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De sorpresivo, nada…

Por donde se le busque legitimidad a este gobierno, solo aparecen las violaciones anti constitucionales como las únicas bases de sus actuaciones

Onofre Guevara López | 16/12/2014

Era lo esperado. El poder de atracción de los altares oficiales de la Avenida Bolívar estaba en la luminosidad de sus extravagantes decoraciones y no por                      su apego a la tradición. Así también la presencia masiva de la gente estuvo estimulada por las inocultables necesidades que padece, y no tanto por su religiosidad. Lo esperado y lo de siempre, solo que con mayor boato por el inmoral derroche de dinero alegremente desperdiciado por quienes ya lo tienen de sobra y saben utilizarlo para manipular.

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Reconozcamos, sin embargo, que el gobierno ha obtenido una magra victoria con esa rara combinación de la extravagancia con la necesidad retratada en las caras de quienes hicieron el sacrificio de permanecer cinco o más horas bajo el sol, esperando la limosna de cuatro productos básicos. Pero, una victoria, ¿sobre quién? Sobre la objetividad de un jerarca católico deslumbrad por el “mucho cariño” que él supuso le habían puesto sus  fabricantes a los altares.

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Cautivado por ese fachadismo, el cardenal Brenes olvidó a la pobre gente que igual que él, pero con hambre, estuvo deslumbrada por los altares, pero más que todo, ansiosa por el AFA de transitorio efecto en su profunda y permanente necesidad.  Es tan frágil la crítica de la jerarquía ante la manipulación de la fe religiosa de la gente humilde de parte del gobierno, que se quebró apenas el cardenal se deslumbró con las luces y los decorados de la artificialidad millonaria del oficialismo. 

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Eso revela que las críticas de la jerarquía al gobierno por su utilización con fines políticos de la fe inocente del pueblo, no son para protección de su derecho humano a no ser manipulado, sino por celos de competidora que reclama su tradicional exclusividad de la dominación espiritual. El boato de la Avenida Bolívar no le debería ser extraño a un jerarca católico, porque no es muy diferente al boato de los ritos de la iglesia, y tiene el mismo fin de impresionar a la gente para mantenerla rendida ante los símbolos de su poder espiritual.

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Cuando la iglesia critica la manipulación de la inocente religiosidad popular de parte del gobierno, es porque añora los tiempos de cuando esa función era una exclusividad suya.  Pero como ahora no ve factible, al menos por el momento, hacer un feliz retorno al pasado, el cardenal Brenes fue tentado por el boato oficial a expresar su emotiva valoración del esfuerzo gubernamental, olvidando que elogiaba también la gestión manipuladora de los gobernantes de un Estado sin “religión oficial”.     

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“María saca sus frutos ahí –exclamó emocionado el cardenal Brenes— y siento que si de las cinco mil o veinte mil personas que pasan por la Bolívar, una persona se pone frente a la Virgen y hace una oración, yo creo que ha valido la pena”. ¿Qué es lo que “ha valido la pena” de esa espectacularidad que el gobierno le impuso a la Avenida Bolívar? ¿Acaso el haberse burlado, una vez más, del laicismo constitucional del Estado? O quizás, ¿que el gobierno hubieses humillado al pueblo, una vez más, trocándole su dignidad por cuatro productos básicos? 

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Yo no respondería afirmativamente a ninguna de las dos preguntas. Ni estoy criticando la sensibilidad del cardenal Brenes ante las imágenes que su religión considera sagradas. Más bien voy a suponer que, con eso de haber “valido la pena”, el cardenal hizo referencia al acto de haberse presentado cinco o veinte mil personas ante los altares de la Bolívar, y aunque fuera una sola persona la que hiciera una oración.

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Lo indiscutible es que su sensibilidad religiosa le anuló su sensibilidad social, y le parecieron más elogiables los efectos artificiales y artificiosos de los setenta altares oficialistas, que criticable el juego con el hambre de la gente pobre. Ninguna inquietud le produjo el hecho de que ese tipo de manipulación de la fe es una de las tantas formas de disfrazar las violaciones a la libertad de conciencia que, para protegerla, la Constitución (aun así tan remendada al gusto del ortegato como la tienen) le impide al Estado inmiscuirse en las creencias religiosas de los ciudadanos, pues según lo determina su Artículo 14, “el Estado no tiene religión oficial”.

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Por donde se le busque legitimidad a este gobierno, solo aparecen las violaciones anti constitucionales como las únicas bases de sus actuaciones. Y habituarse a vivir con esas violaciones, es aceptar que el país continúe bajo un régimen ilegal. Esta situación prevalece tanto en la aparente religiosidad  e  inocencia de unos altares como en la enajenación de la soberanía nacional  bajo el pretexto del progreso.  Propiciar el progreso, es un débil pretexto de quienes hacen negocios con la soberanía nacional y con otras ilegalidades, por lo que algún día deberán responder ante los tribunales de justicia.

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Cuando la justicia en Nicaragua deje de ser una ficción, no importará bajo qué símbolo religioso o político se quieran amparar para  pretender justificar las manipulaciones e ilegalidades cometidas desde el poder.

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