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La mujer que enfrentó el horror

Felícita Zeledón fue una mujer valiente, comprometida, que sabía cuál es la función de un empleado público, de un funcionario electo por la gente para servir a la gente

Carlos Salinas Maldonado | 28/11/2014
@CSMaldonado

Escribo estas líneas en homenaje a una mujer valiente. Hoy ha fallecido Felícita Zeledón, ex alcaldesa de Posoltega, aquella mujer menuda, de rostro cansado, que enfrentó al poder corrupto e indolente que lideraba el expresidente Arnoldo Alemán. Fue ella que, al toparse de frente con el horror, alertó al Gobierno que un alud en el volcán Casita, en Chinandega, había enterrado varias comunidades. Nadie en el Ejecutivo le hizo caso, porque Zeledón era una alcaldesa electa por el Frente Sandinista. Entonces esta mujer acudió a los medios, pidió ayuda desesperada, y el país entero, anegado por la pesadilla del huracán Mitch, abrió los ojos ante una de las peores catástrofes vividas por esta nación golpeada siempre por desastres: la voz temblorosa de Zeledón contó que miles de personas quedaron enterradas tras el derrumbe del Casita. Fue ella quien denunció la apatía del Ejecutivo, de un mandatario amante de cenas opíparas, viajes de lujo y discursos incendiarios, rodeado de una corte que celebraba sus ocurrencias, pero incapaz de responder con beligerancia ante una emergencia de una magnitud siniestra. Tres mil personas murieron de la forma más espantosa: arrastrados por el barro, descuartizados, encajados en árboles, desfigurados, ahogados y más tarde sus cadáveres hinchados devorados por las bestias.

Zeledón no calló: denunció todos los días ese olvido. Gritó por ayuda. Fue la voz de quienes lo perdieron todo. Una mujer valiente, comprometida, que sabía cuál es la función de un empleado público, de un funcionario electo por la gente para servir a la gente. Más tarde fue ella quien denunció que “se construyeron mansiones” con la ingente ayuda que el país recibió de la solidaridad internacional. El mismo Gobierno corrupto e indolente de Alemán, dijo ella, desvió fondos, mucha de la ayuda terminó en manos que no fueron las de los damnificados. La intentaron callar, pero ella no calló. Nada se le puede criticar a esta mujer. Posoltega le debe mucho. Nicaragua le debe mucho. La entrevisté años después de aquella catástrofe y me encontré con una mujer humilde, sencillamente vestida, que cargaba un fólder de cartulina porque regresaba de hacer gestiones personales y había tomado el tiempo para hablar conmigo. Me dijo que no había superado aquella pesadilla, que el sufrimiento de su gente era su mismo sufrimiento. Que Posoltega seguía olvidada. Que el país entero les había dado la espalda.

Escribo esto en homenaje a su valentía, repito, pero también para no olvidar: tres mil muertos son demasiados muertos. Aquella pesadilla con la que nos despertamos un día de octubre sigue viva, porque la incapacidad del Estado para cuidar a su gente sigue. Un muro se desploma sobre casitas de cartón de una barriada y mata a nueve personas. Y el Estado no hace nada, ni siquiera aclara lo ocurrido. Necesitamos más funcionarios como Zeledón, humanos, sensibles, dispuestos a trabajar por su gente. A ella le debemos que los miles de muertos del Casita no hayan quedado totalmente en el olvido. Gracias, Felícita.

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