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Cuba y EE.UU de cara a la VII Cumbre de las Américas

América Latina necesita renegociar los términos de su relación con EE.UU en términos más equilibrados y abiertos a otras regiones del mundo. La sabiduría esta en lograrlo con responsabilidad, no en crear crisis ni shows polarizadores

Arturo López Levy | 8/4/2015

La próxima cumbre de las Américas- la última del presidente Barack Obama y la primera para un presidente cubano – es una oportunidad para mejorar las relaciones entre Estados Unidos y América Latina sobre nuevas bases. En Panamá participaran los 35 países del hemisferio poniendo punto final a más de cinco décadas en las que Cuba fue excluida del sistema inter-americano. Tanto el liderazgo estadounidense como la mayoría de los gobiernos de América Latina han expresado interés en sistematizar la colaboración en áreas como desarrollo intrarregional, defensa de la democracia, aumento del comercio, y enfrentamiento al crimen internacional.

La VII Cumbre ocurre en una cresta de autonomía económica y política de América Latina con respecto a EE.UU. Hay toda una arquitectura institucional de multilateralismo latinoamericano que compite con la OEA pero no la suplanta. El discurso del Secretario Kerry en la OEA en 2013 es un importante precedente a la cumbre porque propuso una relación de iguales. En la narrativa latinoamericanista de José Martí, los problemas de EE.UU con América Latina ocurren porque la suposición de superioridad lleva a Washington a no conocer ni escuchar a sus vecinos. Cuba y América Latina tienen ahora la posibilidad de aprovechar la disposición estadounidense para un nuevo multilateralismo regional.

A pesar de su ausencia de las anteriores cumbres, Cuba ha sido siempre un tema álgido allí. En Panamá, por primera vez, la Isla está interesada en una Cumbre exitosa. Cuba debería pasar de la denuncia al anuncio. Está en el interés nacional cubano regularizar una relación triangular de cooperación con EE.UU y el resto de América Latina en salud, educación, y cooperación en el enfrentamiento al crimen, el terrorismo, los desastres ambientales y el narcotráfico. La Habana debería descomponer en un menú lo que ha sido hasta ahora un rechazo en paquete al sistema interamericano. Fuera de una obsesión ideológica, no se explica por qué Cuba rechaza incorporarse al Comité Interamericano contra el Terrorismo, el instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura, o la Comisión interamericana de control del abuso de drogas.

Un dialogo maduro entre Cuba y EE.UU. que enfatice los intereses y valores comunes puede anunciar nuevos amaneceres en el hemisferio. Es increíble que a estas santas horas todavía Estados Unidos no ha sacado a Cuba de la lista del Departamento de Estado de países terroristas, como corresponde a sus propios intereses. Hoy, la principal conexión de Cuba con el tema terrorismo, es la mediación de la Habana en el conflicto colombiano entre el gobierno y las FARC, aplaudida por toda la región. Si Obama llega a la cumbre de Panamá, sin haber concretado la rectificación del desvarío de tener a Cuba en la lista, se perdería un momento simbólico importante. EE.UU. puede discutir las diferencias sobre derechos humanos y otros temas desde estándares regionales de soberanía, y derechos humanos que está dispuesto a exigir y respetar, no desde acusaciones infundadas.

La Cumbre es también una oportunidad para que Raúl Castro reitere que la isla está abierta a los negocios, comprometida con el objetivo central de un desarrollo amigable al resto de la región y abierta a la inversión extranjera, incluida la de EE.UU. Cuba debe distinguir las diferencias de paradigmas con el resto del continente en derechos humanos de aquellas desviaciones de los estándares internacionales argumentadas desde condiciones de emergencia. Si ciertas restricciones a las libertades eran respuesta al acoso norteamericano, si desaparece esa política, los derechos conculcados deben restaurarse a plenitud.

Cuba puede mostrar un enfoque mesurado que asuma las responsabilidades latinoamericanas, evitando la descalificación radical de EE.UU como instrumento de polarización, como están haciendo otros líderes de ALBA.

El mal tratamiento de la crisis en Venezuela por EE.UU y ALBA, en la cumbre de Caracas, ilustra la necesidad de un nuevo lenguaje que se ajuste a las realidades del hemisferio. Ni los problemas de gobernabilidad democrática en Venezuela justifican la descabellada calificación por Washington a Caracas como una amenaza, ni el grupo de sanciones norteamericanas a siete funcionarios venezolanos ameritan las comparaciones con el embargo/bloqueo de EE.UU contra Cuba de los líderes del ALBA.

La crisis migratoria en la relación de América Latina con EE.UU es un tema muy dramático como para tergiversarlo- a la manera del presidente Maduro- con ataques personales. (El presidente venezolano acusó al presidente Obama de “arrancarle” siete mil niños a los padres latinoamericanos para deportarlos. La situación es al revés, los padres desesperados en la pobreza y la violencia latinoamericana están mandando niños a los EE.UU con la esperanza de que se acojan a una amnistía).

La oportunidad de darle un sello panamericano multilateral a la promesa de Obama de normalizar las relaciones con Cuba no debe desperdiciarse de cara a las incertidumbres de las elecciones estadounidenses de 2016. Cuba puede mostrar un enfoque mesurado que asuma las responsabilidades latinoamericanas, evitando la descalificación radical de EE.UU como instrumento de polarización, como están haciendo otros líderes de ALBA. Una cosa es respaldar el interés venezolano en llevar a la agenda de la cumbre la decisión estadounidense de calificar a Caracas como ”amenaza” y otra es secundar a Maduro para descarrilar un conclave que Cuba debe capitalizar para beneficio de su reforma y apertura. La mayoría de los países del hemisferio condenan el bloqueo estadounidense a Cuba y rechazan las sanciones unilaterales estadounidenses pero consideran que los problemas de Venezuela tienen que ver más con la ineficiencia de su propio gobierno que con presiones externas.

En el tema Venezuela, Cuba y EE.UU tienen importantes diferencias pero también intereses comunes, que se extienden al resto del hemisferio. El más importante de todos es evitar la inestabilidad política, de modo tal que el conflicto no se desborde, complicando la situación regional y global energética. La política hemisférica apropiada ante la polarización política es respaldar los esfuerzos de los sectores moderados en el gobierno y la oposición para encontrar soluciones dentro del dialogo y la constitucionalidad. Ante la coyuntura crítica de las elecciones parlamentarias de fin de año, el curso más apropiado es garantizar elecciones libres y justas. Se necesita una observación internacional robusta al proceso electoral integral (no solo el día de los comicios), que incluya a UNASUR pero también a la OEA, el Centro Carter y la Unión Europea.

América Latina necesita renegociar los términos de su relación con EE.UU en términos más equilibrados y abiertos a otras regiones del mundo. La sabiduría esta en lograrlo con responsabilidad, no en crear crisis ni shows polarizadores. Cuba y EE.UU que están de vuelta de cinco décadas de conflicto pueden ayudar al continente a transitar a un nuevo multilateralismo. El encuentro de los presidentes Obama y Castro en Panamá ofrece el momento propicio, no solo para gestos simbólicos de acercamiento entre Washington y la Habana, también para diálogos cara a cara entre los presidentes, y sobre todo los cancilleres y expertos. La conversación telefónica que los dos mandatarios sostuvieron antes del anuncio del 17 de Diciembre de 2014 demuestra que un dialogo civilizado al más alto nivel es posible.

Publicado en Infolatam

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