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El decoro de la conciencia política

La represión a los soldados - en este caso, el encarcelamiento y juicio del doctor Montiel - no es para salvaguardar la imparcialidad de la institución militar. Sino, al contrario, porque se desconfía si los militares piensan con independencia. Se teme que otros militares opten por repudiar la función partidaria sumisa que ha adoptado el Estado Mayor del ejército

Fernando Bárcenas | 8/3/2015

Una característica inevitable del absolutismo es la excentricidad. A pesar de lo sanguinaria y perversa que pueda resultar, al final, la sustracción de derechos a los ciudadanos, hasta reprimir con crueldad la condición humana de las personas, consideradas por los caudillos de marras como chusma obsecuente, el capricho extremo siempre resulta ridículo.

En ese camino extravagante, el idioma, bajo la distorsión patológica del poder discrecional sin límites, adquiere significados enfermizos, producto de una ideología endeble, improvisada, con retazos de conceptos absurdos y contradictorios, como un pájaro deforme que no consigue volar, con alas demasiado pequeñas y cuerpo gordo.

Orwell, en medio de lo grotesco de una dictadura totalitaria, captó aspectos sutiles, casi leyes intrínsecas de un régimen singular, en el cual, el comportamiento subsiguiente no puede ser predicho más que por bizarría esotérica: echando cartas a los astros.

Vivimos la época del doblepensar, que describe premonitoriamente Orwell. La neolengua del orteguismo domina el pensamiento de los miembros del partido. Para evitar que la población piense, han trastocado el significado de las palabras. Es tan difícil de conseguir –escribe Orwell- la habilidad de emplear la lógica en un determinado momento y en el siguiente desconocer los más burdos errores lógicos. Se precisa tanto la estupidez como la inteligencia. Emplear la lógica contra la lógica, creer que la democracia es imposible y que el Partido es el guardián de la democracia. Y que el partido es invencible, y que siempre existirá. El doblepensar, en nuestro caso, sostiene:

  • EL PUEBLO ES EL CANDIDATO
  • EL PUEBLO-PRESIDENTE, EL PUEBLO-ALCALDE, EL PUEBLO-LEGISLADOR
  • GOBIERNO DE RECONCILIACIÓN Y UNIDAD NACIONAL
  • DANIEL PERSONIFICA LA JUSTICIA SOCIAL DE [email protected] [email protected] NICARAGÜENSES.
  • NO ES UNA CAMPAÑA ELABORADA O PENSADA DESDE ARRIBA.
  • EL PARTIDO EN LAS COMARCAS, EN LAS CUADRAS, EN LAS MANZANAS, EN LOS BARRIOS, VA A SER EL RESPONSABLE DE LAS TRANSFORMACIONES.
  • EL PROTAGONISTA ES EL PUEBLO DE NICARAGUA Y, EN PRIMER NIVEL, EL PUEBLO DEL PARTIDO.
  • CAMINANDO SENDAS DE AMOR, PAZ Y VIDA CON DANIEL
  • POR EL AMOR QUE EL PARTIDO QUIERE BRINDAR AL PUEBLO

Así, veamos un ejemplo del absurdo-lógico. El teniente primero, médico del ejército, Yáder Nicolás Montiel Meza, ha sido acusado por el ejército del delito contra el decoro.

El doctor Montiel, en su período de vacaciones asistió - no obstante su derecho al descanso- a dar sus servicios médicos en un centro de salud en El Tule, el pasado 24 de diciembre, el propio día de navidad.

En la comarca de El Tule habitan 800 familias campesinas, amenazadas con el desalojo de sus tierras por la supuesta ruta canalera.

Para 30 mil campesinos de Nicaragua, la ruta de la expropiación canalera significaría, más bien, la emigración. Caería sobre ellos la desolación de abandonar la tierra de sus ancestros, a cambio de un valor catastral doscientas veces inferior al valor de mercado de esas tierras, asentadas en sitios ecológica y ambientalmente invaluables. Si Nicaragua cayese vencida por la ignominia, desde lejos, con ojos tristes, los campesinos verían levantarse, en sus tierras, proyectos de carácter turístico. No un canal. Aunque la neolengua llama canal interoceánico a la más grande expropiación de tierras.

Ese cambio de manos, sería un acto de magia negra del Gran Hermano. Producto de una contrarreforma agraria a favor de la mafia. La concesión canalera significa, en ocho palabras, sumir en la desgracia a la población autóctona.

En esta tarea miserable, antipatriótica, Ortega cuenta con la represión del ejército y de la policía, para “convencer” a los campesinos con buenas maneras militares. Ese sería el contenido social inmediato de la dictadura militar.

