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Alaska: una tierra de ensueño

Si se continúa navegando por el Pasaje Interior, después de varias horas se llega a Juneau, la capital de estado de Alaska. Juneau es la única capital de los Estados Unidos que no está conectada por carretera. Las únicas formas de llegar son por mar y por aire.

Nicasio Urbina | 13/9/2014

Mientras se navega de Ketchikan a Juneau se puede disfrutar de la vista maravillosa del archipiélago de Alexander a estribor, y el continente a babor. El archipiélago de Alexander consta de mil cien islas de diferentes tamaños y altura, que en la época en que nosotros las visitamos están cubiertas de vegetación exuberante y frondosa, pero que con la llegada del otoño, dicen viajeros más experimentados, las tonalidades de ocres y sepia son inolvidables. Como toda Alaska, este archipiélago fue descubierto por exploradores rusos, pero en el siglo XVIII algunos españoles intrépidos como Juan Francisco de la Bodega y Quadra llegó hasta la Bahía de Bucareli, y Jacinto Caamaño llegó hasta la isla Gravina y descubrió el estrecho de Clarence. Ahora la descubren nicaragüenses, europeos, canadienses y tibetanos, pero sigue siendo una tierra de ensueños.

En el continente la primera ciudad que se encuentra el viajero es Wrangell, centro importante de la cultura tlingit. Los tlingits fueron siempre muy pacíficos y buenos artistas, y tallan algunas de las columnas totémicas (totem poles) más hermosas del mundo. Son descendientes de la athapascans, pero emigraron hacia el sur hace miles de años y desarrollaron su propia lengua y su cultura. Desde la llegada de los primeros rusos los recibieron con amabilidad y les brindaron espacio para que se asentaran. En ese tiempo se calcula que había unos doce mil tlingits divididos en varios clanes, como puede leerse en sus columnas totémicas. Los rusos se asentaron en esta zona con el propósito de quedarse, y construyeron edificaciones permanentes en Sitka, pero con la llegada de los norteamericanos la explotación se tornó más destructiva y los tlingits sufrieron persecución y despojo.

La segunda ciudad es Petersburg, no muy lejos de Wrangell. Su nombre no se deriva del zar ruso, sino del explorador noruego Peter Buschman, quien se asentó en esta zona, y desarrolló industrias salmoneras y madereras. Gracias a su éxito, más emigrantes escandinavos se asentaron en el área y los tlingits convivieron con ellos en cierta armonía y sin tanta explotación. Al otro lado, en el archipiélago está Sitka, la más antigua ciudad de Alaska, fundada por Alexander Boranov en 1802. Los tlingits de esta zona no se dejaron quitar sus tierras tan fácilmente y opusieron resistencia. Dos años le tomó a Boranov someterlos y por eso construyó el castillo de Nuevo Arcángel. Cuarenta años más tarde se construyó la Catedral de San Miguel, en ese tiempo la catedral ortodoxa rusa más grande del mundo después de la de San Petersburgo. James A. Michner narra en su novela “Alaska” con épica grandeza la historia de la conquista de esta isla, el surgimiento de la ciudad bajo la administración rusa, y la debacle que ocurrió con la llegada de los gringos. “Sitka vio los ingresos de la Aduana caer de más de $100,000 en los mejores años de la administración rusa, a $21,000, y hasta la ridícula suma de $449.28 bajo los americanos” (pág. 310, traducción mía).

Si se continúa navegando por el Pasaje Interior, después de varias horas se llega a Juneau, la capital de estado de Alaska. Juneau es la única capital de los Estados Unidos que no está conectada por carretera. Las únicas formas de llegar son por mar y por aire. La historia de Juneau está asociada a la fiebre del oro, y su nombre se deriva de Joe Juneau, quien en 1880 llegó a estas costas en busca de oro y estableció aquí un asentamiento. La leyenda dice que encontró pepas de oro del tamaño de un frijol y llamó al riachuelo en que las encontró, Gold Creek. Así empezaron a llegar los primeros mineros en busca de una fortuna rápida. Para 1896 George Washington Carmak, un minero canadiense casado con una indígena tlingit, buscando oro en Rabbit Creek, un pequeño tributario del río Yukón, empezó a sacar el equivalente de $4 por palangana, cuando el promedio era $0.10 por palangana. La ley obligaba a todo minero que encontrara oro a hacer dos cosas: reclamar legalmente propiedad sobre la mina encontrada, e informar a los otros mineros de su hallazgo. Mantener el hallazgo en secreto era considerado un crimen, y muchos mineros amanecieron muertos al saber que no habían informado de su hallazgo. Cuando Carmak cumplió con la ley y se supo de las riquezas que yacían bajo las aguas apacibles de Rabbit Creek, se inició la estampida caótica de la fiebre del oro en Alaska.

