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Soberanía, democracia, justicia social

De William Walker a Wang Jing

La amenaza que el proyecto canalero representa para la soberanía nacional no se reduce a Wang Jing. El empresario chino es solo el rostro accidental de un fenómeno más amplio: el del capital global

Andrés Pérez Baltodano | 14/1/2015

En mi entrega de la semana pasada yo señalaba que la doble condición de dependencia externa y de autonomía doméstica que caracteriza al Estado latinoamericano, adquiere ribetes especiales en el caso nicaragüense por el fenómeno de la intervención extranjera que, desde el período inmediato posterior a la independencia, dificultó la consolidación del principio de la soberanía en nuestro país. La extrema dependencia externa de nuestro Estado ha promovido la consolidación de una cultura política que empuja a nuestros gobiernos a buscar alianzas y apoyos externos para marginar o destruir a sus adversarios políticos internos.

A pesar del peso de esta tendencia cultural, nuestra historia nacional muestra que no han faltado los nicaragüenses que se han resistido a doblar su rodilla frente a las intervenciones extranjeras sufridas por nuestro país. José Dolores Estrada en el siglo XIX, y Augusto César Sandino en el siglo XX, son magníficas expresiones de la aspiración nacionalista de millones de nicaragüenses a lo largo de nuestra historia. Ellos son, sin lugar a dudas, ejemplos de entereza y dignidad que debemos tratar de imitar.

Esto no significa que la lucha por la defensa de la soberanía nacional en el siglo en que vivimos deba imitar las estrategias que orientaron las luchas de Estrada y Sandino. En esta entrega quiero empezar a discutir la especificidad de los retos que enfrenta la defensa de la soberanía de un país como el nuestro en el Siglo XXI. Para ello, propongo que hagamos un breve recorrido histórico que nos ayude a entender los especiales desafíos que enfrentamos hoy los nicaragüenses que aún creemos que “si la patria es pequeña uno grande la sueña”.

Siglo XIX: el imperialismo territorial de EEUU

La lucha  de los nicaragüenses contra William Walker fue una lucha contra lo que los historiadores estadounidenses llaman el “imperialismo territorial” de los Estados Unidos. Este tipo de imperialismo –dominante desde el nacimiento de los Estados Unidos en 1776 hasta la Guerra Civil de ese país en 1860-1865– se organizó dentro de una perspectiva espacial que impulsó a los estadounidenses a agrandar –por las buenas o por las malas– su base territorial. México, para poner un ejemplo dramático, perdió la mitad de su territorio como producto de la geofagia estadounidense.

La visión territorial del poder que dominaba la política exterior de los Estados Unidos explica el fenómeno del filibusterismo que en el siglo XIX se convirtió en la principal amenaza contra la soberanía nicaragüense. En este sentido, como señala William O. Scroggs, las aventuras filibusteras no eran accidentes aislados, sino “hechos históricos vitales, sintomáticos del espíritu americano de la época”.

La condición anárquica en que se encontraba sumida Nicaragua a mediados del siglo XIX, la auto-impuesta misión civilizadora de los Estados Unidos, y la creciente importancia de la ruta interoceánica en nuestro territorio nacional, hicieron prácticamente inevitable la aparición del filibusterismo en Nicaragua. Scroggs señala que si William Walker no hubiera intentado apoderarse de nuestro país, otros lo hubieran hecho.

Frente al imperialismo territorial estadounidense los nicaragüenses y el resto de centroamericanos que participaron en la Guerra Nacional utilizaron una estrategia organizada alrededor de un objetivo igualmente territorial: la expulsión física de los filibusteros. Y lo alcanzaron.

