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Entre autores y personajes

La poesía y narrativa de Herta Müller

Los textos de Müller, a veces monótonos y tediosos, enuncian detalles, a veces inútiles, de sucesos cotidianos. Ella no es indiferente a su origen y a su tiempo desde la interpretación de su subjetividad, con sus experiencias, creencias y sesgos

Francisco Bautista Lara | 1/10/2014

 

“un hombre que no se puede conocer a sí mismo / tiene un caballo de la altura de un pulgar…” 
Herta Müller

“Un hombre que no se puede conocer a sí mismo / tiene un caballo de la altura de un pulgar…” Herta Müller

En el Festival Internacional de Poesía de Granada (2014) conocí, gracias al amigo poeta Fernando López, al escritor y traductor José Luis Reina Palazón, poeta y crítico, quien tradujo al español parte de la obra de Herta Müller (1953), premio Nobel de Literatura 2009, novelista y poeta alemana-húngara nació en la pequeña población de Nitchidorf (Rumanía), aunque abandonó su país (1987) durante el gobierno de Ceausescu (1967 – 1989) y se radicó en Berlín Occidental.

De Müller, cuya prosa es singular, intensa e íntima, algo irónica, he leído antes algunas de sus novelas. Gracias a José Luis Reina, conocí dos libros de poesía: “El guarda saca su peine – sobre marcharse y desviarse” y “En el muño mora una señora”, cuyos títulos, para comenzar, no son comunes. Sorprende la manera particular de armar los versos, en un sinsentido ¿poesía?, suspicaz contra toda visión impositiva, distinta a la que suelen incluir en un poemario, rara, lo confieso, no me gusta, pero llama la atención.  Usa un lenguaje con gran carga metafórica y surrealista,  incorpora la composición del “collage” que brota rebelde desde su época y experiencia. Para muestra, algunos versos: 

“La amiga no se expresa con ira / un trozo de azúcar buscó en el café el centro / Y cayó en el suelo la largura de los dedos / como dos en la taza…”

“el día se pone mejillas de albaricoque / la noche solo negras plumas / el pedacito de luna como tiza baña /media órbita terrestre en la nuca un toque…”

“Hacer su vida / no es / hacer su dicha / señor mío / Lo uno es un coche de niño / Lo otro / una bicicleta de hombre / y nadie viaja…”

Fue la nación de su lengua y no la de su nacimiento la que le permitió abrirse campo en la literatura. Por tal razón no resulta extraño que fue celebrada en Alemania y no en Rumanía, en donde no contó con suficiente atención a pesar de ser producto de las dos culturas. La Academia Sueca premió, además de la calidad literaria, por el estigma de ser víctima y haber sufrido discriminación y exilio, reconoció su capacidad para describir el paisaje de los desposeídos. Tal vez ambos factores se conjugaron en la consideración de quienes deciden. Difícil ser profeta en su tierra. Susan Sontag dice (2001): Pero lo que importa no es lo que un escritor dice, sino lo que un escritor es.  Su obra fue menos conocida en su país de origen, durante los ochenta fue censurada,  su contenido enfoca los sufrimientos de la minoría alemana, destaca las duras condiciones de vida después de la II Guerra Mundial,  señala la destrucción de las relaciones humanas y familiares en un estado totalitario, entremezclado con supersticiones y leyendas. Es posible que si hubiera escrito en rumano y referido los padecimientos de los rumanos, la reacción fuera distinta, en contraposición, su espacio territorial y lingüístico fuera restringido. 

Como disidente al régimen comunista, expresó a través de sus escritos, resentimiento, los antecedentes de sus padres (cercanos al fascismo) y los padecimientos de la minoría alemana en Rumanía. Su padre sirvió en la Waffen SS, cuerpo elite nazi; su madre, deportada en la Unión Soviética (1945), pasó cinco años en un campo de concentración en Ucrania.

