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Monseñor Romero: 'Cambié… y volví de regreso'

Una paradoja histórica: sin ser Monseñor Romero propiamente un teólogo de la liberación es hoy el representante más universal, más conocido y más emblemático de la Teología de la Liberación

María López Vigil | 8/5/2015

En el tercer tomo de “Memoria del fuego” Eduardo Galeano recordó así a  Monseñor Romero:

Hasta hace un par de años, sólo se entendía con Dios. Ahora habla con todosy por todos. Cada hijo del pueblo atormentado por los poderosos es el hijo de Dioscrucificado; y en el pueblo Dios resucita después de cada crimen que los poderosos cometen. Monseñor Romero, arzobispo de El Salvador, abremundo, rompemundo,nada tiene que ver ahora con aquel titubeante pastor de almas que los poderososaplaudían. Ahora el pueblo interrumpe con ovaciones sus homilías que acusan alterrorismo de Estado.Ayer, domingo, el arzobispo exhortó a los policías y a los soldados adesobedecer la orden de matar a sus hermanos campesinos. En nombre de Cristo,Romero dijo al pueblo salvadoreño: Levántate y anda.Hoy, lunes, el asesino llega a la iglesia escoltado por dos patrulleros policiales.Entra y espera, escondido detrás de una columna. Romero está celebrando misa.

Cuando abre los brazos y ofrece el pan y el vino, cuerpo y sangre del pueblo, el asesino aprieta el gatillo.

Como en tantas de sus hermosas y encendidas “memorias” Galeano acertó en lo esencial. Y lo esencial para entender por qué Monseñor Romero se ha convertido en el salvadoreño más universal, representante de miles y miles, es su cambio. Lo esencial es que cambió, que se dejó cambiar por la realidad.

Son pocos los seres humanos que se quitan ellos mismos el suelo de debajo de los pies cuando ya son viejos. Cambiar seguridades por peligros, cambiar certezas amasadas con los años por nuevas incertidumbres, es aventura para gente más joven. Los viejos no cambian. Es ley de la vida. Y es ley de la historia que en la medida en que una autoridad tiene más poder, más se aleja de la realidad y más insensible se le vuelve el corazón. La altura emborracha y aísla. En Monseñor Romero se quebraron esas dos leyes. Se “convirtió” a los 60 años. Y fue al ascender al más alto de los cargos de la iglesia de su país cuando se acercó de verdad a la gente y a la realidad. En la máxima altura y cuando los años le pedían reposo se decidió a entender que no existe más ascensión que hacia la tierra. Y hacia ella caminó. En esa hora undécima eligió despojarse de la ideología y abrirse a la compasión hasta poner en juego su vida. Y la perdió. Ese cambio lo transformó en lo que fue, en lo que hoy sigue siendo.  

Cuando se cumplían 25 años del asesinato de Monseñor Romero tuve la oportunidad de participar en Milán en un evento que celebraba su vida. Para entonces el proceso de beatificación estaba bloqueado en el Vaticano. Un movimiento católico nacido en Roma y hoy presente en muchos países, también en Nicaragua, la Comunidad de San Egidio,trabajaba por desbloquearla. La estrategia para lograrlo incluía un libro. Un historiador italiano, Roberto Morozzodella Roca, había escrito la vida de Monseñor, un texto que pretendía, y creo que aún pretende, ser algo así como su “biografía definitiva”. Una insistencia de ese libro es negar que Monseñor Romero cambió, con el objetivo no confesado de distanciarlo y separarlo de la Teología de la Liberación. En su libro, Morozzo descalifica mi “biografía”, la ningunea porque “Piezas para un retrato”, el libro que escribí,busca lo contrario: mostrar cuánto él cambió, hacia dónde cambió, desde dónde cambió, qué realidades lo cambiaron...