Siglo XX: Los marinos y la consolidación de un imperialismo legal

La Guerra Civil de los Estados Unidos frenó la ambición territorial de ese país e introdujo una nueva estrategia de dominación que algunos historiadores estadounidenses caracterizan como “el nuevo imperialismo”. Esta nueva estrategia imperial trascendía la visión meramente espacial del poder y promovía el desarrollo de un sistema de regulaciones legales internacionales para organizar el funcionamiento de los países que operaban dentro de la órbita de influencia de los Estados Unidos. Esta nueva estrategia respondía a los intereses dominantes de los sectores económicos que resultaron triunfadores en la Guerra Civil de los Estados Unidos. En esta guerra, el capital industrial del Norte de ese país desplazó a la aristocracia terrateniente del Sur. A partir de ese momento, el objetivo más importante para los capitalistas del Norte fue la formación de un orden internacional que facilitara el comercio, y que fuera congruente con la creciente complejidad e interpenetración de la economía mundial.

En este nuevo contexto, la fuerza militar que los Estados Unidos habían utilizado para la adquisición de nuevos territorios durante la mayor parte del siglo XIX, empezó a ser usada como un elemento de apoyo a la construcción de un sistema de derecho internacional congruente con los intereses del capital estadounidense. Así pues, las intervenciones militares estadounidenses que sufrió Nicaragua en la primera mitad del siglo XX no tenían como objetivo la anexión de nuestro territorio sino, más bien, la re-organización del Estado nicaragüense y su adaptación al sistema legal internacional promovido por Washington.

En estas circunstancias, Augusto César Sandino intuyó que la defensa de la soberanía nacional amenazada por el “nuevo imperialismo” implicaba no simplemente defender la soberanía territorial, sino también, la soberanía política de nuestro país. En otras palabras, Sandino buscaba expulsar físicamente a los soldados estadounidenses del territorio nacional como un paso necesario para la consolidación de un sistema democrático que garantizara la autodeterminación de los nicaragüenses.

Tal como lo señala Carlos Castro Jo en un lúcido artículo publicado hace unos años, “para Sandino la soberanía residía en el pueblo, y en un país ocupado, el pueblo no era soberano”. Agrega Castro Jo: “Como dijo [Sandino] en su Manifiesto al pueblo de Nicaragua sobre las elecciones, fechado el 6 de octubre de 1927, ‘el pueblo es soberano y debe respetársele su derecho de elegir a sus gobernantes; y por eso luchará sin descanso el Ejército Defensor de la Soberanía Nacional hasta hacer efectivo ese derecho, hoy pisoteado por los conquistadores’” (END, 15/04/2010).

Siglo XXI: Wang Jing y su aventura canalera  

La aspiración soberana en nuestro país continúa vigente. Sin embargo, para hacerla efectiva necesitamos definir la especificidad de los retos que esta aspiración enfrenta en el siglo en que vivimos. Estos retos son diferentes a los que enfrentaron José Dolores Estrada y Augusto César Sandino en los siglos XIX y XX.

El imperialismo sufrido por nuestro país en esos dos siglos tenía como ejes a dos Estados: los Estados Unidos y Nicaragua. En este sentido, el concepto imperialismo hace referencia a una relación internacional; es decir, a una relación cuyos ejes de poder son fundamentalmente nacionales.

En el siglo XXI que vivimos, la lucha por la soberanía nacional debe enfrentar no solamente la tendencia de los Estados Unidos a intervenir en nuestros asuntos internos, sino también el fenómeno de la globalización y, más concretamente, la consolidación de un mercado global que funciona como un sistema de regulación y control multipolar, abstracto y desterritorializado. Con la globalización, las estructuras políticas y económicas nacionales que integraban el viejo orden económico internacional, tienden a organizarse alrededor de ejes de poder de carácter transnacional.

Estos nuevos ejes de poder carecen de un referente definido, concreto y territorializado –un bunker como el de Somoza, o una Bastilla, o un Cuartel Moncada, o un Palacio de Invierno– hacia donde apuntar la energía transformadora de la acción política organizada.  Esto explica que las protestas contra la globalización que se iniciaron en 1999 en Seattle, o las protestas de Los Indignados en España y otros países, o las protestas Ocupa Wall Street contra el 1% más rico del mundo, sean poco efectivas. Ellas tienen un importante valor simbólico para el trabajo de los movimientos sociales, pero también muestran las limitaciones que encierran una práctica política en la que, como genialmente lo resume el antropólogo argentino Néstor García Canclini, “David no sabe donde se encuentra Goliat”.

