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Bibi va a Washington

El irreflexivo viaje de Bibi a Washington podría ser lo mejor para Israel. A ninguno de los dos países le interesa ser un instrumento del otro y una actitud más dura de los EE.UU. para con su aliado podría obligar a los israelíes a intentar llegar a un acuerdo con los palestinos

Ian Buruma | 7/3/2015

NUEVA YORK – ¿Por qué lo hizo? ¿Qué fue lo que impulsó al Primer Ministro de Israel, Benyamin “Bibi” Netanyahu, a aceptar una invitación de los republicanos del Congreso de los Estados Unidos para que acudiera y atacase la política del Presidente Barack Obama para con el Irán sin hacérselo saber a la Casa Blanca?

Netanyahu afirma que la suya era la “misión decisiva e incluso histórica” de expresar su preocupación por el destino de Israel y de todos los judíos, pero ya conocíamos sus preocupaciones... y que muchos judíos, de los EE.UU. y de otros países, no tienen la sensación de que hable por ellos.

¿Ansiaba Netanyahu el aplauso de sus partidarios republicanos? ¿Está jugando con la posibilidad de una presidencia republicana en 2016? De ser así, obtuvo el aplauso, pero, dadas las encuestas de opinión actuales, el segundo motivo sería muy arriesgado.

¿O estaba Netanyahu utilizando simplemente el Congreso de los EE.UU. como medio para su propia campaña con miras a conservar su puesto? ¿Quería impresionar a los votantes de su país con un papel estelar en un escenario mundial?

También eso sería arriesgado; muchos israelíes, por preocupados que estén por una bomba nuclear iraní, se han mostrado muy críticos con la provocación de Netanyahu a Obama y a muchos demócratas judíos. Dos ex directores del Mossad se unieron al coro de israelíes para sostener que no debería seguir siendo Primer Ministro. Meir Dagan, que dimitió como jefe de la inteligencia israelí en 2011, calificó el pavoneo de Bibi en Washington de “destructivo para el futuro y la seguridad de Israel”.

Sean cuales fueren sus motivos, Netanyahu ha logrado lo que ningún dirigente israelí había hecho: no sólo enfurecer al Presidente de los EE.UU. (que ya estaba muy enfadado con él), sino también granjearse la reprensión pública de quienes normalmente han apoyado a todo dirigente israelí, independientemente de lo que pensaran en privado. Si un Primer Ministro israelí no puede contar siquiera con el respaldo de un hombre como Abraham Foxman, el director nacional de la Liga Antidifamación, su situación es problemática.

Al forzar a los americanos –y no sólo a los judíos o a los demócratas– a elegir entre su lealtad a Israel y el Presidente de su propio país, Netanyahu ha abierto un gran agujero en el apoyo normalmente bipartidario de los americanos a Israel. Eso no quiere decir que los políticos de los EE.UU. hayan estado siempre de acuerdo con las políticas israelíes, pero pocos han pensado que valiera la pena expresar sus criticas en público. Los beneficios de hacerlo raras veces superan a los costos: pérdida de contribuciones a la campaña electoral, acusaciones de antisemitismo y de traicionar a un aliado muy leal (“la única democracia de Oriente Medio”) y demás.

El hecho de que Israel siempre pudiera contar con el respaldo de los EE.UU, en particular en ocasiones públicas como la que un dirigente israelí pronuncie un discurso en el Congreso, no hacía sino confirmar la suposición de muchos en todo el mundo de que Israel y los EE.UU. están unidos como gemelos siameses. Algunos creen que Israel es un instrumento de los EE.UU.; otros creen que es al revés. Con el espíritu de la tristemente célebre falsificación zarista del siglo XIX que fueron Los protocolos de los sabios de Sión, los antisemitas creen que “los judíos” controlan el gobierno de los EE.UU., Wall Street y sus medios de comunicación.

Desde luego, esas creencias existen desde mucho antes de la creación del moderno Estado de Israel. Los nacionalistas europeos de los siglos XIX y XX consideraron con frecuencia que los EE.UU. eran el hogar natural de los capitalistas y los “cosmopolitas desarraigados” sin la menor lealtad a su tierra natal. Se pensaba que sólo el dinero gobernaba en los Estados Unidos, es decir, que los judíos eran quienes  gobernaban.

Aunque fue Salín quien usó la expresión “cosmopolitas desarraigados” para calificar a los judíos no deseados, los antisemitas creían que los judíos eran bolcheviques por naturaleza y probablemente movieran los hilos también en la Unión Soviética. Se suponía de forma generalizada que los judíos, ya fueran capitalistas o comunistas, sólo tenían lealtad a su propio pueblo; después de 1948, eso llegó a significar cada vez más el Estado de Israel. Al afirmar que es el dirigente de todo el pueblo judío, dondequiera que viva, Netanyahu no ha hecho sino reforzar esa idea.

En realidad, los EE.UU. no siempre fueron tan pro Israel como en la actualidad. Los franceses fueron los mayores partidarios de Israel hasta que el Presidente De Gaulle dio la espalda al Estado judío después de la guerra de los seis días en 1967. El posterior patrocinio de Israel por parte de los Estados Unidos tuvo menos que ver con una pasión evangélica por la Tierra Santa o un amor espontáneo al pueblo judío que con la Guerra Fría, pero con el tiempo, sobre todo en la posición política conservadora, se llegaron a considerar las críticas a Israel no sólo antisemitas, sino también antiamericanas.

Hay algo de cierto en esa opinión. El antiguo mito antisemita de que los Estados Unidos están gobernados por los judíos no ha desaparecido del todo: en particular en Oriente Medio, si bien no sólo allí, pero la identificación casi automática en Washington de los intereses de los EE.UU. con los de Israel ha dificultado la crítica a uno de esos países sin hacerlo al otro.

Ahora, al socavar abiertamente al Presidente de los EE.UU.,  Netanyahu está poniendo fin a esa vinculación. Ha facilitado a los judíos americanos, incluso los que sienten una profunda devoción por Israel, una mayor posibilidad de mostrarse críticos para con sus dirigentes, lo que contribuirá también a que resulte menos costoso a los políticos americanos oponerse a las políticas israelíes con las que no estén de acuerdo.

Algunos podrían considerarlo una derrota para Israel. En realidad, lo cierto puede ser lo contrario. El irreflexivo viaje de Bibi a Washington podría ser lo mejor para Israel. A ninguno de los dos países le interesa ser un instrumento del otro y una actitud más dura de los EE.UU. para con su aliado podría obligar a los israelíes a intentar llegar a un acuerdo con los palestinos.

No es eso lo que se proponía Netanyahu, pero podría acabar siendo su mayor logro.

Ian Buruma es profesor de Democracia, Derechos Humanos y Periodismo en el Bard College y autor de Year Zero: A History of 1945 (“El año cero. Historia de 1945”).

Copyright: Project Syndicate, 2015.
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