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Viaje a un territorio tan inhóspito

Un continente llamado Alaska

La belleza monumental de esta península lleva al viajero a reflexionar sobre la ínfima condición humana y la magnificencia de la naturaleza

Nicasio Urbina | 7/9/2014

Alaska es el continente desconocido. La última frontera. Un territorio tan inhóspito que aún hoy en día, su población no ha pasado los 710,000 habitantes, en un territorio que es dos veces el tamaño de Texas, con un millón y medio de kilómetros cuadrados. Desde su descubrimiento en 1732 por los rusos Gvosdev y Fyodorov, después en el viaje demencial de Bering en 1741, pasando por la fiebre del oro en el río Yukón y en el Nome; luego con la explotación industrial del salmón, y finalmente con el descubrimiento de petróleo en grandes cantidades en la costa ártica, Alaska ha sido una fuente de riqueza y de aventura para los Estados Unidos.

Los 7.2 millones de dólares que los rusos pidieron por el territorio fue recuperado en los primeros años con el comercio de pieles de focas, alces y nutrias. La venta de Alaska a los EE. UU. fue uno de los peores negocios de bienes raíces de la historia de la humanidad, para los vendedores por supuesto, sólo comparable a la compra de Luisiana a los franceses por 15 millones de dólares en 1803.

Además de su enorme riqueza material, Alaska es de una belleza excepcional. Pocas regiones tienen el encanto maravilloso y la inmensidad desolada que tiene Alaska. En más de un millón de kilómetros cuadrados de montañas inmensas cubiertas de nieve, hay tantos picos que la mayoría ni siquiera tiene nombre. Hay 44 mil kilómetros cuadrados de glaciares inmensos que en su lento desplazarse por los riscos esculpen los fiordos. Capas de hielo de decenas de metros de altura que en su mágico cromatismo nos dan todos los tonos de verde, de azul, de agua marina; rosadas algas y marrones cuadros figurativos. Tres millones de lagos adornan esta maravilla de la naturaleza. El archipiélago de las islas Aleutianas se compone de trescientas islas volcánicas, y se extiende en el océano Pacífico por mil doscientas millas. La mina de oro y el pozo de petróleo han sido suplantados ahora por el turismo y la industria sin chimeneas. Cienes de cruceros llegan a sus puertos entre los meses de mayo y agosto, los únicos meses vivibles para los animales tropicales que no podríamos sobrevivir hasta octubre en esas latitudes.

Como ha sucedido en la mayoría del mundo colonizado, la peor parte la llevaron los indígenas de Alaska. Los esquimales o inuits, los alapanes, los aleutianos, los tiglis, los yup´ik, los unanga, los tanana, los tlingit, y muchos más; todos los grupos étnicos que habían vivido por miles de años en esas tierras antes de la llegada de los blancos, vieron sus tierras ocupadas, sus ríos minados para pescar el salmón, y sufrieron la invasión de miles de mineros atraídos por la quimera de una fortuna fácil.

Hay decenas de grupos indígenas y decenas de lenguas en Alaska, pero como dice Mrs. Murphy en la novela de James A. Michner del mismo nombre, “Alaska tiene ocho grupos indígenas importantes, cuatro indios, dos esquimales, y dos aleutianos, y antes de la llegada de ustedes todos vivían en paz” (pág. 742, traducción mía).

Comerciantes inescrupulosos los volvieron alcohólicos y les cambiaban sus valiosas pieles por unos cuantos barriles de melaza. Cuando las primeras enlatadoras de salmón empezaron a surgir, les prohibieron pescar en sus ríos, relegándolos a los riachuelos más remotos y pobres. Acusándolos de perezosos y no confiables, los empresarios estadounidenses no los contrataban para trabajar en sus empresas, prefiriendo importar trabajadores de China o de los “los 48 estados contiguos” como se les llama allá a los estados del continente. “Estúpidos, ladrones y sucios” eran los calificativos que a menudo acompañaban a cualquier referencia a los indígenas.

