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Abusos a granel

A tono con el discurso rosarino, su marido-presidente-comandante no podía si no complementar lo de la mano de Dios, y declamar una ya gastada consigna para demostrar su satisfacción ante la presencia de Wang Jing: que el nuestro, “es un país de fe, familia y comunidad”

Onofre Guevara López | 2/12/2014

Ese instrumento humano que nos ayuda a comunicar ideas y sentimientos que llamamos lenguaje –español para nosotros—, el que aprendimos de tanto oír las palabras y aprendimos a descifrar sus signos con la lectura, es el resultado de un ejercicio de muchísimas generaciones post coloniales.  En el proceso de perfeccionamiento académico del lenguaje espontáneo, se han adoptado términos neutros que sirven para referirse a sujetos de ambos géneros y ayudan a esclarecer situaciones y a mantener la armonía en lo que llaman “el buen decir”, aunque decirlo bien signifique en algunos casos romper la lógica formal, como cuando decimos “el agua” en vez de “la agua”…

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Pero dejémosle eso a lo gramáticos, y fijémonos cómo, en nombre de la igualdad de géneros, el ultra feminismo ha puesto de moda en el lenguaje la  repetición continua del artículo masculino “los” y el femenino “las” para referirse a hombres y mujeres, siendo más fácil usar el artículo masculino “los” como neutro para referirnos a los dos géneros a la vez. ¡Ah!, pero se cuidan de no hacer el ridículo cuando se trata de referirse a los periodistas en general –hombres y mujeres—, y nunca dicen “los periodistos” y “las periodistas”. Esto prueba que es innecesario imponer el lenguaje sexista, pues su uso no le aporta ni le quita derechos a la mujer.

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Si los partidarios del supuesto lenguaje igualitario fueran consecuentes, lo tendrían que hacer con todo el lenguaje y hasta usando las arrobas que nada tienen que ver con el lenguaje escrito, como por ejemplo, al estilo rosariano: “Los [email protected] árabes y árabas, principalmente los niñ[email protected], están siendo de tal forma [email protected]  por las guerras de esa región del mundo que, a estas alturas, ya nadie repara en la cantidad de [email protected] y [email protected] , [email protected]  durante por lo menos los 55 años que ya dura el conflicto árabe-israelí”.

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¿Les gustaría? Seguramente que no. Es horrible. Pero ese estilo absurdo sería la consecuencia extrema de no utilizar los términos neutros. Pero ese abuso con el lenguaje no se queda en el hábitat de la cursilería mundana, pues ahí están ubicando también el lenguaje dizque religioso, donde el nombre de Dios es un abuso y de uso más universal que la llave inglesa y el mambo, sin que exista la necesidad de usar la llave ni bailar el mambo. Sencillamente, ese abuso con el nombre de Dios, nada tiene que ver con la fe de nadie.

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Tenemos al boxeador que da “gracias a Dios” haber ganado la pelea porque le dio en la madre y casi mata al otro boxeador, quien, desde la lona, o desde su   frustración, se ha de preguntar en dónde estaba su Dios que dejó ganar al Dios del otro boxeador que lo tumbó. Está también el político que “gracia a Dios” se roba la presidencia y “a Dios gracias” viola la Constitución impunemente para eternizarse en el poder.

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Entre esos extremos están las muchachas bonitas que triunfan como artistas, reinas de belleza o cantantes “gracias a Dios”, aunque, como ocurre con frecuencia, el éxito se alguna de ellas se lo deba al magnate con quien se acostó a cambio de su influencia y su dinero –que sirven por igual, y ninguna opera sin el otro— para hacerla triunfar. No importa si tiene talento o ganó sobre la base de la publicidad de las páginas de trivialidades a granel de los diarios. Y del pobre esquema discursero de las triunfadoras, cuando las entrevistan, no les falta la respuesta de cajón: “Antes que a nadie, este triunfo se lo debo a Dios”. (Y la mayoría que se quedó con las ganas de ganar, ¿a quién se lo deberán?).

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Dentro del circo político nacional, la señora que le hace la apología diaria a su comandante-presidente-marido es pródiga en eso de bajar a Dios en sus discursos lisonjeros. Lo acaba de hacer cuando llegó al país su futuro dueño, Wang Jing. ¿Y cómo vio ella el encuentro Ortega-Jing?  Pues, ¿cómo lo iba a ver?: “Muy cordial, muy fraternal, una reunión que marca esta ruta que lleva a Nicaragua de la mano de Dios”. Como la doña no aclara si la mano de Dios es del mero de los cielos, a cualquiera se le puede antojar la idea de que se refiere a la mano de Wang Jing, quien –con el cuento de su ruta interoceánica—, no solo se está llevando de la mano a nuestro país… ¡sino también en el saco!

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A tono con el discurso rosarino, su marido-presidente-comandante no podía si no complementar lo de la mano de Dios, y declamar una ya gastada consigna para demostrar su satisfacción ante la presencia de Wang Jing: que el nuestro, “es un país de fe, familia y comunidad”. El comandante-presidente-marido estaba en tal estado de éxtasis ante la presencia del chino, que no pudo inventar nada nuevo. Eso es algo muy difícil para quien ya tiene troqueladas las ideas acerca del poder y lo que hacer con el mismo.

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Una oración sugerida para los creyentes: “Que Dios nos proteja cuando se le ocurra pensar en otras cosas de las cuales aún no tiene su respectivo troquel”.

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