En los años 60, 70, aún en los 80, la Teología de la Liberación cambió a muchos en América Latina. Cambiaron sacerdotes, religiosos religiosas, congregaciones religiosas enteras, comunidades de base, campesinos, campesinas, gente de toda clase y condición, mujeres y hombres de toda edad. Los compromisos que proponía constituyeron el cambio de mentalidad más profundo que ha vivido en su historia la Iglesia latinoamericana. Por ese cambio, que tuvo tantísimas dimensiones, fueron asesinados y dieron su vida miles y miles y miles, una montaña de mártires.

Monseñor Romero cambió en esa singular, gloriosa y dolorosaetapa de la Iglesia latinoamericana. A él, como a miles, la Teología de la Liberación -no los libros ni las teorías, sino la pasión por la justicia en una sociedad tan injusta- lo cambió. Pero lo cambió muy tarde, en la hora undécima y cuando ya había mucha gente cambiada en El Salvador. Él no es raíz. Es fruto, incluso un fruto tardío, pero precioso.

Sí, tiene gracia esta paradoja histórica: sin ser Monseñor Romero propiamente un teólogo de la liberación -porque realmente, no lo fue nunca-, habiendo sospechado tanto de los teólogos de la liberación y de esa teología, incluso ya después de haber cambiado, es hoy el representante más universal, más conocido y más emblemático de la Teología de la Liberación.

Reflejar el cambio de Monseñor fue el hilo de plata con el que engarcé las “piezas de su retrato”. Muchas encontré. Quiero recordar especialmente una, la que me regaló el jesuita guatemalteco César Jerez, que fue rector de la UCA y con el que Monseñor sintió una cercanía especial. Me contó cómo Monseñor Romero mismo le “explicó” su cambio. Estaban los dos en Roma.Ésta es la historia:

“Caminábamos por la Via dellaConciliazione. Al fondo, la cúpula del Vaticano. Ya era muy noche. Yo sentí que aquel hielito, lo oscuro, el silencio, favorecían las confidencias. Me atreví a hacerlo hablar.

Monseñor, usted ha cambiado, eso se nota en todo... ¿Qué pasó?¿Por qué cambió usted, Monseñor?

Vea, padre Jerez, yo también me hago esa misma pregunta en la oración…

Se paró y se quedó callado.

¿Y halla alguna respuesta, Monseñor?

Alguna, sí. Es que uno tiene raíces... Yo nací en una familia muy pobre. Yo he aguantado hambre, sé lo que es trabajar desde cipote. Cuando me voy al seminario y le entro a mis estudios y me mandan a terminarlos aquí a Roma, paso años y años metido entre libros y me voy olvidando de mis orígenes. Me fui haciendo otro mundo. Después, regreso a El Salvador y me dan la responsabilidad de secretario del obispo de San Miguel. Veintitrés años de párroco allá, también muy sumido entre papeles. Y cuando ya me traen a San Salvador de obispo auxiliar, ¡caigo en manos del Opus Dei! y ahí quedo... Me mandan después a Santiago de María y allí sí me vuelvo a topar con la miseria. Con aquellos niños que se morían nomás por el agua que bebían, con aquellos campesinos malmatados en las cortas de café. Ya sabe, padre, carbón que ha sido brasa con nada que sople prende. Y no fue poco lo que nos pasó al llegar al arzobispado, lo del padre Grande. Usted sabe que mucho lo apreciaba yo. Cuando yo lo miré a Rutilio muerto pensé: Si lo mataron por hacer lo que hacía, me toca a mí andar por su mismo camino. Cambié, sí, pero también es que volví de regreso”.

Y eso fue lo que hizo la Teología de la Liberación: traer de regreso a muchísima gente. Traerla “de regreso” a la opción por los pobres, al trabajo por la justicia, a la esencia del proyecto de Jesús: un mundo en el que a nadie le sobre para que a nadie le falte. Un mundo sin extrema pobreza, donde tanto falta. Y sin extrema riqueza, donde tanto sobra.

 

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