La entrada en vigor de la Ley Jones en 1920, que obligaba a que sólo barcos construidos en los EE.UU., tripulados por gringos y navegando bajo bandera norteamericana, pudieran llevar mercancías a Alaska, encareció todos los productos que se vendían en el territorio. La falta de competencia y el monopolio de la compañía Ross & Raglan hacía que una lata de frijoles costara 10 veces lo que costaba en Seattle o Hawaii.

Hasta que finalmente, en 1959, después de una larga campaña de cabildeo, se modificó la Ley Jones y se le concedió estadidad a Alaska, las cosas empezaron a cambiar un poco. Aun así, un litro de leche en Alaska sigue costando $10 y $12 en muchos pueblos remotos del Estado, donde la única forma de llegar es por aire y los costos agregados son altísimos.

La belleza monumental de esta península lleva al viajero a reflexionar sobre la ínfima condición humana y la magnificencia de la naturaleza. El Denali (Mount McKinley para los anglófonos) es la montaña más alta de Norteamérica y tiene 6,168 metros de altura. Cubierta de nieve los doce meses del año, es el monumento central de esta multitud de montañas impresionante que es el Parque Nacional de Denali.

Nosotros apenas viajamos por lo que se conoce como el “bajo Alaska”, es decir, el pasaje interno que va entre las Islas Reina Carlota y el continente. Llegamos a Ketchikan una mañana esplendorosa de julio. La temperatura era de 22 grados centígrados, con el sol brillando como un dios. Ketchikan es un pequeño puerto que vive principalmente del salmón y del turismo. Está considerada como la capital mundial del salmón, y por ser la ciudad más meridional de Alaska, es la primera parada de todos los viajeros.

El pueblo se recorre en una hora y está lleno de tiendas que venden cuchillos, pieles, salmón en todas sus formas y empaques, piedras preciosas, semipreciosas y nada preciosas; y recuerdos y suvenires de todo tipo. Lo más espectacular de Ketchikan es el fiordo Misty, situado a unas 40 millas del puerto. La mañana que nosotros navegamos por esos estrechos cañones, en el Solstice Celebrity, un crucero de tres mil personas, con el cielo despejado pero con una bruma delicada que se deslizaba por las montañas como en un sueño, el capitán piloteaba la nave con suavidad, acercándose lo más posible al glaciar para deleite de los pasajeros.

Ver esas enormes montañas a unos pocos metros del mar, algunas cubiertas de nieve, frente a un glaciar milenario que avanza a razón de unos centímetros por año. Pensar que esa capa de hielo va trabajando la piedra como un escultor en su estudio, y que cada arista, cada promontorio, cada hendidura que vemos ha sido tallada por esta inmensidad. A lo largo y ancho del glaciar los colores cambian según la luz y la intensidad del sol: el hielo se pone azul, verde tierno, rosado en algunas partes. Pocas escenas son de tal belleza y tranquilidad. Los pasajeros en silencio observan esta maravilla del mundo natural y apenas se escuchan los suspiros y las exclamaciones de admiración.

Vamos navegando de regreso, saliendo del fiordo y de repente alguien grita: ¡Ballena a la vista! Y todos buscamos en aquella inmensidad señales de un gigantesco mamífero. “¡A babor! ¡A las once en punto!”, dice el capitán, “pueden ver una ballena con su cachalote”. Todos nos aprestamos a mirar en esa dirección. Algunas personas corren hasta ese lado de la nave. No se ve nada. Falsa alarma. A menudo la gente asegura haber visto delfines, ballenas, focas, pero muchas veces sólo unos cuántos los ven.

Con mis prismáticos paseo la vista por el horizonte. De repente una aleta sobresale de la superficie, se ve un remolino, se ve una cabeza que expele un chorrito de agua. Luego se ve un cuerpo más pequeño saltando a su lado. Todo el mundo exclama y dispara sus cámaras sin parar. Luego se ve una cola surgir de la superficie y luego desaparece en el agua. Todos quisiéramos verla saltar como en los programas de Discovery, pero no es el caso. Hay que conformarse, como con las estrellas de Hollywood, con verlas solamente por un instante fugaz.

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