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Autonomía universitaria, una condición mental

La mentalidad que domina la gestión de las autoridades de nuestros centros públicos de educación superior es, repitamos, una mentalidad sumisa y, por lo tanto, incongruente con el espíritu de la autonomía universitaria

Andrés Pérez Baltodano | 2/12/2014

“Nadie da lo que no tiene”, dice un viejo y sabio refrán, ahora sustentado por las corrientes que dentro de las ciencias cognitivas señalan que el horizonte de la realidad está siempre condicionado por la manera en que percibimos la extensión de ese horizonte. Una mente subyugada, por ejemplo, percibe la realidad como una prisión. Por el contrario, una mente libre reconoce los límites que impone el poder; pero también intuye las posibilidades que existen más allá de ellos, y siente la necesidad de traspasarlos.

Una mente libre busca la libertad como el sediento busca el agua. Una mente esclava no puede vivir sin las cadenas.

Desde esta perspectiva, la autonomía que alcanzó la Universidad Nacional en 1958 puede verse como la expresión legal de una condición mental; y, más concretamente, como la manifestación institucional del espíritu y de las ansias de libertad que anidaban en la mente y los corazones de los que lideraron la lucha por la libertad académica en esa universidad. Puesto de otra forma: Mariano Fiallos Gil y los que integraron la Generación de la Autonomía eran seres autónomos y libres antes de que lo fuera la universidad por la que ellos lucharon.

De igual manera podemos decir que la crisis que hoy atraviesa la autonomía en nuestras universidades públicas, no es simplemente el producto del poder y de la voluntad totalitaria de la familia gobernante, sino también la expresión de la mentalidad vasalla que domina la conducta de los que dirigen esos centros de estudio. El estatuto de la autonomía sigue vigente. Lo que ha caducado es la voluntad y el coraje para hacerlo efectivo.

El discurso de una mente sumisa

¿Qué visión de la realidad y del poder proyecta la mentalidad de las autoridades de nuestras universidades públicas? ¿Es compatible esa visión con el espíritu de la autonomía universitaria? ¿Es ella la expresión de mentes libres o, por el contrario, de mentes subordinadas al poder del Estado?

Exploremos estas preguntas a través del discurso de los que hoy rigen el destino de nuestras universidades públicas; es decir, a través de las prácticas comunicativas –palabras, gestos, entonaciones, y hasta silencios– que utilizan estas personas para expresar la manera en que sus mentes perciben la realidad del mundo en que vivimos. Analicemos una muestra de este discurso y comparémoslo con una muestra del discurso de Mariano Fiallos Gil, el más puro representante del espíritu de la autonomía universitaria en nuestro país.

Leamos, por ejemplo, el anuncio que hizo Fiallos Gil cuando aceptó el cargo de Rector de la Universidad Nacional, y apreciemos el significado de sus palabras: “He aceptado el honroso y delicado cargo de Rector, a base de una completa independencia política, pues si hay una institución que debe guardar con el mayor celo su apoliticidad, esa es la Universidad. Por eso no permitiré que ninguna eventualidad despoje de su apoliticidad a nuestro máximo centro docente”.

Esta cita está tomada del libro Mariano Fiallos, del escritor Sergio Ramírez Mercado, miembro de la Generación de la Autonomía. En su libro, Ramírez Mercado explica que al hablar de apoliticidad, Fiallos Gil hacía referencia a la necesidad de poner fin a la “politiquería” y al manoseo estatal de la Universidad. En muy poco tiempo, nos dice Ramírez Mercado, Fiallos Gil “tuvo que poner a prueba la efectividad de esas ideas, y si iba a ser posible cumplirlas”.

Un elemento central de la autonomía a la que aspiraba Fiallos Gil era la independencia del Rector de la universidad para elegir a las personas que deberían ocupar los cargos de dirección en ese centro de estudios. El principal de estos cargos, relata Ramírez Mercado, era el de Secretario General de la universidad.

El designado por Fiallos Gil para ocupar esa posición era Carlos Tünnermann Bernheim. En ese entonces, continúa Ramírez Mercado, Tünnermann Bernheim era un joven abogado mal visto por el gobierno por haber defendido a Tomás Borge “en el Consejo de Guerra que se siguió a los considerados responsables en la muerte de Somoza García”.

