentemente más de catorce años de su vida en España y París, fue la única mujer con la que pudo aproximarse a lo que es una vida hogareña. Con Rafaela Contreras la relación fue breve por la muerte prematura de la esposa de quien nació el primogénito Rubén Darío Contreras. Con Rosario Murillo, Emelina, fue un amor pasional desde la adolescencia, un matrimonio impuesto por las circunstancias, una relación distante y tormentosa, sin embargo ella lo acompañó en los últimos siete meses de vida desde Guatemala, hasta traerlo de regreso a Nicaragua.

La abuela de la periodista española, -a quien Amador Nervo a su llegada a París (1901) llamó La princesa Paca por su relación con el Príncipe de las Letras Castellanas-, la madre de Rubén Darío Sánchez, Guicho, el segundo hijo que sobrevivió al poeta (los otros dos: Carmen y Phocas, fallecieron). Su abuelo, José Villacastín, con quien la viuda contrajo matrimonio, y junto a Francisca y Guicho –su tío materno-,  visitaron Nicaragua en 1923.

Darío llegó a España a fines de 1898 enviado por el diario La Nación de Buenos Aires para redactar unas crónicas a raíz de la derrota de España en la guerra contra Estados Unidos; en los meses siguientes, mientras caminaba por los campos del Palacio Real en Madrid, tuvo el afortunado encuentro con la hija del jornalero que cuidaba los jardines reales. Catorce años después, unos meses antes de su regreso sin retorno a América,  escribió en París: “Ajena de dolo y al sentir artero / llena de la ilusión que da la fe, / lazarillo de Dios en mi sendero, / Francisca Sánchez, acompañamé…” (Feb. 1914). Ella fue “su más fiel admiradora incluso sin entender toda la dimensión de su grandeza, su íntima colaboradora, y amante cómplice”. Él le dijo: “En este mundo sólo hay una cosa más perseguida que la inteligencia: la bondad y la belleza. Ten mucho cuidado de los cuervos que ven el pecado en ti por eso, hijita mía…”

El relato novelado del encuentro y la relación entre estos dos personajes diferentes, él un poeta,  autodidacta, generoso, bohemio, inquieto y viajero, “un joven envejecido por los sueños”, marido controlador y descuidado, y ella sencilla, analfabeta, campesina, honesta, tímida y sumisa, se basa principalmente en la correspondencia y memorias de la abuela reunidos por la escritora y académica española Carmen Conde en el libro: Acompañando a Francisca Sánchez (Resumen de una vida junto a Rubén Darío), publicado en Castilla, 1957 y Nicaragua, 1964. Paca guardó siempre en un enorme baúl azul todos los recuerdos, poemas, textos, cartas y libros de los vestigios vividos junto a Darío; muchos años después lo donó a la Biblioteca Histórica de la Universidad Complutense de Madrid.

El relato tiene sesgos de los autores, es la vista parcial desde un lado de la verdad, entre la multitud de afectos femeninos, circunstanciales y duraderos en los que se embarcó el poeta, para favorecer, por obvia afinidad, la imagen de Francisca, generosa y tolerante con Darío quien, en reiteradas ocasiones, le ha de haber provocado enojos y decepciones, por su terquedad y fragilidad masculina irredenta. Diríamos: “le costaba asentar cabeza”; ella tuvo que aprender a esperar y comprenderlo en el “peligroso círculo vicioso de alcohol y culpa”, tuvo que ceder. Presenta con frecuencia la historia como una relación idílica, en medio de limitaciones económicas y los constantes viajes de Darío, omite –o minimiza- las realidades de sus complejas circunstancias: “Ella era dichosa con ese hombre torturado y fascinante venido del otro lado del mar…”; agrega: “supo enseguida que Rubén no era convencional en ninguno de los aspectos de su vida, mucho menos en los más íntimos o cotidianos”, “Descubrió que el niño que era, y que le hacía ser un extraordinario amante y un compañero con el que no aburrirse nunca, pervivía a causa de las carencias de la niñez…”  

Descalifica principalmente como ha sido común e injusto, a Rosario Murillo –“su pérfida esposa legal y su maldita familia”-, la pasión del inicio y la acompañante del final, con quien estuvo unida desde 1893 por el vínculo formal “indisoluble”, mujer con su realidad de esposa abandonada, que busca al marido, a quien quiere y admira, de quien requiere soporte económico y estabilidad.  Comentan: “la Garza Morena jugaba desde niña no sólo con los hombres, sino también con el lado más oscura de la santería y la Macumba. Le gustaba el espiritismo, y todo lo que tuviera que ver con sortilegios, invocaciones y amarres.” Escriben: “Si Rosario era hechicera, seductora y caprichosa, su hermano, Andrés Murillo, era ambicioso y no tenía escrúpulos”. Francisca es la amante que amó y acompañó al amado en sus inseguridades y certezas, pero no perdió la categoría que las condiciones le depararon y ella aceptó asumir. Se quedó sufriendo por la salida de Darío de Barcelona (1914), condenó y descalificó, -comprensible gesto humano-, a quienes se lo llevaron: “Un tal Alejandro Bermúdez, al que Darío conociera en París, se presentó buscando al maestro y él lo metió en su casa, lo nombró su secretario y le dio la comida y el techo que, con tanto esfuerzo, conseguían él y los suyos… se dejó engatusar por aquel elemento que, desde que llegó a su casa, lo suplantó firmando artículos con su nombre… pretendía aprovecharse de la débil salud y el alcoholismo de Rubén con falsas promesas…”

El texto tiene trazos ingenuos, es lineal y anecdótico, retoma lo que se sabe y se ha publicado en diversas versiones, tiene la virtud de revivir en la memoria española a Darío, se construye con sencillez coloquial para un público amplio que ignora los entretelones de esa relación afectiva y quizás olvida la magnitud del iniciador del Modernismo en la lengua castellana; atrae a quienes buscan relatos contados de manera amena como lo hacen las telenovelas, en una secuencia de imágenes que despierta inquietudes y mueve emociones.

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Estimados lectores, a partir de la fecha, dos veces al mes, compartiremos con ustedes a través de este espacio, breves artículos sobre literatura, para invitarlos a leer, disfrutar y »

Acerca del Autor

El autor es escritor, académico y consultor nicaragüense, especialista en seguridad ciudadana y policía. Economista, master en Administración y Dirección de Empresas »

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