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Contra los dioses

Poner fin a este estado de cosas y salir del lado oscuro de nuestra conciencia implica crear un espacio de pensamiento y acción entre los polos del pragmatismo y la heroicidad.

Andrés Pérez Baltodano | 15/9/2014

Con esta entrega, termino la presentación de mi libro Postsandinismo: Crónica de un Diálogo Intergeneracional e Interpretación del Pensamiento Político de la Generación XXI. Decía la semana pasada que, desde la perspectiva voluntarista y heroica que domina el pensamiento político transformador en Nicaragua, la historia se percibe como un proceso fundamentalmente gobernado por la casualidad; es decir por hechos y circunstancias fortuitas y aleatorias. Esta perspectiva , al igual que la pragmática resignada, es pre-moderna, si por modernidad entendemos una visión de la historia como un proceso gobernado, o al menos fuertemente condicionado, por estructuras integradas en relaciones de causalidad que pueden ser elucidadas y organizadas con la fuerza “iluminadora” de la razón.

En nuestro país, la gestión de gobierno, o la pertinencia de un experimento político transformador, no se miden ni se evalúan por sus resultados sino, fundamentalmente, por la audacia de sus líderes y, sobre todo, por la magnitud de la fuerza y el coraje con que nuestros gobernantes y dirigentes juegan en la ruleta de la historia. Y cuando fracasan, esos líderes no reconocen sus errores, ni reflexionan sobre ellos para aprender. Simplemente, explican sus reveses como productos de La Fortuna y dicen, como lo dijo recientemente la heroína revolucionaria Mónica Baltodano, que “hemos sido un país salado” (La Prensa, 02/03/2014); o que “la revolución [Sandinista] tuvo la mala suerte de coincidir con el ascenso al poder en Estados Unidos de Ronald Reagan” (La Prensa, 14/09/2014).

Otros se se atemperan cómodamente a las circunstancias, como lo ha hecho Jaime Wheelock Román, quién en un artículo del año pasado argumentaba que la economía nicaragüense ha “evolucionado favorablemente” (¿favorablemente para él?) a partir de 1990, gracias a “los acuerdos gobiernos-FMI” y los arreglos entre el gobierno y la “empresa privada”; es decir, entre el gobierno y “la “burguesía” que él perseguía en aquellos tiempos cuando desde la tarima de una plaza engalanada de rojo y negro, y frente a un pueblo sediento de esperanzas, gritaba: “¡Por esas banderas, nuestras banderas, juramos vencer!”( Cultura de Paz, Septiembre-Diciembre, 2013).  

Contra los dioses

En sociedades que operan dentro de una visión moderna de la historia, la validez y pertinencia de un proyecto político, o de una estrategia, plan, o proyecto de gobierno, son evaluadas, fundamentalmente, en términos de su capacidad para administrar la relación entre las estructuras y los sistemas que definen el orden social; y, además, en función de objetivos concretos que se establecen dentro de un horizonte de tiempo que trasciende el espacio de lo inmediato.

En una sociedad como la nicaragüense, dominada por el pragmatismo resignado de los que simplemente se adaptan a las circunstancias, o por visiones voluntaristas y heroicas de la historia, el análisis, la planificación y el foresight o –la anticipación, evaluación y previsión de riesgos– no juegan un papel central en la gestión de gobierno. Compárese, por ejemplo, la manera en que se practica y evalúa la gestión de gobierno en Nicaragua, y en sociedades más avanzadas –como Chile o Singapur. En estos dos países  –más en Singapur que en Chile–, la gestión de gobierno se enmarca dentro de un pensamiento que se orienta a elucidar las relaciones causales entre los sistemas y las estructuras que definen el orden social; y a condicionarlas para reproducir o transformar este orden. Gobernar, en países como Singapur, Holanda o Finlandia, es tratar de minimizar el peso que juega la Fortuna y los riesgos de la historia. Este esfuerzo, dice Peter L. Bernstein en su libro apropiadamente titulado Contra los Dioses, constituye una de las características definitorias de la modernidad.

El Estado singaporeño escudriña el futuro y las tendencias de la historia a través de su Programa de Evaluación de Riesgos y Exploración del Futuro, conocido en inglés por sus siglas RAHS. Finlandia cuenta con una Comité Parlamentario para el Futuro. Chile cuenta con excelentes centros de investigación y “think tanks” que auscultan el futuro y rastrean las tendencias de la historia de ese país.

¿Y nosotros? Nosotros contamos con las intuiciones de Doña Rosario, el espíritu aventurero de Don Daniel, y los rezos de Don Miguel, el Cardenal. Sé que algunos me dirán: somos pobres y por eso no podemos hacer lo que hacen los países que he mencionado. Yo digo que, precisamente por ser pobres, tenemos que hacer todo lo que podamos hacer –que es mucho más de lo que hacemos hoy– para controlar nuestro destino como nación.