¿Cuál fue la actitud de Fiallos Gil frente a los esfuerzos del gobierno de Somoza para evitar el nombramiento de Tünnermann Bernheim? ¿Fue su actitud congruente con su discurso?

 Ramírez Mercado nos dice que para Fiallos Gil, el asunto del nombramiento del Secretario General de la Universidad era sencillo: “O se nombraba a Tünnermann, o allí estaba, aún intacta, la rectoría devuelta. No había más escogencia.”

Una mente libre, decía al inicio de este escrito, reconoce los límites que impone el poder, pero siente la necesidad de traspasarlos. Fiallos Gil los traspasó más de una vez. Para empezar, Tünnermann Bernheim fue nombrado Secretario General de la Universidad, a pesar de la oposición inicial del gobierno de Luis Somoza. Luego vendría la lucha por la autonomía y la consagración legal de la libertad académica universitaria: otra transgresión y otro triunfo.

Una mente sumisa, a diferencia de una mente libre, se “atempera a las circunstancias” y adopta como propios los límites que impone el poder. Peor aún, sobredimensiona esos límites para no tomar riesgos. Asomémonos a esa mentalidad a través del discurso de Elmer Cisneros Moreira, Rector de la UNAN-Managua, el día en que Daniel Ortega dictó la Lección Inaugural del año académico 2011 de ese centro.

En su discurso, el Rector Cisneros Moreira trató de congraciarse con el Presidente Ortega y, al hacerlo, impuso una necesidad personal –la de su espíritu– por encima de su obligación de mantener el nivel y la dignidad que le corresponde a un rector de la UNAN: “Soy de los que tengo un discurso estable,” señaló, “no de aquellos que cuando les convino, sí fueron amigos del Presidente y cuando no, se vuelven detractores…”.

Pero como el sumiso nunca está seguro de cuánto tiene que decir para quedar bien, el Rector Cisneros Moreira reiteró su subordinación anímica y mental cuando, en el mismo discurso, intentó responder a las críticas recibidas por la UNAN-Managua por la decisión de las autoridades de ese centro de invitar a Daniel Ortega Saavedra –enemigo No. 1 de la autonomía universitaria y del pensamiento libre en nuestro país–, para que dictara la Lección Inaugural.

Posiblemente en respuesta a la voz de su conciencia que le preguntaba “¿Por qué Daniel Ortega?” el Rector Cisneros Moreira vociferó incoherente: “Señores que no están aquí, pero me están oyendo, ¡por eso es que esta Lección Inaugural la va a dictar el Comandante Ortega! ¡Por eso la va a dictar...! Porque tiene un compromiso moral, social, y es lo que permite, exactamente, vivir y sentir los problemas del pueblo nicaragüense. Por esa razón, si es que no lo saben”.

Desdichadamente todavía no sabemos –por lo menos yo no se– ni porqué Daniel Ortega fue invitado por la UNAN-Managua para repetir por millonésima vez su cada vez más absurdo y contradictorio discurso contra “el capitalismo salvaje”; ni como pasamos de Fiallos a Cisneros en la UNAN.

No todo está perdido….

 La mentalidad que domina la gestión de las autoridades de nuestros centros públicos de educación superior es, repitamos, una mentalidad sumisa y, por lo tanto, incongruente con el espíritu de la autonomía universitaria.  El discurso del Rector Cisneros Moreira y el de otros rectores expresan esa mentalidad.

A pesar de todo esto, las ansias de libertad sobreviven en la mente y en los corazones de cientos de estudiantes y profesores en esos centros de estudio. Muchas de esas personas se mantienen a la espera de un cambio en el rumbo que han tomado la universidad y el país. Otros, como el Prof. Salvador Montenegro Guillén, se arriesgan y públicamente demandan la autonomía que por ley les corresponde.

  A los y las estudiantes y maestros universitarios que aspiran a la libertad, debemos decirles: no se rindan. Ejerciten la imaginación para evitar que la necesidad y/o el miedo los aplaste. Intuyan lo que puede existir más allá del reino de la mediocridad en que vivimos. No lo olviden: la libertad también es una condición mental.

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