Confidencial » Opinión » Leer artículo

De la autonomía a la autocensura

A la desinformación, al empobrecimiento del espíritu cívico universitario, y a la mercadización, debemos agregar la autocensura, para completar el abanico de fuerzas y razones que ayudan a explicar la incapacidad de los estudiantes de nuestras universidades públicas para articular su propia visión de la autonomía universitaria

Andrés Pérez Baltodano | 10/12/2014

“Más de una vez he dicho que la policía y el gobierno pueden hacer conmigo lo que quieran, pero antes de que esto ocurra, quiero pedir a quienes me leen y oyen, a quienes saben que por decir la verdad es que me persiguen, que estén atentos y vigilantes a esta nueva trama contra la libertad, y que si llega el caso de que mi voz se calle, sean cien voces las que griten en vez de ellas. Y si cien voces son acalladas, que griten mil. Y si mil son acalladas, que el grito de cien mil voces se levante”.

                                                                                  Pedro Joaquín Chamorro Cardenal

La semana pasada señalaba que la autonomía universitaria no es solamente un estatus legal, sino también una condición mental –una aspiración, una necesidad, o un deseo. En este sentido, las razones que explican el colapso de la autonomía de nuestras universidades públicas no solamente deben buscarse en el ánimo totalitario del ortegamurillismo, sino también en la mentalidad que domina las actuaciones de las autoridades de esas universidades. Las mentes dóciles y políticamente subordinadas de quienes hoy  dirigen nuestras universidades públicas facilitan la expansión del poder del Estado, y su intromisión en la dirección de estos centros de estudio.

En esta ocasión quiero hacer referencia a otro de los mecanismos que facilitan el desarrollo de la vocación totalitaria del ortegamurillismo: la autocensura. Por autocensura se entiende,  la “limitación o censura que se impone uno mismo” (RAE). En Nicaragua, nos autocensuramos cuando evitamos actuar y hasta pensar libremente para evitar el riesgo que conlleva hacer o decir algo que pueda entrar en conflicto con el régimen imperante. Nos autocensuramos, cuando actuamos de manera contraria al ejemplo que ofrece el espíritu de libertad por el que vivió y murió Pedro Joaquín Chamorro Cardenal.

El fenómeno de la autocensura se manifiesta hoy en diversos sectores de la vida nacional. La autocensura oportunista de los grandes capitalistas nicaragüenses y de las organizaciones que representan a la empresa privada en nuestro país es bien conocida. Tienen la capacidad para criticar y condenar los bárbaros abusos del Estado, pero prefieren taparse la boca, “hacerse los chanchos”, y vivir “en paz”.

La autocensura también forma parte del modus operandi de una buena parte del periodismo nacional. Esta actitud fue documentada y denunciada en el estudio Entre la Censura y la Discriminación: Centroamérica Amenazada, publicado recientemente por la Fundación Comunicándonos, de El Salvador. La periodista Patricia Orozco, autora del capítulo sobre Nicaragua en este estudio, ha señalado que “cada vez son menos los periodistas que se animan a asumir una actitud crítica ante el gobierno y cada vez son menos los empresarios que favorecen esos espacios de críticas”.

La autocensura también opera en nuestras universidades públicas; no solamente entre los y las docentes, sino también en el estudiantado. En un reciente reportaje de Confidencial y Esta Semana, la periodista Dánae Vílchez entrevistó a decenas de estudiantes universitarios para conocer lo que para ellos significa la autonomía. La mayoría de los entrevistados respondió diciendo que no sabían nada sobre “ese tema”. [i]

La falta de información sobre la autonomía universitaria es apenas una de las varias razones que deben considerarse para explicar la incapacidad de los estudiantes entrevistados para emitir una opinión sobre un tema que es de crucial importancia para ellos y para nuestra vida nacional. Tenemos que recordar –lo discutimos hace dos semanas– que el espíritu cívico y el sentido de compromiso social en nuestras universidades han sido mermados por dos fuerzas: la del Estado –a partir de 1979, pero sobre todo a raíz de la llegada al poder de Daniel Ortega en Enero del 2007; y, la del mercado que, de una u otra forma, ha impuesto una visión meramente instrumental de la educación en Nicaragua y en el resto del mundo. Para muchos estudiantes, la educación universitaria es simplemente un medio para obtener su entrada a los mercados de trabajo y sobrevivir.

A la desinformación, al empobrecimiento del espíritu cívico universitario, y a la mercadización, debemos agregar la autocensura, para completar el abanico de fuerzas y razones que ayudan a explicar la incapacidad de los estudiantes de nuestras universidades públicas para articular su propia visión de la autonomía universitaria. Colocados frente a una cámara de televisión, muchos universitarios evitan decir algo que  pueda ser considerado “políticamente incorrecto” por los que administran el poder en sus centros de estudios. Para algunos de ellos, hablar puede poner en riesgo sus becas y otras ayudas que, en forma cada vez más descaradamente clientelista, administran las universidades públicas de nuestro país. Ante este riesgo, muchos optan por la autocensura: deciden no hablar, o hablar sin decir la verdad.

El fenómeno de la autocensura

Para entender el fenómeno de la autocensura es necesario entender que el poder, como lo explica Michel Foucault, es un fenómeno relacional; es decir, el poder no es algo que simplemente se impone desde afuera sobre nosotros. El poder es también una fuerza que el dominado internaliza hasta convertirla en parte de su propio ser. Cuando esto sucede, el dominado, consciente o inconscientemente, reproduce el poder que lo aplasta.

