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Sombras y luces de una Cumbre deslavazada

Son los propios latinoamericanos quienes deberían asumir un rol más protagónico en la gestión de las Cumbres iberoamericanas

Carlos Malamud | 21/10/2013
@CarlosMalamud

La incomparecencia de más de la mitad de los mandatarios iberoamericanos, 12 frente a los 11 ausentes en Paraguay dos años atrás, hacía presagiar algunos de los titulares que se dedicarían a la XXIII Cumbre Iberoamericana de Panamá: crisis, fracaso, fiasco, cumbre deslucida o cumbre de las ausencias. Las abundantes ausencias (Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Cuba, Ecuador, Guatemala, Nicaragua, Paraguay, Perú, Uruguay y Venezuela) llevaban automáticamente a comparar Panamá con Asunción, una situación muy similar con un tratamiento igualmente catastrofista.

El pleno europeo (Andorra, España y Portugal), más la presencia de Colombia, Costa Rica, El Salvador, Honduras, México, Panamá, Paraguay y República Dominicana, once en total, no fue suficiente contrapeso. Peor aún, la ausencia del rey Juan Carlos, la primera en 23 años, colaboró a ensombrecer la Cumbre panameña.

Si bien el número de ausencias no es un argumento sólido para evaluar los resultados de estos encuentros, en ciertas ocasiones lo cuantitativo se convierte en un sólido argumento cualitativo, como ocurrió con la Cumbre de Asunción. Y al igual que en Paraguay, en Panamá ni la labor preparatoria del país anfitrión, ni la personalidad del presidente dueño de casa (Ricardo Martinelli en 2013, Fernando Lugo en 2011) facilitaron las cosas, sino todo lo contrario.

La XXII Cumbre Iberoamericana tuvo lugar entre estas dos y si se pudo lograr una nutrida presencia de presidentes latinoamericanos en Cádiz fue gracias al duro trabajo de la diplomacia, el gobierno y la Casa Real españoles. Ahora bien, ¿por qué países como Paraguay o Panamá no hicieron lo mismo? En parte por su pequeño tamaño y potencial, pero también porque el esfuerzo a invertir sería mucho mayor que los resultados previsibles. La próxima cita tendrá lugar en México y es de esperar que Enrique Peña Nieto y su gobierno hagan bien los deberes, teniendo en cuenta que México, con España, ha sido el otro gran impulsor de lo iberoamericano.

Para complicar aún más las cosas, la que se presentaba como la Cumbre de la transformación, que facilitaría la profunda reforma del sistema iberoamericano (funcionamiento de las Cumbres más organización y estructura de la SEGIB), se quedó a medias en sus objetivos. Para agravar esta lectura tremendista hay quien ha señalado que en Panamá, por no poder, ni siquiera se pudo elegir al sucesor (o probablemente sucesora) de Enrique Iglesias.

A instancias de Panamá se había decidido, acertadamente, posponer la elección a comienzos de 2014. De otro modo, buena parte de la Cumbre se habría dedicado a maniobras y cabildeos electorales. La patada hacia adelante fue la tónica general. Más allá de la bienalidad de las citas, se han pospuesto la mayor parte de las decisiones más importantes (presupuesto y financiación, estructura de la SEGIB, peso de las delegaciones en América Latina y coordinación con otras instancias iberoamericanas).

La apertura del proceso reformista volvió a evidenciar la fragmentación de América Latina, con unos países más partidarios del Informe Lagos que otros. O también por sus lecturas parciales. Cuba pidió que las Cumbres Iberoamericanas se concentren en cultura y cooperación, en clara alusión a que no se entrometan en cuestiones políticas o económicas. Refiriéndose a la reforma integral del sistema, Venezuela instó a no duplicar esfuerzos con otras instancias estrictamente latinoamericanas como CELAC y Unasur. En realidad, más duplicación de esfuerzos que entre estas dos organizaciones es imposible. Argentina, por su parte, cuestionó el sentido de las Cumbres basándose en los profundos cambios de América Latina y el mundo en los últimos años.

Estas lecturas y algunas de las ausencias más significativas evidencian claramente dónde se encuentran los principales obstáculos para la reforma y consolidación del sistema iberoamericano y dónde los mayores apoyos. Pero resulta obvio, a la luz del Informe de la Comisión Lagos, que lo iberoamericano es un proyecto de futuro gracias a su potencial cultural e identitario, una cuestión que debería interesar más a los latinoamericanos que a los iberoeuropeos.

Hasta ahora todo han sido sombras, por lo que más de alguno podría preguntarse ¿dónde están las luces prometidas en el titular de este artículo? La primera, que pese a los cuestionamientos anteriores, lo iberoamericano goza de buena salud, como se comprobó en los eventos programados alrededor de la Cumbre de mandatarios. Me refiero especialmente al IX Encuentro Empresarial Iberoamericano y al II Foro Iberoamericano de Comunicación. En el primer caso, que el Consejo Empresarial de América Latina (CEAL), una organización regional de dilatada trayectoria, la hubiera preparado agregó un plus importante respecto a citas anteriores.

Si a estas reuniones sumamos la celebración casi simultánea del VI Congreso de la Lengua Española encontramos sólidos argumentos para explicar no sólo que lo iberoamericano importa, sino también cuál podría ser el rumbo a seguir para reforzar las Cumbres y dotarlas de esa especificidad que se les reclama desde las más diversas instancias. Finalmente, y esto visto únicamente desde la perspectiva de España, la presencia del príncipe Felipe fue un gran acierto que multiplicó el valor de las delegaciones españolas a los distintos eventos, incluida la Cumbre.

Distintos pronunciamientos han sostenido la necesidad de “latinoamericanizar” lo iberoamericano. Éste es indudablemente el desafío y el camino a seguir. Son los propios latinoamericanos quienes deberían asumir un rol más protagónico en la gestión de la SEGIB y las Cumbres. De otro modo el futuro del proyecto tendría muy poco recorrido y pese a lo que indican las apariencias son ellos los más interesados en el porvenir de las Cumbres y el funcionamiento de todas las constelaciones que giran a su alrededor.

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Publicado originalmente en Infolatam.

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