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Tributo a mi hermano

Hoy, 30 años después, escribo estas líneas para que no se olvide el sacrificio de mi hermano. Sería injusto que su ofrenda de vida sea sepultada por el calendario o por la indiferencia

Roberto Fonseca L. | 5/2/2015

El cadáver de mi hermano llegó dentro de un ataúd rústico, de pino labrado, el 6 de febrero de 1985. Lo habían preparado en el Hospital de Apanás y venía vestido con un uniforme camuflado, nuevo. Recuerdo que esa mañana desperté cargando un mal presentimiento y una terrible sensación de angustia. Yo estaba en una finca de algodón, en la zona de Tisma, Masaya, al frente de un contingente de cortadores de Carazo, y recuerdo que de pronto me vi impulsado a preparar mi mochila.

No me equivoqué. Minutos después avisaron por el radiocomunicador que pasarían por mí. En un vehículo Niva, del zonal de Masaya, me trasladaron hasta la carretera donde abordé un bus hacia Managua. Llegué a la sede nacional de la Juventud Sandinista, donde trabajaba mi hermana mayor y vi dolor en los rostros de los compañeros que encontraba a mi paso. Subí al despacho de Carlos Carrión y vi llorando a mi hermana, María Ivette, y al verme corrió a abrazarme y me dijo lo que más temía: “Alvaro está muerto, lo mató la Contra”.

El último recuerdo que conservo de él corresponde a cuando lo llevé a la UCA, tres meses atrás, para reunirse con los otros cortadores de café del contingente del Recinto Universitario “Carlos Fonseca”, donde cursaba el último año de Economía. Recuerdo que vestía de uniforme militar y cargaba una enorme mochila en la espalda. Jamás se me pasó por la cabeza que nunca volvería a verlo con vida.

No se me raje mi compa…

Mi hermano y yo muy pocas veces nos separamos. Entramos juntos al kinder, en el colegio Calasanz de El Carmen, y muchos años después nos bachilleramos en el Colegio de los Padres Escolapios. Regresamos juntos a Nicaragua, días después del célebre 19 de julio, y nos incorporamos de inmediato a la revolución. Durante la Cruzada de Alfabetización permanecimos en Siuna y en Rosita, él, al mando de una columna de alfabetizadores. Posteriormente, se incorporó al trabajo en la UNEN y a las labores en Cooperación Externa.

Éramos muy distintos, incluso físicamente. Alvaro era un tipo atlético, ganador de muchísimas medallas en carreras de velocidad y en salto largo. Juntos parrandeamos, pusimos serenatas, bailamos y ya ebrios, admitíamos que pese a las diferencias de carácter y de personalidad, nos queríamos mucho y nos cuidábamos uno al otro.

En noviembre de 1984, en plena guerra contra los Contras, la revolución lanzó un llamado a salvar la cosecha cafetalera 1984-1985 y evitar así que el café, principal rubro de exportación, se perdiera en las fincas ubicadas en las zonas de guerra. Mi hermano, junto a sus compañeros del RUCFA, se ubicó en la finca Las Lajas, en Jinotega, zona que fungía como corredor de la guerrilla financiada por la administración Reagan.

Desde que llegó y hasta el final, Alvaro escribió un diario de campo en cuadernos pequeños, rayados o cuadriculados que provenían de los países socialistas, en los que con su letra menuda, un poco fea pero legible, describía la situación dura que enfrentaban bajo el acoso y la amenaza de un ataque militar contra esa propiedad cafetalera intervenida por el Estado.

Organizados en escuadras, pelotones y en columnas, jóvenes universitarios de ambos sexos salían por las madrugadas a cortar el café o a realizar labores de vigilancia. Mientras unos cortaban el rojito con un canasto amarrado a la cintura; otros resguardaban a sus compañeros, haciendo posta en los alrededores, apoyándose en un fusil AK-47 de manufactura coreana o soviética. Asumían con tanta entrega su labor, que incluso festejaba cuando una de las escuadras del pelotón mejoraba la productividad individual y colectiva, y recibían un merecido reconocimiento del mando estudiantil.

Era una batalla de mucho sacrificio, ya que además de la jornada laboral, bajo un intenso frío y bajo la lluvia, también le correspondía a militantes y dirigentes de la Juventud Sandinista 19 de Julio y del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), garantizar la vigilancia de la finca y del contingente. Apegados a un rol, cada uno de ellos debía hacer posta por varias horas, de forma periódica, para prevenir ser soprendidos por la Contra.

Además del diario de campo, mi hermano escribía cartas personales que llegaban hasta nosotros. En hojas de papel legal o en hojas de cuadernos papel no bond, mantuvo la comunicación. En esa correspondencia, que aún conserva mi mamá, describió cómo “celebraron” la Navidad y el Año Nuevo, la nostalgia que los embargaba a todos, pero también el sentimiento de solidaridad, de compañerismo y de no flaquear, que sostenía a cada uno de esos muchachos y muchachas. Rajarse no era una opción y así lo dejó patente en una carta que escribió. “En mi mente sólo persiste la palabra cumplir”, dijo y esa frase quedó plasmada en su lápida.

En esas cartas personales, mi hermano preguntaba siempre por su hijo, Alvaro Emilio, entonces de tres años, y era tan ordenado con sus gastos, que le orientaba a mi mamá cómo disponer del salario que devengaba en Cooperación Externa, para colaborar con los gastos del “Pelón”, como lo llamaba.

En misión partidaria

Poco antes de que concluyera la cosecha cafetalera en Las Lajas, mi hermano junto a otros compañeros sandinistas, recibió la orientación de hacer trabajo político en una zona donde la Contra tenía base social y, pese a no tener experiencia militar, salieron a cumplir con la misión encomedada, acompañados de un pelotón de muchachos del Servicio Militar, del BLI MAO.

Cuentan que tropas de la Contra, de la fuerza de tarea que comandaba “Mike Lima”, supo de la presencia de ellos en la zona que controlaban y se dispusieron a emboscarlos amparándose en su superioridad numérica. Mi hermano junto a los cachorros intentó refugiarse y parapetearse en el Cerro El Ventarrón, pero en la refriega, varios impactos lo alcanzaron y murió desangrado. Le faltaban 12 días para celebrar su cumpleaños número 23.

Hoy, 30 años después, escribo estas líneas para que no se olvide su sacrificio. Sería injusto que su ofrenda de vida sea sepultada por el calendario o por la indiferencia.

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