En la novela “Tierras bajas” (1982), Müller describe desde la voz de una niña, la cotidiano,  familiar y social en una aldea rumana. Remanentes de guerra y pobreza, tradiciones, vestimenta, comida y expresiones de los suabos (alemanes étnicos de la región a la que pertenece), las labores del campo,  la nieve, el cambio de estaciones, las borracheras del padre, los animales, los juegos de niños, funerales y oraciones: Señor de los ejércitos celestiales, libéranos de este exilio. Escribe: Al emigrar, cada uno se trajo una rana. Desde que existe, se enorgullecen de ser alemanes y nunca hablan de sus ranas, y creen que aquello de lo que uno se niega a hablar tampoco existe.   Expresa: vestiré de negro toda mi vida…, un hombre murió una vez en el campo fulminado por un rayo…, los ojos punzantes detrás de la boca sin dientes…, la lluvia cansada resbala por mi garganta bajo el puente hueco…, el fuego consume la aldea cada noche…, en el pueblo sólo quedan once alumnos y cuatro maestros…, la ciudad está impregnada de vacío…, hay un vacío en tus ojos … Hay monotonía y reiteración: … alcohólicos, que en el pueblo llaman borrachines…, su propia fiesta mayor –que en el pueblo se llama verbena-…, sueña hace años con ir al extranjero, que en el pueblo se llama occidente…

En la novela “El hombre es un gran faisán en el mundo” (1986) cuenta sobre una familia de origen alemán en un pueblo rumano durante el régimen comunista que espera ansiosa obtener el pasaporte para abandonar el país.   El guardián nocturno le dice a Windisch: el cura tiene una cama de hierro en la sacristía. En esa cama busca las partidas de bautismo con las mujeres…, agrega: El policía, por su parte, pierde y traspapela hasta siete veces las solicitudes y los timbres fiscales… los busca con las mujeres que quieren emigrar sobre un colchón guardado en el almacén del correo.  La mujer de Windisch está vieja para el cura y el policía. Amalie tiene que pasar el sábado por el despacho del policía con la solicitud y el dinero para el timbre fiscal y también donde el cura para que le busque la partida de bautismo en los registros. El cura dice que las tumbas de los rumanos no forman parte del cementerio. Que las tumbas de los rumanos huelen distinto de las de los alemanes.   A la mujer El policía le ha dicho al cura que vuestros pasaportes ya están listos en la oficina de pasaportes. Ella pregunta ¿Quién sabe qué será de nosotros?

“La piel del zorro” (1992), es un retrato de ideas y prácticas sociales en donde los obreros y ciudadanos viven por la causa de un sistema percibido como deshumanizado, son piezas que al desgastarse pueden reemplazarse con indiferencia y crueldad obligando incluso a un trabajador cuya mano ha sido amputada a beber alcohol para eximir a la fábrica de responsabilidad.  Incluye escenas diversas: el suicidio de un hojalatero,  los pescadores en el río, el administrador que vende collares y joyas de oro a gente que después denuncia para que se los requisen…  Las personas muestran miedo, sufren represión y abuso, sexo forzado, mercado negro y cosificación de los humanos, el peligro que Mark  atribuía al capitalismo pero que no fue ajeno el socialismo llevado por rumbos desacertados.

Los textos de Müller, a veces monótonos y tediosos, enuncian detalles, a veces inútiles, de sucesos cotidianos.  La descripción lineal de los acontecimientos en su narrativa  es una secuencia de tiempos presentes en un ambiente desolador donde el hombre es impotente,  su estado de ánimo se frustra, es triste, está condenado al fracaso. El entorno describe un panorama pobre, hay estiércol, aridez, deshonestidad, exclusión y fragmentación familiar y social. Sus personajes son seres comunes que en la vorágine dependen de voluntades ajenas. La autora no es indiferente a su origen y a su tiempo desde la interpretación de su subjetividad, con sus experiencias, creencias y sesgos. 

Descripción

Estimados lectores, a partir de la fecha, dos veces al mes, compartiremos con ustedes a través de este espacio, breves artículos sobre literatura, para invitarlos a leer, disfrutar y »

Acerca del Autor

El autor es escritor, académico y consultor nicaragüense, especialista en seguridad ciudadana y policía. Economista, master en Administración y Dirección de Empresas »

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