El 24 de diciembre, los campesinos de El Tule llevaban siete días con un tranque en el kilómetro 260 de la carretera Managua-San Carlos, para manifestar públicamente que no están dispuestos a ceder sus tierras. En la madrugada de ese día, la policía desplegó de sorpresa un ataque con fuerzas antimotines. Usó, contra mil campesinos desarmados, llenos de coraje nacionalista como nunca antes, gases lacrimógenos, balas de goma, bastones amansa locos. La policía logró capturar seis heridos; cincuenta heridos más escaparon, refugiados por los pobladores. Uno de ellos, de sesenta años, perdió un ojo por los golpes de bastón recibidos en la cara. Treinta y seis campesinos fueron llevados prisioneros a Managua, sometidos a golpes e interrogatorios en las cárceles de El Chipote, por un tiempo que excedía el término de ley. Ya que el término de ley no existe más.

El doctor Montiel, al ver desde el centro de salud la brutalidad del despliegue policial, habría comentado en voz alta, con cierta decepción: “Estamos nuevamente ante una Navidad Roja, como en los años ochenta”. Y se habría pasado la mano por la frente, como si pudiera borrar los recuerdos, ya que el pasado no existe más. En un santiamén el comentario hizo un recorrido infame, de “oreja” a “oreja”, desde la directora del centro de salud hasta la secretaría del partido, la cual vigila que el pensamiento de los soldados sea una cinta en blanco, ya que pensar, de acuerdo a la instrucción del Gran Hermano, es un crimen. Aunque no esté expresamente previsto como punible por la legislación penal militar vigente.

Extraño delito ese, contra el decoro, artículo 175 del Código Penal Militar, por el que se llevará a juicio el 10 de marzo al doctor Montiel. Uno espera que el delito contra el decoro militar esté asociado a una riña entre soldados, o a actos inapropiados y escandalosos, a violaciones del porte y aspecto, a algún irrespeto al uniforme o a las insignias de la institución o, por último, a un vocabulario poco digno, o sea, a imprecaciones salidas de tono.

En todos los código militares del mundo, a este orden de cosas es a lo que hace referencia el delito militar contra el decoro.

En el mundo real, a nadie se le ocurre impedir que un militar, como ciudadano, piense políticamente y exprese su opinión, máxime si es a favor del pueblo que viene vapuleado, y con extrema violencia. Lo que le estaría vedado, es seguir orientaciones partidarias en el ejercicio de su función militar. Exactamente, lo que hacen los mandos superiores del ejército, que ante tropa reunida deliberan como agentes del orteguismo bajo la bandera roja y negra, en abierta violación a la Constitución y a su propio Código Penal Militar.

La represión a los soldados - en este caso, el encarcelamiento y juicio del doctor Montiel - no es para salvaguardar la imparcialidad de la institución militar. Sino, al contrario, porque se desconfía si los militares piensan con independencia. Se teme que otros militares opten por repudiar la función partidaria sumisa que ha adoptado el Estado Mayor del ejército.

Lo que se trata de impedir, con este juicio absurdo, es la disensión con las posiciones políticas orteguistas del mando superior. Si el teniente primero hubiese gritado a pleno pulmón frente a la secretaría del partido: ¡VIVA EL PUEBLO-PRESIDENTE!, habría sido ascendido a capitán.

Cuando el Gran Hermano encarcela a la entera sociedad, las cuatro paredes de una celda se vuelven obsoletas. En esas circunstancias, la tarea es controlar la mente y degradar el espíritu. El prisionero se siente libre al pasar la vista por las calles cargadas de propaganda del partido. En la trampa ciudadana, no basta obedecer al Gran Hermano, se le debe amar.

Los soldados al pensar en el sinsentido del juicio al teniente primero, se miran unos a otros en silencio. En la mente de todos, resplandece al mismo tiempo una única idea:

EL GRAN HERMANO TE VIGILA

Es una contradicción ridícula que el estado mayor del ejército arreste y, por motivos de decoro, pretenda enjuiciar a los soldados solidarios con el pueblo. ¡Si el decoro es ser solidarios con el pueblo! El ejército trata este caso como si el teniente primero, Montiel, fuese un objetor de conciencia. Y… ¡vaya contradicción!, el doctor, hasta ahora, no es más que una persona con decoro político elemental.

El ejército, al enjuiciarlo, le da, por pura torpeza, el carácter de prisionero político. Tenemos, así, un prisionero político, bajo la ley militar, por la arbitrariedad más estúpida del mundo.

Una dictadura militar, por antipatriótica, no puede tener decoro. Para la sociedad, que aún no asimila la neolengua, el decoro es algo simple y fuerte:

Es la integridad moral de quien sirve al pueblo; la defensa de la nación; la independencia digna frente a los halagos y amenazas del poder. En una palabra, el decoro es la identidad, a muerte, con el pueblo trabajador.

Pero, esta identidad, en el lenguaje del Gran Hermano, vigilante de los crímenes del pensamiento, es un delito contra el decoro. Así, la libertad del doctor Montiel, se ha convertido en una bandera de lucha contra el ridículo absolutista.

Ingeniero eléctrico.

 

 

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