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La cumbre de las oportunidades perdidas

Una de las mayores oportunidades perdidas de la cumbre CELAC fue no hablar de la democracia en Cuba, un tema tabú relativo a los Castro y sus seguidores

Carlos Malamud | 3/2/2014
@CarlosMalamud

El 28 y 29 de enero pasados se reunió en La Habana la casi totalidad de los jefes de estado y de gobierno de América Latina y el Caribe en la Cumbre de la CELAC (Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños). Sólo faltaron el de Panamá y el de El Salvador. El resto se presentó unánime a una cita organizada por el gobierno de Raúl Castro.

Al igual que en otras ocasiones similares, una vez terminada la reunión dominaron las caras de satisfacción de la mayoría de los mandatarios por la labor cumplida. Ahora bien, si analizamos lo ocurrido en las sesiones, los discursos presidenciales y, sobre todo, la declaración final, encontramos un claro dominio del ritual y la retórica sobre los verdaderos problemas que enfrenta la región. Si hubiera que sintetizar lo ocurrido en esos dos días con una sola frase se podría decir que fue la Cumbre de las oportunidades perdidas.

Uno de los temas centrales de discusión fue Puerto Rico, cuestión aludida en los puntos 38 y 40 de la Declaración Final de La Habana. En el primero de ellos se reitera el “carácter latinoamericano y caribeño” de Puerto Rico pese a que sus habitantes aún no han definido el vínculo que aspiran a tener con Estados Unidos. Lo preocupante del caso no es que se filosofe sobre la identidad de Puerto Rico sino que se desaproveche la ocasión para discutir qué modelo de integración es mejor para América Latina.

Desde esa perspectiva llama la atención que no haya una sola mención a Unasur ni al que probablemente debería haber sido el tema central de la reunión: determinar si el objeto principal de la integración regional es América del Sur o América Latina. Es cierto que es un tema sumamente espinoso que habría agravado las diferencias existentes, pero cualquier intento integrador seguirá siendo un ritual vacío de contenido si no se comienza por abordar el problema.

No obstante, algo habría que decir sobre la inviable coexistencia de dos instituciones como CELAC y Unasur, que más que facilitar el camino de la integración lo dificultan. De momento es impensable que ningún presidente declare que para reforzar a la CELAC debería desaparecer Unasur. El principal problema es que unos y otros creen que la actual situación les beneficia, ya que no les exige compromisos ni decisiones de ningún tipo. Mientras los bolivarianos suponen que el modelo es funcional para sus reivindicaciones, los contrarios piensan que el presente statu quo facilita su relación con un vecindario relativamente hostil.

Se suele criticar las declaraciones finales de las Cumbres Iberoamericanas como brindis al sol. Ésta no se queda atrás al presentar un nutrido catálogo temático donde los distintos gobiernos han introducido algunas de sus propuestas más importantes, pero sin adentrarse en las cuestiones de fondo.

A la vez que Bolivia incluyó la felicitación correspondiente al lanzamiento del satélite Tupac Katari, Argentina logró una vez más que se hablara de las Malvinas, Colombia de la negociación con las FARC y Venezuela de Siria e Irán. Y así podríamos seguir hasta el infinito, con un sinfín declarativo de buenas intenciones. Para los presidentes, no se trata de asumir compromisos sino de mostrar la solidaridad con el vecino. Es más, si se hiciera el ejercicio de sumar el valor económico de los acuerdos alcanzados su costo sería prácticamente igual a cero.

También encontramos las permanentes alusiones a la lucha contra la pobreza y la desigualdad y a la cooperación sur – sur y triangular, entre otras tantas reivindicaciones necesarias. Pero no se ha discutido absolutamente nada acerca del modo en que América Latina y el Caribe deben vincularse al mundo globalizado. Algunos países de la CELAC han creado la Alianza del Pacífico, otros son observadores y otros están abiertamente en contra. Pese a ello, la Declaración no incluye ni una sola palabra sobre estas cuestiones comprometidas.

Una vez más se malinterpreta el derecho a la no injerencia y se resaltan las diferencias enriquecedoras, como queda expresado en el punto 1º de la Declaración: “Reiteramos que la unidad y la integración de nuestra región debe construirse gradualmente, con flexibilidad, con respeto al pluralismo, a la diversidad y al derecho soberano de cada uno de nuestros pueblos para escoger su forma de organización política y económica. Reiteramos que nuestra Comunidad se asienta en el respeto irrestricto a los Propósitos y Principios de la Carta de las Naciones Unidas y el Derecho Internacional, la solución pacífica de controversias, la prohibición del uso y de la amenaza del uso de la fuerza, el respeto a la autodeterminación, a la soberanía, la integridad territorial, la no injerencia en los asuntos internos de cada país, la protección y promoción de todos los derechos humanos, el Estado de Derecho en los planos nacional e internacional, el fomento de la participación ciudadana y la democracia”.

Resulta interesante constatar el lugar marginal dedicado a la democracia, lo cual no debería sorprender teniendo en cuenta el emplazamiento de la Cumbre, o que el punto 3º de la Declaración rinda homenaje a Hugo Chávez, presentado como un “humanista incansable e impulsor de la unión latinoamericana y caribeña, que luchó contra la exclusión social, la pobreza e impulsó el desarrollo integral de la región”.

Una de las mayores oportunidades perdidas fue no hablar de la democracia en Cuba, un tema tabú relativo a los Castro y sus seguidores. Quienes se retrataron con Fidel en La Habana y quienes no lo hicieron perdieron la oportunidad de respaldar a la oposición. No se trata de estar de acuerdo con ella, pero los presidentes latinoamericanos estaban perfectamente legitimados para reconocer su valía en un sistema político que en tanto monocorde no puede ser convalidado como democrático.

La foto de José Mujica manifestándose sonriente y satisfecho por las calles habaneras junto a Evo Morales, Daniel Ortega, Nicolás Maduro y Raúl Castro, con ocasión de la Marcha de las Antorchas en homenaje a José Martí, es una pieza incompleta. Para tener sentido y para reafirmar su fe democrática, Mujica debería haberse reunido con los opositores.

En la época de las dictaduras militares latinoamericanas los líderes opositores tanto de la oposición política como de la armada intentaban y agradecían ser recibidos por los gobernantes europeos o de aquellos países latinoamericanos con regímenes democráticos. Éste es un caso similar, pero en lo que atañe a la relación con Cuba la memoria de muchos se vuelve más selectiva.

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Publicado en Infolatam.

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