En síntesis, los nicaragüenses no concebimos el desarrollo de la historia como un proceso gradual y sostenido que puede y debe ser condicionado por la fuerza de un pensamiento político capaz de anticipar riesgos, y de definir y ampliar el marco de posibilidades históricas dentro del que opera nuestra sociedad. La gestión de gobierno en nuestro país se ha enmarcado, como lo remachaba nuestro inolvidable Emilio Álvarez Montalván, dentro de una visión intuitiva y cortoplacista que rastrea maneras de asestar golpes a la historia. Esto explica, la irresponsable facilidad con que el gobierno de Daniel Ortega ligó el futuro de Nicaragua a la aventura política del Presidente Hugo Chávez y sus seguidores en Venezuela. Explica también, la insensata aventura del canal interoceánico a la que nos ha metido el gobierno del FSLN.  Para el FSLN de Daniel Ortega, gobernar es “tentar a la suerte” para ganar algo hoy. Mañana, “ya Dios dirá”.

Trascender el voluntarismo heroico

Eduardo Zepeda-Henríquez sostiene que el pensamiento nicaragüense ha sido, fundamentalmente, un pensamiento “mítico;” es decir, un pensamiento en el que predomina lo “maravilloso”. El mundo, añade este autor, es percibido y representado como un espacio dominado por fuerzas “divinas” o “heroicas” que operan “fuera del tiempo histórico” o por encima de la historia. Dice Zepeda-Henríquez:

El único pensamiento original del hombre nicaragüense es el pensamiento mítico, lo cual puede explicar la pródiga cosecha de la imaginación entre nosotros. Con ello quiere decirse que sólo hemos expresado nuestra idea del universo a través de la imagen, y que allí la realidad no se concibe sin las formas simbólicas. Por eso la filosofía propia de Nicaragua es la poesía, si vale sustituir una por otra.

Pero no vale sustituir una por otra. El mismo Zepeda-Henríquez lo confirma cuando señala:

La paradójica verdad de los mitos responde a la verdad universal de la fe mítica, que entre nosotros tiene la categoría de una vivencia totalizadora. Por eso nadie puede negar que la conciencia mágica sea el lado en penumbra de la conciencia. Y ahí se entienda que el nicaragüense no sepa de sí mismo sino lo que aparenta.

El “sentido mágico” que forma parte de la conciencia y del estilo de cognición al que hace referencia Zepeda-Henríquez, se asemeja, en las palabras de Emilio Álvarez Montalván, a “una esquizofrenia descrita por García Márquez, algo así como una doble vida simultánea, donde la realidad parece y es tratada como si fuera mera fantasía y al mismo tiempo, tomamos esa fantasía, como si fuese realidad”.    

Casi siempre, optamos por continuar habitando “el lado en penumbra de la conciencia”, dice Zepeda-Henríquez, sabiendo de nuestra realidad sólo lo que nuestra “conciencia mágica” y fantasiosa es capaz de revelar “en formas simbólicas” que tendrían que ser decodificadas por la razón. Por eso para muchos resulta tan fácil convencerse de que vivimos “la segunda fase de la Revolución Sandinista de los 1980s;” o que “Nicaragua está hecha de vigor y de gloria;” o que el poder de la Virgen de Cuapa nos salvará.

Poner fin a este estado de cosas y salir del lado oscuro de nuestra conciencia implica crear un espacio de pensamiento y acción entre los polos del pragmatismo y la heroicidad. Más aún, crear este espacio significa crear la posibilidad de pensar y practicar la política como la modificación mental y práctica del marco de limitaciones históricas que definen los límites de lo posible. Este es el espacio de la acción reflexiva; es decir, de la acción orientada por un pensamiento analítico que, sin negar el valor de la intuición y la inteligencia emocional, se nutre de la realidad para transformarla y acercarla a un horizonte de metas compartidas. Este es el espacio en el que la juventud postsandinista debe librar su batalla para poner fin al padre-Dios-providencial; a su vástago, el pragmatismo resignado; y al espíritu voluntarista y heroico del que se han nutrido los fracasados movimientos reformistas y revolucionarios en la historia de nuestro país.

Palabras a una amiga poeta

“La función de los poetas es hacer poesía”, escribió Gioconda Belli en su respuesta a mi crítica al discurso heroico y al tipo de poesía que lo alimenta en Nicaragua. Yo le respondo: “Nulla estetica sine etica” (No hay estética sin ética). Ser poeta no significa poseer una licencia para decir cualquier cosa, por muy bella que suene. El poeta y el escritor, decía Pablo Antonio Cuadra, están obligados a usar la palabra con autenticidad: “Dar con la palabra en el poema, en el escrito, es dar en su más honda verdad con el hombre, con su destino, con su evolución, con sus derechos, con su justicia, con su libertad”.

Nuestros poetas y escritoras no son los únicos responsables del predominio en nuestro país del discurso mítico y “maravilloso” del que se nutre nuestro voluntarismo heroico. Todos –los políticos, los medios de comunicación, las universidades, y los que trabajamos en las ciencias humanas–, estamos llamados a construir un discurso político moderno en Nicaragua.

De todas formas, nuestros poetas y nuestras escritoras deberían reflexionar sobre su cuota de responsabilidad en este problema político-cultural. Ellas pueden, como lo hace Eunice Shade, ayudar a desarrollar una visión crítica de los mitos, para que nuestro pueblo pueda decirle a los políticos que nos ofrecen “Nuevas Eras”, o la continuación de la fábula de “los amaneceres que dejaron de ser una tentación”: “El atol con el dedo no me llena”.

 

 

 

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