La Revolución Sandinista y el Goliat de la globalización

La Revolución Sandinista asumió que Goliat vivía en Washington en un momento en que la fuerza de la globalización empezaba a transformar el orden internacional y la naturaleza del poder que lo sostiene. Puesto de otra forma: la Revolución Sandinista se manejó dentro de una visión internacionalista que asumía la existencia de un mundo organizado alrededor de ejes de poder nacional. Esta visión se encarnó en el himno sandinista que decía: “luchamos contra el yankee, enemigo de la humanidad”.

Más concretamente, la estrategia revolucionaria sandinista asumía la existencia y la permanencia de un sistema de relaciones internacionales –el de la Guerra Fría y sus bien definidos espacios de influencia y control. La llegada del FSLN al poder en 1979, sin embargo, tuvo lugar al mismo tiempo que el mundo transitaba hacia otro modelo de organización planetario. Mientras los nicaragüenses destrozábamos el país que nos vio nacer, la fuerza del capital global perforaba y en algunos casos hacía explotar los contenedores territoriales dentro de los que operaban los sistemas económicos alternativos a la lógica del capital que el sandinismo trataba de imitar. Este es el caso de la Unión Soviética y el de los países de la Europa oriental.

Cuba enfrentó las transformaciones generadas por la fuerza del capital global pagando un altísimo precio. Queda por verse cómo enfrentará el reto mayor que significa la posible normalización de sus relaciones con los Estados Unidos y su apertura al capital.

China, por su parte, optó por unirse al juego capitalista apostando a que podía hacerlo sin modificar sustancialmente su sistema político centralizado. La coincidencia cronológica de esta decisión no podría ser más dramática: El 1 de julio de 1979, la Segunda Sesión de la Quinta Asamblea Nacional Popular aprobó la Ley de Empresas Conjuntas que abrió las puertas del país a la inversión extranjera. En el 2001 China confirmó su participación en el juego capitalista con su entrada a la Organización Mundial de Comercio. El resto es la historia que hoy vivimos.

¿Podrá China mantener en forma permanente esta dualidad? Algunos de los mejores conocedores del sistema político y económico chino lo dudan y señalan que el futuro del desarrollo económico de ese país depende de su capacidad para transitar a un modelo político democrático. De esto hablaremos en otra ocasión. Por el momento señalemos algo que debemos tomar en cuenta para elaborar  una estrategia de largo plazo para la defensa de la soberanía nacional: la presencia económica de China alrededor del mundo es una manifestación de la globalización y, más concretamente, de un capitalismo globalizado que se impone sobre las ideologías políticas y los nacionalismos que dominaron la geopolítica mundial en el siglo pasado.

Desde esta perspectiva, la amenaza que el proyecto canalero representa para la soberanía nacional no se reduce a Wang Jing. Wang Jing es el rostro accidental de un fenómeno más amplio: el del capital global que hoy se mueve incesantemente en búsqueda de oportunidades económicas, y de mandatarios miopes, irresponsables y codiciosos como los nuestros.

Esto significa que la defensa de la soberanía nacional en el mundo globalizado de hoy, implica enfrentar el proyecto canalero, enfrentar la corrupción y los abusos del ortegamurillismo, y articular una estrategia que nos proteja de los miles de Wang Jing que operan en nuestro planeta. Esta estrategia debe recoger una de las lecciones más importantes que arroja la experiencia de la globalización en el siglo XXI: las sociedades que operan dentro del marco de un consenso social democrático e integrador, son las que hoy en día cuentan con las mejores defensas para filtrar, domesticar, y hasta aprovechar las fuerzas de la globalización. De esto hablaremos la próxima semana en: ¿Un país de Telémacos, o un país de Chanitos, o una Nicaragua digna, democrática, y soberana?

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