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Crónica. Poetas del mundo sepultaron la soberbia

El entierro más alegre

Un cortejo fúnebre compuesto por comparsas se despidió de la soberbia durante el Carnaval del Festival de Poesía de Granada.

Cinthia Membreño | 21/2/2013
@LaMembrete

Hasta ayer, la soberbia nunca había sido enterrada. Mil doscientos bailarines, acompañados de poetas de cincuenta y seis países del mundo, se despidieron de ella en medio de danza, música, miradas curiosas, cámaras, gentío, algarabía. Dos delgados caballos blancos guiaron a la difunta, cuyo féretro recorrió las principales calles de Granada, la urbe que este año celebra el IX Festival Internacional de Poesía. No pudo haber sido distinto. La soberbia dijo adiós como ella misma lo hubiera pedido, con elegancia.

Una granadina de piel morena, tostada por el sol, observó los preparativos de este entierro. Sentada en la esquina opuesta al atrio de la Iglesia La Merced, en un taburete de madera, Martha Rosa Marín -de cincuenta y dos años- vende frutas desde hace dos décadas en este mismo punto. No es la primera vez que ella divisa a los turistas amontonarse como hormigas alrededor del edificio, mientras los vehículos que llegan de Managua y otros sitios apenas logran circular por las delgadas arterias de esta ciudad colonial.

“He podido ver el desfile cuatro veces. El carnaval es un circo, es alegre. Aquí uno ve gente disfrazada del Güegüense, del Toro Venado. Además hay muchos turistas y eso nos genera buenas ganancias, la gente nos compra más”, explica Marín, mientras entrega una bolsa llena de jocotes a una joven que se ha acercado a comprarle.

Son las dos de la tarde, pero desde antes el sol optó por esconderse. Decenas de gotas de lluvia caen desde lo más alto del cielo gris que reviste Granada. Pero no importa, hoy hay noticias más importantes: los diablos de Masaya han llegado a la ciudad. Ante los ojos de los ángeles del templo no cometen travesuras, sólo bailan tan pronto como suenan las trompetas. En la Calle Real Xalteva nadie se espanta con la Muerte Quirina, quien mueve su cabeza de un lado al otro, como quien niega su existencia.

Osos, tigres, leones y burros bailan junto a los diablos que Renato Muñoz contempla desde lejos. El rostro moreno de este bailarín de la Escuela de Artes Escénicas de Granada apenas se revela tras una máscara oscura como el alquitrán, cuya nariz retorcida es apenas cubierta por un par de cabellos crespos. Han pasado ocho años desde que este muchacho salió en un primer desfile de apenas tres comparsas, una expresión cultural que en el marco del Festival Internacional de Poesía se llama carnaval o, popularmente hablando, entierro.

“Nosotros fuimos los primeros que llevamos el ataúd, los primeros que nos asoleamos. Cuando empezamos, El Cartel (el baile que él y su grupo interpreta) era el que encabezaba el recorrido, que antes era más largo y complicado porque hacía mucho zig zag, por eso buscaron una ruta que fuera más recta. Aquel año sólo hubo comparsas de Granada, Nandaime y Diriá. Ahora participan unos diez o quince grupos”, afirma orgulloso este granadino.

Unos metros más adelante, y desde lo alto de un podio empotrado en una camioneta, la poeta Gloria Gabuardi invita a bailar la poesía. Nos llama a disfrutar la alegría de enterrar la prepotencia, la soberbia y la arrogancia. “En el carruaje fúnebre metimos su cadáver mal oliente. ¡Vamos a echarle paladas de tierra y de desprecio! Nosotros, los poetas que vamos aquí, somos un cortejo fúnebre jubiloso. Nos acompañamos de bailes, tradiciones, mestizaje, identidad cultural y nacional”, expresa.

Es la primera parada del recorrido y Gioconda Belli, célebre escritora nacional, inaugura el recital en el idioma anfitrión: el español. Tras ella, decenas de invitados declaman versos en sus lenguas natales, pero el público está  huérfano. Los traductores brillan por su ausencia. Se recitan poemas en portugués, inglés o alemán, y aunque la audiencia es educada, la barrera lingüística es más poderosa. En una de las esquinas de la Calle Real Xalteva, se escucha a un transeúnte hacer una mímica humorística del japonés. La gente ríe, pero tampoco entiende lo que dice.

“¡Arranca la banda! ¡Arranca el coche! ¡Arranca el carnaval poético!” La Calle Xalteva se viste de música, de gente que baila, de extranjeros que sonríen complacidos y retratan todas las escenas posibles. La multitud avanza lento, acompañando al ataúd en donde está la soberbia. No quieren que la fiesta termine. El Parque Central de Granada los recibe con el “corre corre” de los vendedores que se ubican frente al Palacio Municipal. Las fotos, que antes mostraban bailarines y poetas, ahora se decoran con algodones de azúcar y carritos de helados. ¡Gaseosa a dos córdobas!, se escucha en el tumulto.

El Payaso Centímetro aprovecha el momento de euforia, se planta en medio de la calle y con voz de presentador de circo anuncia que vende globos en forma de perros y flores a diez córdobas la obra. Isaac es, en realidad, un granadino de 33 años que no llega pero ni al metro de altura. Su pequeño cuerpo está cubierto por un traje multicolor que combina a la perfección con su peluca. Aunque brinda un espectáculo que atrae miradas curiosas, le da pena salir de su esquema. “A mí me gusta la música de Joan Sebastián, pero me da pena cantar frente a la gente”, dice entre risas.