Más al norte, al final del Pasaje Interior está Skagway, la ciudad más septentrional que yo visité. Aquí empieza el famoso tren de carril estrecho que fue tan importante para la explotación de oro en la región. Skagway no tiene ni mil habitantes permanentes, pero en 1897 descendieron sobre el área casi 30,000 personas desesperadas en busca de oro. Para poder llegar a los afluentes del río Yukón hay que cruzar las montañas costeras, parte de la gran cordillera continental del Pacífico. Las dos rutas más populares eran por el Paso Chilkoot y por el Paso Blanco; los dos pasajes eran matadores. Muchas de las personas que llegaban no tenían ninguna experiencia en montañismo, no llevaban ropa apropiada, y la ley canadiense obligaba que todos los mineros llevaran comida para un año. El peso promedio de lo que tenía que llevar cada minero entre herramientas, comida, carpa y ropa era de 1,800 libras. De las 100,000 personas que llegaron a Alaska durante la fiebre del oro el 90% de ellos fracasaron. Infinidad de personas murieron en la fila tratando de subir la montaña. Michner describe estas escenas en forma inolvidable en el capítulo VIII de su monumental novela. Las personas que lograban pasar la montaña y bajar al valle del río Yukón tenían que asegurarse de llegar ahí en los únicos tres meses navegables del río, ya que para septiembre empieza de nuevo a congelarse, y cualquier embarcación que trate de navegar en esa época se verá atrapada por el hielo, que poco a poco irá triturando la embarcación hasta dejarla destruida e inutilizable. Una vez ahí los ambiciosos empresarios tenían que prepararse para sobrevivir un invierno de seis o siete meses, hasta la próxima primavera cuando podría empezar sus actividades mineras.

Aún no se había sosegado la invasión de mineros en el valle del río Yukón, cuando se regó la noticia que las playas de Nome estaban cubiertas de oro. Nome está en la costa de mar de Bering, un poco al sur del círculo polar ártico. Los barcos que venían de Seattle tenían que salir a principios de la primavera, navegar hacia el norte, pasar las islas Aleutianas, enfilar luego hacia el noreste y navegar por el mar de Bering tan pronto como se descongelara. Estas no son solamente las aguas más frías del mundo sino también algunas de las más tormentosas. Los barcos que hacían esta travesía en 1899, aunque eran barcos construidos para esos viajes, no ofrecían grandes comodidades, y a menudo iban sobrecargados. Una persona de escasos recursos podía un comprar un boleto en cubierta sin asiento, y los reportes de la época cuentan que a veces había que hacer todo el trayecto de pie, aún en la noche, porque iba tanta gente en cubierta que no había donde tirarse a dormir. Al llegar a Nome los mineros encontraban que solo había tiendas de campaña en la costa, sin ningún tipo de control sanitario o policial. Las únicas construcciones de madera eran tiendas, prostíbulos o bancos. La gente hacía sus necesidades detrás de las tiendas de campaña donde la orina y las heces se congelaban en una montaña durante el invierno, que luego se descongelaba en verano e iba a parar al mar. Algunas personas encontraron grandes cantidades de oro en Alaska, pero la mayoría regresó tan pobre como llegó y un 30% de ellos murieron en el esfuerzo.

Esta experiencia de exploradores y mineros es muy diferente de la de los viajeros del siglo XXI, en cruceros de lujo. El Pasaje Blanco, donde tantas personas dejaron la vida, ahora se puede explorar en helicóptero en unos cuantos minutos. En 15 minutos lo ponen a uno en medio del glaciar más grande del mundo para pasear en trineos tirados por perros huskies. Desde la comodidad de la cabina pudimos ver el pico del Diablo, un risco que parece tener dos cachos en la cúspide semejantes a las representaciones populares del demonio. A finales del siglo XIX cuando se avistaba este pico, la gente bailaba de alegría porque significaba que ya estabas solo a dos semanas de camino de Skagway. Viendo estas maravillas de la naturaleza, y las dificultades que un territorio como ese presenta, uno no puede más que admirar la entereza de hombres y mujeres que lo desafiaron todo para perseguir sus sueños. Ya no hay muchos buscadores de oro en Alaska, ahora somos miles de turistas buscando una tierra de ensueño.

 

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