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Las imposturas de los políticos

Las caricaturas han sido creadas para mofarse y hacer escarnio de quienes actúan a contrapelo de sus discursos.

Guillermo Rothschuh Villanueva | 18/1/2015

En el mismo instante que buena parte del mundo seguía consternada a través de las pantallas de televisión la majestuosa marcha celebrada en París (domingo 11 de enero) para rendir tributo a los caricaturistas de Charlie Hebdo salvajemente asesinados por los abanderados de la intolerancia, por distintos canales empezó a circular  una fotografía tomada a líderes de diversos países supuestamente marchando junto a millares de manifestantes. No había pasado mucho tiempo cuando Le Monde demostró que no había tales que se trataba de una fotografía posada. El desmentido mostró en todo su esplendor la impostura de quienes se declaran comprometidos con la transparencia y militantes de la democracia.

La existencia de las redes sociales facilita que las truculencias y falsedades queden al desnudo. Era absolutamente innecesario que los líderes políticos de las denominadas democracias más desarrolladas incurrieran en este despropósito. Sobre todo partiendo que se trataba de una demostración de afecto y solidaridad a favor de un puñado de hombres que habían manifestado a través de los años, sus deseos de echar a tierra las engañifas, la doble moral, la dualidad, las insinceridades, la corrupción y el uso inmoral de diferentes recursos para conseguir determinados objetivos. El solo hecho de plantearse una toma fotográfica trucada entraba en flagrante contradicción con los principios comulgados por los caricaturistas.

 

Son las imposturas de los líderes políticos, económicos, militares y religiosos las que sirven de estímulo y acicate a los caricaturistas. Sus mejores realizaciones provienen de la cauda de desaguisados, contradicciones, ambivalencias, medias verdades, ocultamientos, abusos, excesos, mentiras y hartazgos. Las caricaturas han sido creadas para mofarse y hacer escarnio de quienes actúan a contrapelo de sus discursos. Esa enorme distancia entre lo que pregonan y lo que hacen encienden sus luces. La otra cara del poder queda expuesta a los ojos de las multitudes. Su crítica ácida deshace caretas y corre el velo de los insulsos para que sepamos cómo son en realidad. Enderezan con gracia lo que anda torcido.

Lo ocurrido en Francia no es un hecho reciente. Se trata de una serie de ardides puestos en marcha por propagandistas obscenos. Lo que evidencia es su falta de escrúpulos. ¿Cómo recurrir a una modalidad tan desprestigiada? ¿A qué obedeció este infantilismo? ¿Quiénes están detrás de esta burda maniobra? ¿Nunca se plantearon que se trataba de un engaño que podía quedar al descubierto? Si algo puede colegirse de este simulacro y apariencia de verdad es que los políticos continuarán con las suyas por los siglos de los siglos. Pareciera no estar dispuestos a renunciar a estas estratagemas. ¿Jamás pensaron que posar frente a las cámaras –de ser descubierto- se revertiría en su contra?

Desde que las personas se dieron cuenta que las pinturas y fotografías podían ser retocadas se les abrió el apetito. En la historia reciente quienes más han recurrido a esta manipulación han sido los políticos. Pese a los reveses recibidos pareciera que no son proclives a escarmentar. Una de las fotografías más difundidas de Abraham Lincoln consistía nada más en la superposición de su cabeza sobre el cuerpo de John Calhoun. ¿Quién diría que los atrabiliarios al servicio de Adolfo Hitler eliminarían de su lado a Joseph Goebbels? El fundador de la propaganda moderna fue víctima de sus propios ardides. Pese haber sido exhibidos en abierta violación a principios éticos todo indica que los políticos están lejos de rectificar.

La forma que procedió Stalin contra sus adversarios tiene un capítulo especial en la historia de estos desmanes. Tal vez la más famosa de sus aberraciones –no la única- fue la forma grotesca que desapareció de la famosa fotografía tomada el 5 de mayo de 1920 en la Plaza Swerdlow, frente al Teatro Bolshoi en Moscú, a León Trotski y Lev Kámenev del lado de Lenin, mientras este ofrecía un discurso ante el Ejército Rojo. La fotografía tomada por Goldstein ha sido siempre esgrimida para mostrar la falta de escrúpulos de Stalin y su intención explícita de borrar todo aquello que recordara y se opusiera a sus megalomanías dictatoriales. Su política de terror no conoció límites. Purgaba, mataba y borraba de las fotos a quienes disentían.

Más cercano en el tiempo en Israel el diario DerTzitung borró de una fotografía a  la Secretaria de Estado Hillary Clinton y el analista Andrew Thomason. Ambos aparecían junto al presidente Barack Obama después de la muerte de Osama Bin Laden. El actual Secretario de Estado John Kerry hizo circular durante la campaña presidencial de 2004 una fotografía donde aparecía al lado de Jean Fonda. Supuestamente participaban en un mitin durante la guerra de Viet Nam. En España al generalísimo Francisco Franco gustaban estas mudanzas. Son incontables las fotografías que retocó para dar un giro distinto a su actuación como militar y político. Estas verdades apabullantes no frenan a los políticos.

Debemos elogiar la actitud de Le Monde al haber tomado la foto y divulgado este horror. La posición del diario es congruente con una de las funciones más caras de los medios de comunicación: servir como fiscalizadores del poder y los poderosos. También tenemos que reconocer que la determinación de Le Monde ocurre en un contexto crítico y de pesadumbre para el pueblo francés. Aun así los medios no pueden renunciar a su función contralora. Ante las exigencias cotidianas que plantean a la clase política de ser transparente, si quieren ser consecuentes los medios deben ser los primeros en asumir estas posiciones. Estoy convencido que los caricaturistas acribillados a balazos reconocerían y honrarían la decisión de Le Monde.

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