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Argentina: cambios en el tablero político

El pueblo argentino condenó seriamente al gobierno, pero no al punto de retirarle la mayoría parlamentaria

Carlos Malamud | 30/10/2013
@CarlosMalamud

En líneas generales el resultado de las elecciones parlamentarias en Argentina se ha adecuado al guión previsto y anticipado por la mayoría de las encuestas. El oficialismo fue seriamente derrotado en los cinco principales distritos del país (la provincia de Buenos Aires y la ciudad del mismo nombre y las provincias de Santa Fe, Córdoba y Mendoza). Pese a ello, el kirchnerismo mantiene de momento el control del Congreso y del Senado, ya que en la renovación parcial de ambas cámaras ponía en juego muchos menos escaños que la oposición.

Agregando los resultados al conjunto de la república, el Frente para la Victoria (FpV), la marca electoral que respalda a Cristina Fernández, obtuvo el 32% de la votación. Tanto los portavoces del gobierno como sus medios afines recalcaron que el PpV había sido la fuerza más votada. Siendo esto cierto, habría que puntualizar que dos años atrás, cuando Fernández fue reelegida presidente, alcanzó el 54% de los votos (un 22% más que en esta ocasión), y que el FpV era el único partido o coalición prácticamente presente en todo el país, enfrentado a una oposición fragmentada política y geográficamente.

Estos resultados, ya anticipados en líneas generales por las PASO (Elecciones primarias, abiertas, simultáneas y obligatorias) de agosto pasado, han recolocado el tablero político argentino. Con la nueva conformación del Parlamento queda totalmente cerrada la vía de la reforma constitucional para permitir una nueva reelección. Al mismo tiempo, tras el escrutinio del pasado domingo ha comenzado formalmente la carrera por las presidenciales de 2015, y si bien en la línea de salida no están todos los que son, si comienzan a prefigurarse las candidaturas con mayor nitidez que en el pasado.

En el oficialismo, las acciones del autopropulsado gobernador de Buenos Aires, Daniel Scioli, han bajado considerablemente tras el fracaso de Martín Insaurralde en su propio feudo. Si bien Insaurralde era más un candidato cristinista que sciolista, quien dio la cara durante la campaña fue Scioli y no la presidente.

Así, si bien el gobernador empeñó buena parte de su capital político en la elección, dadas sus capacidades de sobreviviente aún es pronto para sepultar sus opciones futuras. Simultáneamente, los buenos resultados logrados en sus provincias, Entre Ríos y Chaco, han servido para reforzar las opciones de sus dos gobernadores, Sergio Urribarri y Jorge Capitanich, que aspiran a colocarse en primer lugar en la línea sucesoria.

Sin duda será Cristina Fernández quien tenga la última palabra para nominar al candidato a sucederla, pero dados los distintos apoyos de estos tres gobernadores no se descartan fuertes tensiones en el kirchnerismo. Es muy probable que en la medida que el éxodo de “viejos kirchneristas” hacia el massismo se acelere la tensión irá en aumento. Algo similar ocurrirá si los malos resultados económicos siguen acompañando la gestión gubernamental.

En el campo de la oposición las cosas son más complicadas.

De estos comicios emergen con mayor o menor fuerza tres potenciales candidaturas, dos con nombre y apellido y una tercera aún por definir aunque con un contorno claramente reconocible. El triunfador de la jornada fue Sergio Massa, el intendente de Tigre que puso en juego su capital político contra el kirchnerismo en la estratégica provincia de Buenos Aires y ganó. Esto lo coloca en una excelente posición de cara al futuro, aunque su condición de diputado no lo ayudará mucho. Junto a él también reclama un espacio propio Mauricio Macri, el principal dirigente del PRO y gobernador – intendente de la ciudad de Buenos Aires, que intenta posicionarse como el candidato del centro derecha.

La tercera fuerza emergente es una posible coalición de fuerzas progresistas en torno al Partido Socialista y a la Unión Cívica Radical (UCR). Los potenciales candidatos de esa fuerza son el socialista Hermes Binner, ex gobernador de Santa Fe, y los mendocinos Julio Cobos, ex vicepresidente de Cristina Fernández, y el senador Ernesto Sanz, el máximo responsables del nuevo impulso político cobrado por el radicalismo. Todavía faltan dos años para las elecciones presidenciales, lo que en términos de la política argentina es toda una eternidad, y en el camino se pueden configurar nuevas alianzas o romper las ya existentes. Dada la fragmentación de la oposición y el debilitamiento del gobierno es bastante probable que la elección de 2015 no se resuelva en la primera vuelta, lo que aumenta la incertidumbre sobre las opciones de unos y otros.

El resultado de la elección también marcó el punto de inflexión del kirchnerismo. El castigo recibido en la mayor parte de las provincias, pese al funcionamiento a toda máquina de sus redes clientelares, es una clara expresión de los tiempos que vendrán. Por eso se puede afirmar que sus posibilidades de perdurar son mínimas y dependerán mayoritariamente de la voluntad de Cristina Fernández de impulsar un partido opositor de orientación izquierdista. De momento nada indica que la presidente quiera liderar una travesía semejante. Sin ella y sin el respaldo del presupuesto público agrupaciones como La Cámpora terminarán convertidas en cascarones vacíos.

La gobernabilidad de los próximos dos años parece favorecida por el resultado electoral. El pueblo argentino condenó seriamente al gobierno, pero no al punto de retirarle la mayoría parlamentaria. Sin embargo, como se ha mencionado más arriba, las opciones de que muchos diputados y senadores abandonen un barco a punto de naufragar son considerables. De confirmarse este proceso, algo normal dentro del peronismo, el síndrome del pato cojo afectaría a la presidente.

Pese a ello, a nadie en Argentina, comenzando por la oposición, le interesa un gobierno que reniegue de sus responsabilidades ni un fin abrupto de la presidencia de Fernández. Éste sería un hecho más dramático, especialmente si se considera que el primer colocado en la línea sucesoria es el vicepresidente Amado Boudou, caracterizado no sólo por su frivolidad pública sino también por las serias sospechas de corrupción que penden sobre él.

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Publicado originalmente en Infolatam.

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