En este sentido, nos convertimos en instrumentos del Estado ortegamurillista cuando nos rendimos anímicamente frente a las presiones y las amenazas –abiertas e implícitas; reales o imaginadas– del régimen; y, sobre todo cuando, frente a estas presiones y amenazas, optamos por la seguridad de la autocensura.

Pero preguntémonos: ¿aplaca la autocensura el apetito totalitario del ortegamurillismo? No. Por el contrario, lo hace más voraz; porque el apetito totalitario es insaciable: no tiene más límites que los que nosotros le queramos o podamos imponer.

Peor aún, la persona que se autocensura involuntariamente aumenta el poder del que trata de protegerse, porque el achicamiento de la libertad que ella se impone generalmente excede las limitaciones reales y objetivas que establece el Estado. En otras palabras, el autocensurado tiende a ser “más papista que el Papa” porque, para no arriesgarse, termina imponiéndose restricciones más duras que las que impone el poder. Esto puede notarse en el discurso ultra-políticamente-correcto que utiliza el autocensurado para sentirse seguro.

Veamos un ejemplo. En el reportaje de Dánae Vílchez que antes mencioné, el Rector de la Universidad Nacional Agraria (UNA), Presidente del Consejo Nacional de Universidades (CNU), y vocero de la infame Comisión del Gran Canal Interoceánico, Telémaco Talavera, usa la altisonante palabra “totalmente” para asegurar que “en la universidad prevalece totalmente la autonomía universitaria”. El uso de la palabra totalmente (pronunciada con fuerza en el video de la entrevista) es una póliza de seguro que compra el autocensurado para evitar una “indiscreción” y  asegurarse que ha hablado “bien”. Es el mismo tipo de póliza que usaban los periodistas del diario Novedades para referirse a Anastasio Somoza Debayle. Bajo la premisa de que “es mejor que sobre y no que falte”, ellos inflaban la imagen de Somoza con nombres como “Coyoles”, “el Napoleón de Centroamérica”, y “el “Huracán de la Paz”. Y aquí viene lo más perverso e interesante: yo estoy seguro que ni al propio Somoza se le hubiera ocurrido encajarse esos ridículos nombres. Seguramente los leía y los escuchaba con la sonrisa de satisfacción que le producía observar como el servilismo de sus seguidores exageraba su poder.

Señalemos, pues, que quien se autocensura se convierte en un instrumento del Estado e involuntariamente aumenta el poder de éste. Esto inicia un círculo perverso: el autocensurado aumenta el poder del Estado, lo que anima al mismo Estado a ampliar su control e imponer restricciones más fuertes a la libertad. Frente a este mayor poder, el autocensurado responde evitando riesgos y, “por aquello de las dudas”, vuelve a imponerse restricciones mayores que las que el Estado está en capacidad de imponer.

Puesto de otra forma: la auto-censura representa el achicamiento voluntario de nuestros propios espacios de libertad; y, por su efecto cumulativo, el achicamiento de los espacios de libertad dentro de los que opera la sociedad en su conjunto. La autocensura aumenta la voracidad del Estado lo que obliga al autocensurado a autocensurarse más. Este círculo vicioso solamente puede terminar en la institucionalización de un sistema totalitario; o en una explosión, casi siempre violenta y costosa, de rechazo a la tiranía.

Resistir

Si la libertad es también una condición mental, la resistencia contra la vocación totalitaria del ortegasmurillismo puede empezar con nuestra propia liberación anímica-personal; es decir, con la liberación de nuestras mentes y de nuestros propio espíritus.

La inigualable Hannah Arendt, filosofa judía-alemana que escribió valiosos tratados sobre el fenómeno del totalitarismo, nos enseña que el enemigo fundamental de este sistema es la imaginación: la imaginación para pensar más allá de los límites que impone el poder; la imaginación para visualizar una sociedad mejor que la que habitamos; la imaginación para, en las palabras de un brillante alumno de la UNAN, “secuestrar pedazos de lucidez en el desierto del pensamiento crítico que vivimos”.

Hannah Arendt también nos dice que si la imaginación es el peor enemigo del totalitarismo, la atomización y el aislamiento del individuo son los principales enemigos de la imaginación. Hitler y Stalin, nos dice Arendt sabían muy bien que la dominación total del individuo exige su aislamiento anímico total. Es por esto que Arendt dice que el aspecto más terrible del poder totalitario es la capacidad que tiene este tipo de régimen para juntar, en espacios controlados, a individuos aislados y atomizados.

Algo de esto parece estar sucediendo en los espacios de nuestros recintos universitarios. Los rostros de muchos de los y las jóvenes entrevistadas en el reportaje de Dánae Vílchez, son rostros de seres aislados y atomizados que co-existen en un espacio controlado por el Estado; no así, el rostro del Prof. Camilo Somarriba de la UNA, quien en ese mismo reportaje lamentó la “dispersión” que sufre la comunidad universitaria. Para el Prof. Somarriba, el futuro de la autonomía y  la libertad académica de la comunidad universitaria dependerá de la capacidad de sus miembros para lograr “su unidad”; una unidad, ojalá, construida sobre la base de los intereses sociales y académicos que una vez le dieron vida a la consigna: “A la libertad por la universidad”.

 

[i] Ver: Dánae Vílchez, “Qué pasó con la autonomía”: http://www.confidencial.com.ni/articulo/20271/iquest-que-paso-con-la-autonomia-universitarian

 

Más en: Política

Otros artículos del mismo autor