Isaac desaparece frente a la masa de gente que avanza hacia el Hotel La Gran Francia. Allí, se detiene la camioneta que transporta al podio móvil, punto desde donde ahora se escucha a los traductores interpretar versos escritos en lenguas que de otra manera resultarían extrañas. Es la cuarta parada del desfile y en medio del calor sofocante que envuelve hoy a la ciudad, un grupo de colegialas alcanzan a sonreír para las cámaras y teléfonos que retratan a escritores de los que poco conocen.

Uno de esos poetas es Gémino Abad, un filipino que con su español básico trata de comprar un par de hojuelas a don Roberto, un vendedor ambulante originario de la Laguna de Apoyo. Ninguno de los dos se conoce, ninguno de los dos habla una lengua en común. Lo único que Abad sabe ahora es que un billete de diez córdobas no es suficiente para pagar por dos hojuelas que valen seis. La benevolencia de don Roberto es, sin embargo, más importante que cualquier operación matemática. Él opta por perder un par de pesos. Abad agradece el gesto.

“Aquí la gente es pobre, pero amistosa. Eso es lo importante”, expresa. “En Granada la gente ama la poesía. Pienso que eso es un milagro del espíritu”, indica el poeta, quien porta una camiseta amarilla cuyo mensaje resume mejor sus impresiones. “¡Qué diacachimba es ser nicaragüense!”

La séptima parada del cortejo fúnebre se ubica estratégicamente frente al Hotel Darío, en La Calzada. En su restaurante aguarda apacible Ernesto Cardenal, afamado poeta a quien este año se dedica el festival. Decenas de estudiantes se amontonan fuera del sitio para tomar fotos, pedir autógrafos, capturar videos. Periodistas y civiles se aglutinan también, mientras declamadores de Argelia, España, Taiwán y Canadá recitan poemas a quien ha muerto. Cardenal, con su característica boina negra que cubre sus abundantes canas blancas, sonríe complacido, al tiempo que disfruta de la fiesta que se celebra en su nombre.

Cuadras más adelante, los niños del Centro Escolar Carlos Bravo saludan con aplausos al féretro de la difunta. Unos veinte pequeños se han colocado en fila junto a María Auxiliadora, una profesora de tercer grado de primaria cuya tarea principal es averiguar si Los Agüizotes serán parte del evento. “Todavía no los he visto, aunque sé que siempre desfilan en el carnaval. Esto es alegre para los niños, pero los agüizotes los asustan. Desde ayer me están preguntando por ellos. Un alumno incluso tenía acelerado el corazón”, explica con ternura.

En una de las tantas bancas de La Calzada, Sarah Bertman, una joven de 19 años originaria de Michigan (EE.UU), observa el carnaval acompañada de tres niños. En sus manos cargan cámaras que registran los enérgicos movimientos de las comparsas que bailan al ritmo de las bandas rítmicas. Aunque tratan de entender el idioma en el que hablan los poetas de turno, no logran saber si es alemán u holandés. “Son muy parecidos”, dice Bertman, quien vive en Granada desde Septiembre y colabora con una organización no gubernamental que trabaja con infantes en riesgo.

Detrás de Bertman se lee un gran cartel que da la bienvenida a los poetas del mundo. Se acerca el final del recorrido y Miguel Corea, el conductor del carruaje fúnebre que lidera el desfile, permite a unas niñas subir al vehículo. Es la primera vez que guía un cortejo tan singular y disfruta del carnaval desde tan privilegiada posición. Rubén Darío, su poeta favorito, será homenajeado el próximo año, así que espera repetir la experiencia. “Si no es como conductor del carruaje al menos como público”, asegura el granadino.

Cerca de las cuatro de la tarde, el sol empieza a ponerse detrás de las cúpulas de la Catedral de Granada. Al tiempo que el poeta Francisco Leal recita los últimos versos del día, las gotas de lluvia hacen su retirada. La gente se acomoda como hormigas en las escaleras de la iglesia Guadalupe, punto final del recorrido. Los organizadores se despiden de los presentes, pero las bandas de guerra y los grupos danzarios continúan bailando. Enterraron la soberbia, pero la ciudad sigue de fiesta, al menos hasta el sábado.

Comentarios

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Das Gespenst

Una de las características principales de los artistas famosos de todos los géneros, con alguna rara excepción, es la prepotencia y la soberbia, el ego superlativo que tienen, por lo tanto yo no creo que la mayoría de los poetas famosos que participaron en este entierro, hubiesen enterrado la soberbia de verdad, pues esto equivaldría a que se entierren a ellos mismos, a ellos les encanta que los admiren, que los adulen, acaparar los medios, que los tomen en cuenta, que los premien, en una palabra que les inflamen mas su ya inflamados egos, (la chamuka debe de estar sufriendo por que no estaba ahi), el entierro de la soberbia solo es una manera demagógica de curarse en salud, sin reconocer en el fondo su realidad y por lo tanto es una pantomima falsa, sin contenido, carnavalesca y para intencionadamente hacernos creer que son humildes porque enterraron la soberbia, aunque sus egos sigan inflamándose cada día más, y para no molestar a algún poeta que no sea soberbio, al que le caiga el guante que se lo plante.

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