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'Es un aviso del Señor'

Un día después del diluvio del 2 de junio, un taxista me lo explicó convencido: “Señora, todo lo que pasa lo dice la Biblia, ya fue escrito".

María López Vigil | 13/6/2015

El diluvio del 2 de junio ocasionó grandes calamidades en Managua y otros puntos del país a muchísima gente, que vio anegadas sus casas o que las vio al borde del abismo de un cauce que la lluvia erosionó. Siguieron los diluvios provocando iguales o peores tragedias… porque “llover sobre mojado” es más grave. Ahora, cada nuevo aguacero nos pone a temblar pensando qué nuevos desastres traerá.    

¿De quién es la responsabilidad? De la falta de un ordenamiento territorial que frene el caos de la capital, tarea que no ha querido asumir en serio ningún gobierno. Cierto.

De la falta de previsión y de inversión de esta Alcaldía, que siembra árboles de lata y al parecer no hizo buenos desagües en el Malecón... Cierto.

De la gente, que bota cualquier cantidad de basura en cualquier tragante y eso los taquea e impide que los torrentes de agua encuentren salida. Cierto.

De lo mucho que hemos deforestado la cuenca sur de la capital y la lluvia no se infiltra y corre a inundar las partes bajas. De las irresponsables y defectuosas construcciones de residenciales en esa zona de Managua, que contribuyen al desastre. Cierto, ciertísimo.

Pero he encontrado a bastante gente que encuentra a otro “responsable”: Dios.

Un día después del diluvio del 2 de junio, un taxista me lo explicó convencido: “Señora, todo lo que pasa lo dice la Biblia, ya fue escrito, el Señor sólo nos está avisando”. ¿Y qué nos querrá avisar?, le pregunté. “Que hay tendaladas de pecado en este país: mucho bolo, mujeres zánganas, los hijos ya no respetan… El Señor castiga”. No se refirió a pecados mucho más graves, como la privatización que ha hecho la familia presidencial de los miles de millones del ALBA, un pecado mortal de codicia… El taxista sentenció con la misma convicción: “Pero esto se acaba ya”. ¿Qué se acaba?, le dije. “El mundo. El Señor ya viene, estos desastres anuncian el fin del mundo”. 

Él no es el único que piensa así. Son ideas extendidas entre muchos nicaragüenses (¿No las han escuchado alguna vez, muchas veces?). Y deberían preocuparnos porque tienen consecuencias sociales y también políticas. Promueven pasividad, resignación, nos quitan responsabilidades, se las quitan a quienes las tienen, nos mantienen en miedo y “mirando al cielo”, en vez de mirar a nuestro alrededor para exigir a los gobernantes lo que les toca hacer y ver qué nos toca hacer a cada quien.

La “segunda venida” de Jesucristo está asociada en la imaginación popular y en la predicación de pastores y clérigos a catástrofes y cataclismos, en base a una interpretación literal de los textos apocalípticos o escatológicos de la Biblia, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. 

Esos textos existen, fueron escritos, no hay duda de ello. En los evangelios de Mateo, Marcos y Lucas aparecen discursos de Jesús sobre la catástrofe que se avecina sobre el mundo. Han sido leídos tradicionalmente como un anuncio detallado de todo lo que sucederá “el último día”. Se olvida que los seguidores de Jesús, los que escribieron estos textos, atribuyéndoselos a Jesús setenta o más años después de verlo morir en la cruz, vivieron en un tiempo convulso y, hijos de aquel tiempo, desearon, más que anunciaron, un cambio total de lo que veían. Y confiaron en que Dios metería su mano para cambiar las cosas.

Escribieron en un género literario que consolaba a sus contemporáneos. Decían, en otro contexto, para otros oídos y con otra formulación más impactante, aquello de que “no hay mal que dure cien años”.  

Leídos esos textos, sin contexto, leídos literalmente, se han usado y se siguen usando para sembrar el miedo en personas ingenuas o se difunden para hacer interpretaciones anticientíficas del origen de los desastres ecológicos que actualmente ocurren en el mundo.

Los desastres “naturales” –ante los que muchos reaccionan con impotencia, como nuestros antepasados reaccionaban ante epidemias como la peste– debemos entenderlos, para superarlos, como desastres “sociales”. Casi todos lo son.  

Asumiendo ese enfoque, una importante corriente de científicos ha elaborado una ecuación: R = A x V, que significa Riesgo = Amenazas por Vulnerabilidades. El riesgo que representa un desastre es el resultado de las amenazas que existen multiplicadas por las vulnerabilidades con que nos halla ese desastre.  

La gente es vulnerable y se hace más vulnerable, por múltiples razones: económicas, sociales, técnicas, culturales, educativas, institucionales… Los científicos que promueven esa ecuación han identificado y señalado la importancia de otra vulnerabilidad: la resignación ante el desastre, una resignación con raíces religiosas.  

El pensamiento resignado y la acción omitida por resignación, que ve en el terremoto, el huracán, la sequía o la inundación “una prueba de Dios”, “un castigo de Dios”, “una señal de Dios”, “un aviso del Señor”, nos hace muy vulnerables.

La conciencia ambiental encuentra en la religión aprendida tradicionalmente un escollo, un serio obstáculo. Porque rayos, tornados, sequías, lluvias, tormentas, terremotos…, todo lo que viene de arriba, del “cielo” y lo que viene de abajo, del inframundo “diabólico”, se atribuyen a fuerzas sobrenaturales, a Dios o al Diablo. Eso asusta y paraliza.

Actualmente se están realizando en nuestro país talleres y capacitaciones, charlas y conferencias, sobre el cambio climático y sus efectos. Ya sabemos que el cambio climático se relaciona sobre todo con desastres relacionados con el agua: o escasez (sequías) o exceso (inundaciones).

En esos encuentros, ¿no sería necesario referirse directamente a esas ideas religiosas erradas para revisarlas? ¿No es urgente tomarlas en cuenta cuando estamos enseñándole a la gente como enfrentar el cambio climático? ¿Será lo mejor callar y “respetar” esas creencias  o cuestionarlas, contrastándolas con otra visión religiosa, más responsable?

Es responsabilidad de todos, no solamente de las jerarquías religiosas, debatir esas creencias. Son una amenaza, aumentan los riesgos, nos hacen más vulnerables ante los desastres. 

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