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Memorándum de año nuevo

Pasado el ruido de los atropellos toca hacer balance y no olvidar. Entre los propósitos de año nuevo debería estar el no acostumbrarnos a la condición de súbditos

Silvio Prado | 6/1/2015

"Podrán torturar mi cuerpo, romper mis huesos, e incluso matarme. Así obtendrían mi cadáver. No mi obediencia” Gandhi

La represión ordenada por Daniel Ortega contra las personas que protestaban en defensa de sus tierras el pasado 23 de diciembre, escaló los niveles de atropellos a los derechos ciudadanos a tales extremos que no puede ser unamuesca más en la pistola del régimen. 

La saña con que actuaron la policía y el ejército por razones claramente políticas y el descaro con que posteriormente violaron los derechos y garantías ciudadanas, son muestras irrefutables de que estamos frente a la evolución de un Estado represivo que de no frenársele a tiempo, los costos de hacerlo más tarde serán dolorosamente mayores.

Este comportamiento no ha sido errático ni ha ofrecido zanahorias a cambio del garrote. Al contrario, su ascenso ha obedecido a planes meticulosos para silenciar, inmovilizar, intimidar y aniquilar cualquier expresión de protesta ciudadana que generen sus políticas en los ámbitos más inimaginables de la vida pública y privada. Para ello el Estado tienecapacidades infinitas de reprimir, pero también ha contado con nuestra complicidad por defecto, con nuestraactitud inercial de acostumbrarnos a todo.

Nos hemos acostumbrado a vivir en condiciones de libertades restringidas, en el sentido de no estar protegidos de la voluntad arbitraria del poder que no se rige por las leyes o que las corrompe en su beneficio. Nos hemos ido acostumbrado a no gozar de la libertad política de participar en los asuntos públicos que gestiona el poder político, y a vivir sin la protección en el ámbito personal  que nos garantice la consecución de nuestros proyectos del tamaño o la naturaleza que sean. En otras palabras nos hemos ido acostumbrando a no ser iguales ante la Ley y a vivir a expensas del clientelismo.

Por eso entre los propósitos de año nuevo debería estar el no acostumbrarnos a la condición de súbditos. Ante el previsible recrudecimiento del autoritarismo del ortegato, deberíamos responder no acostumbrándonos a sus mentiras ni a sus medidas de facto, ni a sus consignas vacías ni a sus fraudes de hojalata.

Primero criminalizaron a la sociedad civil, con especial veneno a las ONG y las organizaciones autónomas, y muchos miramos hacia otro lado porque “no era con nosotros”; luego ocuparon las rotondas, organizaron bandas de matones a sueldo y monopolizaron los medios de difusión, pero como ni estábamos en las calles ni éramos periodistas, “no nos sentimos afectados”; más tarde asesinaron a campesinos por razones políticas, abusaron de mujeres en las cárceles de Nueva Guinea, masacraron y robaron a jóvenes y ancianos indefensos en complicidad con la policía, y como no éramos de El Carrizo ni de Nueva Guinea, ni estábamos acampados frente al INSS, tampoco “sudamos aquellas calenturas ajenas”.

Pero como el autoritarismo no conoce límites, ahora, el 23 de diciembre ha avanzado más sus líneas en el uso de la fuerza y el cinismo.

La represión simultánea en el Tule y en Rivas no fue sólo para disolver un retén de personas que rechazaban y siguen rechazando ser despojadas de sus tierras en nombre de un proyecto que nadie les ha consultado; fue más que eso. La brutalidad practicada por la policía llevaba varios mensajes: aleccionar a los pasivos, aterrorizar a los activos y descabezar la protesta. Por eso la policía actuó con crueldad selectiva sobre los dirigentes sociales de la protesta, porque no buscaba “restablecer el orden” sino “imponer la orden” recibida bajo argumentos partidistas. Ello explica que en los interrogatorios preguntaran quién pagaba la protesta y qué partido estaba detrás de la misma.

En semejante papel la policía no actuó como cuerpo de orden público para hacer cumplir la ley sino como peones al servicio de una banda política. Sino fuese así, ¿por qué se afanaron con tanta crueldaden los líderes de la protesta?¿Por qué fueron los últimos en ser liberados? Si la excusa para semejante violencia es que los campesinos y campesinas se defendieron con palos y machetes, ¿Qué esperaban? ¿Que no tuvieran la reacción natural de defenderse frente al uso desproporcionado de la fuerza? Seguramente que la reacción de la población no entrará dentro de la categoría de “justa ira del pueblo” del presidente de la Asamblea Nacional. 

Si creíamos que fueron acciones descontroladas de los mandos de la policía, más tarde su jefa se encargó de aclararlo. En un nuevo alarde de cinismo argumentó que la represión se hizo para restablecer el derecho a la libre movilización de los nicaragüenses. Si esa fue la razón ¿por qué la policía bajó de los autobuses a las personas que venían a la manifestación en Managua el pasado 10 de diciembre? ¿Por qué violaron los derechos a la libre movilización de los dirigentes del MRS la noche del 23 en Chontales y Río San Juan? Con semejantes despropósitos, la señora comisionada se está haciendo responsable del despilfarro de la legitimidad institucional que la policía había ganado después de muchos años de afirmación.

Lo malo de la mentira es que en necesita un envoltorio más grande para taparla. Por eso, tras la violación a la integridad física de quienes protestaban le siguió el secuestro, la detención ilegal en las mazmorras de la dictadura. Con ello el régimen de facto quiso mostrar a  prisioneros, familiares y ciudadanía que las leyes le importan muy poco, que estamos en sus manos, en el más absoluto desamparo ante sus arrebatos, y que si todavía “queda piedra sobre piedra” es gracias a la generosidad del querido líder (Procurador de la República dixit).

Pasado el ruido de los atropellos toca hacer balance y no olvidar.

No debemos acostumbrarnos a que nuestras vidas dependan de la voluntad del sátrapa de turno sino de las leyes que entre todos hemos acordado regirnos.

No debemos acostumbrarnos a que unos se movilicen libremente financiados con fondos públicos y a otros se les impida organizarse y manifestarse autónomamente.

No debemos acostumbrarnos a que la policía sea la guardia pretoriana de la dinastía, ni debemos acostumbrarnos a queel ejército sea el reducto de aristócratas militarescomo en otros países de América.

No debemos acostumbrarnos a vivir confinados a la parcela del miedo. Si bien no todos podemosmanifestar abiertamente nuestro rechazo a la opresión, al menos no deberíamos concederle el beneficio de la sumisión.

Lo menos que podrían hacer los diputados de la oposición es organizar una comisión de investigación, aunque no cuente con la venia de la Junta Directiva de la Asamblea ni la policía ofrezca la información del caso. La comisión puede documentar lo que pasó, recoger los testimonios que todavía están frescos y contribuir a la memoria histórica contra el olvido. La comisión podría acompañar a las poblaciones que la represión trató de intimidar, abrir nuevos canales para la denuncia y fomentar el espíritu de cuerpo entre todos los y las nicaragüenses que de una u otra manera hayan sido reprimidos por el ortegato.

No acostumbrarnos a vivir sin libertades ni olvidar la represión pueden ser buenos propósitos de año nuevo. El olvido es el paso definitivo hacia la impunidad, del mismo modo que acostumbrarse al yugo es la máxima consumación de la tiranía.

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